jueves, 5 de marzo de 2009

El laborioso oficio de Humberto Mata, Silda Cordoliani

La palabra cuento, entendida estrictamente desde la literatura, pareciera no ser suficiente para enunciar todo lo que abarca su significado, pues el cuento –el que nos interesa– es, más que el cuento (lo contado), la forma, la manera cómo se cuenta. Llovemos sobre mojado: para la literatura, la historia o anécdota no tiene valor por sí sola. Probarlo es fácil, bastaría echar un vistazo hacia ese mundo que nos rodea, atestado de todo tipo de información, de todo tipo de asombrosas historias, de “cuentos” que muy pocas veces llegan a estremecernos realmente: la prosaica vida no es literatura.
Por otra parte, si hablamos del maravilloso cuento que acabamos de leer y nuestro interlocutor interesado exige saber de qué se trata, casi siempre resumimos la historia en dos o tres frases con las que en verdad –reconocemos– hemos dicho bien poco, aunque hayamos sintetizado perfectamente su argumento. Necesitamos entonces comunicar el cómo; y en ese intento empezamos a hablar de forma, de un estilo. Más aún, si se trata de un relato admirable leído hace mucho, es probable que ni siquiera recordemos su tema: apenas un hombre, un paisaje, un ambiente, una circunstancia; ¿de qué nos acordamos realmente entonces?, ¿qué es lo que mantiene a ese cuento en nosotros?: tal vez sólo una sensación, una emoción, un estado del alma, eso que nos fue trasmitido gracias a una especial manera de decir, gracias al estilo.
Evidentemente, para un escritor como Humberto Mata, que gusta de las múltiples posibilidades capaz de contener una simple historia –preocupación anecdótica que manifiesta constantemente y que podríamos resumir en una de sus frases: “sobre un hecho concreto se pueden crear infinitas hipótesis” (“Guaniamo”)–, el cuento propiamente dicho, el suceso cabal y preciso, no es el objetivo de sus narraciones. Todo lo contrario. Y para sostener este “todo lo contrario” digamos que lo buscado por el cuentista es más bien una atmósfera, una atmósfera, en este caso, de incertidumbre, de ambigüedades, de yo se lo estoy contando pero usted no me crea, porque aquí queda algo o mucho más por decir. Es como llevar hasta sus últimas consecuencias esa cualidad única de la literatura, tan diferente a ese otro medio narrativo por excelencia: el cine, donde resulta sumamente difícil no ser explícito. En la literatura, especialmente en el cuento, siempre quedarán cosas ocultas, zonas oscuras tras las palabras, y quizás lo que hace grande a un narrador es conseguir que esas cosas no dichas resulten tan importantes y significativas como las expresamente enunciadas. Hacia allí apuntan todas y cada una de las narraciones de Imágenes y conductos, Pieles de leopardo, Luces y Toro-Toro.
Y como los detalles biográficos de un escritor pueden resultar casi siempre, por no decir siempre, de gran ayuda para alumbrar su obra, no deja de tentarnos una asociación a propósito de esas varias, numerosas, probablemente infinitas bifurcaciones que contienen las historias de Humberto Mata. La asociación tiene que ver con el paisaje que lo vio nacer y crecer, un paisaje demasiado poderoso, sencillamente abrumador, presente por lo demás en casi todos sus cuentos: el río, pero más que el río, el delta, el delta y sus caños. El crítico mexicano Guillermo Samperio ya lo anotó al decir que este narrador “registra las modalidades imaginarias que provoca el laberinto mutable de aquella zona”. Nadie sabe, ni siquiera la gente que se mueve constantemente entre sus aguas, cuántos caños exactamente tiene ese delta, cuántos parajes, cuántas islas que aparecen y desaparecen según los caprichos de la marea: esa gente ¿no morirá acaso sin tener la respuesta justa, sin haber podido presumir y mucho menos recorrer todas y cada una de las ramificaciones del río? No es extraño entonces que de aquí surja una literatura como la de José Balza, que se caracteriza por algo que los críticos han denominado “multiplicidad”, o como la de Humberto Mata, jugando siempre con diversas versiones de la realidad, o de la ficción, como se prefiera.
No obstante lo antes dicho, resulta pertinente aclarar que de ninguna manera la intención es confirmar lo que tantas veces se ha dicho sobre la narrativa de los años setenta en Venezuela (generación en la que el nombre de este escritor es uno de los más representativos y recurrentes): aquello de la complacencia en el lenguaje en detrimento de la anécdota, lo que implicaría también, hasta cierto punto, desprecio por el lector. Más bien vale decir que esta generación de escritores, en donde se anotan igualmente nombres como Ednodio Quintero o Sael Ibáñez, tomó absoluta conciencia de que el problema de su oficio se encuentra en la escritura misma; insistamos: en la forma del decir, del contar. En Humberto Mata, por ejemplo, las anécdotas son perfiladas meticulosamente (con la asombrosa precisión de quien trabaja por mantenerse justo en el border line) en busca de esos deslices con los que la realidad nos sorprende para ubicarnos en el plano de lo inquietante, de allí que se le ubique en la misma línea (no sé hasta qué punto bien llamada “fantástica”) de grandes cuentistas como Borges, Cortázar o Julio Garmendia, entre nosotros. Asimismo, pocos escritores venezolanos se han mostrado tan atentos al lector como Mata: estamos ante un narrador o, más propiamente, unos narradores, a veces desvanecientes y escurridizos, que se niegan a dejar al lector en paz, que continuamente se asoman, más allá de la historia que cuentan, para des-encantarnos (librarnos del encanto) con sus incisivas o desconcertantes acotaciones acerca de la historia o inclusive acerca de la propia escritura, así como en el cuento “Sonata”, donde el narrador nos da la clave del relato en una frase que bien podría entenderse como resumen de la poética del autor: “Mi mayor preocupación dentro de la ficción es proponer una acción que, evidentemente, se desarrolle fuera de la obra, pero que, al mismo tiempo, sirva como base para que ella (la obra) se resuelva”.
De lenguaje especialmente cuidadoso, “riguroso”, como lo califica Balza, Humberto Mata no se conforma con la elaborada pulcritud de su escritura, donde conseguimos por cierto una de las adjetivaciones más ricas e insinuantes de la literatura del país (nuevamente nos remite a un Borges muy bien leído y asimilado), más allá de esto, su estilo envuelve una paradoja, pues al tiempo que trabaja la ambigüedad de la anécdota, a veces hasta extremos casi crípticos, se esfuerza por la precisión de los datos, por no dejar cabos sueltos dentro de lo que se permite contar o conjeturar, como si a todo lo largo de su obra estuvieran siempre presentes las palabras del personaje de “Encuentro en el museo”: “...pero sepa que aunque le diga todo, ya se lo advertí, nunca le contaré toda la verdad...”. Esta “pasión de lo exacto”, como diría otro de sus personajes, A. P. Frachazán, esta puntualidad apabullantemente racional, evidente en cuentos como “Curiara”, explicándonos la técnica del canalete, o en “La Esmeralda”, con sus complicadas recetas de panes (sólo por mencionar algunos), alcanza una minuciosidad propiamente matemática (recordemos los estudios de matemáticas del autor) en dos extraordinarios relatos que, al aceptar el calificativo de policiales, constituyen los mejores del género en Venezuela: “El cansancio de A. P. Frachazán” y “Boquerón”.
Enmarcados en un ambiente urbano y sin sacrificar ni por un momento el aire enigmático respirable en toda la obra del autor, estos cuentos –que en efecto se inscriben perfectamente dentro del policial si admitimos el libre desarrollo de los géneros literarios– podrían estar señalando de alguna manera el destino de una escritura empeñada en asomar el lado fantástico, inusitado de la monótona cotidianidad. Sin embargo, todo indica que el gran atractivo que ejercen los vericuetos policiales sobre Mata tiene más que ver con las tantas posibilidades que brinda cualquier incógnita por resolver que con el compromiso de finiquitar una pesquisa, más con el deseo de que el lector se convierta en detective (el que resuelve, ata los cabos sueltos de las historias) que con la intención de renovar el clásico género policial. Por lo demás, la ciudad de los mendigos de “Boquerón” o del teniente Frachazán se nos presenta como una especie de geografía ajena y obscura a la que se accede sólo a través del ejercicio de la razón, muy distinta al paisaje emocional de la infancia y la juventud, porque el río y sus innumerables canales, a la manera de espacio fascinante y sugestivo, además de estar obsesivamente afianzado en la mayoría de los relatos, se ofrece casi siempre como el lugar al que es necesario retornar. Retorno, vuelta particularmente conflictiva, suerte de sino ineludible orientado a trastornar la vida de unos personajes-narradores que parecen complacerse en el ensimismamiento procurado por los juegos y movimientos de su propia imaginación. No podemos concebir entonces la literatura de Humberto Mata sin este horizonte exuberante y encantatorio. El policial y la ciudad son en esta obra un desvío circunstancial, nunca su destino.
Aquí, el único destino posible es el delta, el río, el río que –parafraseando al antiquísimo griego– siempre va a ser el mismo, aunque sus aguas y desembocaduras no lo sean, tal como esos seres, narradores o narrados, que pueblan su obra: son ellos pero también son otros y son uno solo, es el nieto que ha vuelto pero también el abuelo que nunca se fue en “El sustituto”; como las mismas son la cesta toro-toro del relato que lleva ese nombre y la que da sentido a otro llamado “Conversación”, primero y último del libro Toro-Toro, inicio y fin del mismo cuento. ¿Cabe decir entonces que la obra de este escritor constituye una suerte de relato interminable que vuelve sobre sí mismo?, ¿“círculo absoluto” (del que nos habla en un cuento de Pieles de leopardo) que como todo círculo “carece de referencias” porque sin duda es capaz de contenerlas todas: todas son posibles?
Puede ser que hace tiempo hayamos leído los libros de Humberto Mata, cada uno en el momento de su aparición, puede ser que por eso mismo no nos acordemos de nada concreto, de ninguna de esas historias tan difíciles de aprehender; sin embargo, estoy segura que en el recuerdo habrá quedado una envidiable prosa creadora de atmósferas indescifrables y un sentimiento muy cercano al desasosiego. Estoy segura también de que el lector que vuelva a ellos dispuesto a participar del juego que este narrador le ofrece, encontrará nuevos rumbos para re-construir las anécdotas, así como para elaborar sus propias conclusiones acerca del laborioso oficio de escritor.

2 comentarios:

  1. Buenas tardes, necesito urgentemente hacer contacto con la señora Silda, me podrían facilitar algún dato para entablar comunicación con ella. Gracias y disculpen.

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