miércoles, 4 de marzo de 2009

El alemán, Humberto Mata

Creció en una casa que se prolongaba por un pasillo en busca de sus entrañas y estaba separada del caño Manamo por una calle angosta. La casa lucía cada vez más oscura a medida de que uno se internaba en ella, hasta que en un sitio profundo era transformada en luz: y la luz era una planta eléctrica, el objeto más preciado de su niñez, aquello que de alguna manera lo distinguía y por lo cual él se ufanaba de estar en posesión de algo único e inalcanzable para otros. Así, cuando hacía mucho calor y fallaba la energía eléctrica, por ejemplo –cuestión que casi siempre ocurría—mandaban a encender la planta y accionaban los ventiladores. Entonces él sentía la seguridad de que nunca ventilador alguno había lanzado tanto aire –ni tan fresco—como aquel que lanzaban los suyos en las tardes soleadas del pueblo. Estaban aturdidos bajo los chirriantes techos de cinc, pero orgullosos acompañados por los sonidos de la máquina y de los ventiladores. También algunas noches encendían la planta. Las bombillas daban entonces una luz mortecina, una casi no luz, pero que él encontraba brillante, potente, y sin lugar a dudas muy superior a aquella que les permitía la planta del pueblo. Hoy conviene en que ambas luces debieron ser iguales de irrisorias, en que ninguna de las dos pudo ofrecerles una iluminación adecuada a los ojos ni apta para la lectura; pero en aquella época, cuando tal cosa ocurría, cuando la planta de la casa era encendida porque fallaba la del pueblo, él juraba que la luz que les llegaba era la más potente, y presto se iba a la puerta para observar la calle y las casas eclipsadas, el río plateado y negro enfrente, las sombras de los insectos adormecidos por la súbita ausencia de luz en el alumbrado público; y se asomaba en realidad para que lo vieran, para mostrarse ante quienes permanecían a oscuras cuando en su casa todo era luz. Se sentía feliz, entonces se sentía muy feliz e importante.
La planta entró en la casa cuando el niño tenía más de dos años. Supongo que ya entonces era una planta vieja, de segunda mano, porque lo que les estoy relatando ocurrió cuando él no sobrepasaba los siete. La compró su padre y la instaló El alemán, alguien que quizá se llamara Otto, porque ese sonido excava como gubia en la memoria, quien desde ese día en adelante sería su mecánico de cabecera. Recuerda a la perfección las noches en que la planta sucumbía y en que El alemán llegaba a la casa con su inmensa caja de herramientas a cuestas, murmurando algo, saludando huraño acá y allá con monosílabos, y se dirigía sin más, su cuerpo y su sombra internándose por el largo pasillo, al sitio donde estaba instalada la planta: un motor Diesel de dos emboladas y paradójicamente un haz de luz y un agujero negro para él. El alemán encendía su lámpara de mano, que iluminaba más que la luz de la planta, (ahora lo reconoce), observaba el motor, murmuraba algo, sacaba unas herramientas y… En pocos momentos aquella máquina obsequiaba su interior lleno de aceite, su oscuridad que daba luz, su mecanismo de compresión sin bujías y con bielas, ejes, excéntricas, que comunicaban movimiento a los órganos interiores, el émbolo, el pistón, las válvulas: piezas remotas, sonidos deliciosos, el alma (corazón) del motor... Y él se quedaba absorto pensando en cómo hacía El alemán con todo aquello, en cómo lograba dar con el desperfecto, modificar una variación inadecuada para regresar todo a la normalidad y hacer que el motor arrancara otra vez y les ofreciera su ronroneo seguido de luz amarilla para su beneplácito y tranquilidad.
El alemán tenía otra vida también; no demasiado activa pero otra. Algunas veces buscó sin éxito los amores. Entonces decía que algunas mujeres no tenían alma, no tenían corazón: y él no lograba discernir si El alemán estaba pensando en realidad en mujeres o si lo estaba haciendo en su lustrosa Diesel. En todo caso debió haber sabido --como yo supe después-- que sólo podemos fracasar y somos vulnerables cuando queremos algo. El padre sostenía que llevaba una vida correcta, y ya eso lo exoneraba de cualquier falta a la moral. Lo recuerda al atardecer: él acá en la puerta de la casa y El alemán allá, en el malecón, sentado en un banco de granito para tres personas y mirando el río o cualquier cosa, simplemente mirando. Él lo podía ver perfectamente desde su posición. Ya saben que la calle es angosta. Generalmente El alemán estaba solo, aunque a veces lo acompañaba el padre del muchacho. Recuerda sus espaldas amplias, su barba, su calvicie, su mirada perdida en el crepúsculo. Le impresionaba su silencio. Luego El alemán se despedía y tomaba el camino hacia su casa, en Cocalito, más allá del puente. Él lo veía alejarse, sus espaldas y su calvicie y su silencio nunca roto.
Otras veces lo encontraban en la plaza Bolívar. En esas ocasiones llevaba por lo general una bolsa con pan, un pantalón de caqui y una camisa del mismo tejido. Sus manos eran grandes, sus uñas gruesas eternamente llenas de grasa. No saludaba a mucha gente, no conversaba con casi nadie, parecía que estaba siempre malhumorado. Él lo admiraba y se complacía cuando El alemán posaba la vista en su rostro. Quería saludarlo entonces, tal vez lanzarse en sus brazos; pero lo respetaba y se quedaba rezagado mientras El alemán y el padre del muchacho intercambiaban algunas palabras.
¿Por qué una planta eléctrica en una casa particular? ¿Y por qué un Diesel, el motor tal vez menos adecuado para producir electricidad? Yo también me lo he preguntado, y para responder tendría que hablar del padre de ese muchacho, de sus excentricidades y espíritu ilustrado, de avanzada y perfeccionista. Algo, tal vez eso que llamé espíritu, lo inducía a poner en marcha empresas enormes, desproporcionadas, empresas que en esta historia no debo detallar si quiero ceñirme a lo que es la esencia. En una de esas empresas el Diesel llegó a la casa.
--Debemos tener luz siempre mujer, le dijo a la madre del niño. No podemos seguir dependiendo de una compañía del gobierno que no sirve para nada.
El padre militaba en una organización proscrita, él no sabía nada de eso; leía cosas de autores no habituales, de Lenin por ejemplo, leía La madre, Así se templó el acero, también leía poesía... la Commedia en una edición de finales del XIX. En las noches, ¿recuerdas?, cuando la planta estaba funcionando y una luz opaca se esparcía por la casa profunda, recuerda que tu padre tomaba un libro en sus manos, se sentaba en una mecedora y leía: “Principios del comunismo”, “Trabajo asalariado y capital”, acaso un poema de Vallejo o de Whitman o de otro… ¿Recuerdas?...

Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce…
si hay algo en él de amargo, seré yo.*

No. Definitivamente. Estoy seguro de que Das Kapital no reposaba en sus estantes.

Habló con El alemán y a las pocas semanas una nada reluciente Diesel entraba en casa: sus camisas, sus cámaras y recámaras haciendo venias e invitando a pasar adelante a los curiosos moradores de aquel hogar.
Lo que más llamaba tu atención de aquella máquina era lo que ella parecía esconder debajo de una cubierta sostenida por cuatro tornillos. La cubierta era una tapa metálica, muy pesada, que tenía la extraña virtud de permitir el acceso a aquello que estaba al parecer vedado a tu entendimiento --y que aumentaba tu curiosidad--, porque allí sólo lograbas distinguir una corrugada estructura de hierro que formaba parte del cuerpo del motor. Sin embargo, cada vez que El alemán era llamado, éste quitaba en primer término aquella cubierta, observaba detenidamente lo que estaba debajo de ella y emprendía de inmediato la reparación del increíble desperfecto, cuestión que era llevada a cabo en un lugar alejado, muy alejado de aquella misteriosa superficie ocultadora de la nada.
--Acá se esconde el alma de la máquina, sin lo que está acá este motor no vale nada, le respondió El alemán.
--¿Qué está debajo de la tapa, me puedes decir qué está debajo de esa tapa? –le había preguntado él, la otra noche, mientras El alemán quitaba los cuatro tornillos.
Por la respuesta que le dio El alemán llegó a la conclusión de que el alma de esa máquina era también, como las otras, algo misterioso, o un vacío, o una nada, o era algo en todo caso prohibido a su vista. Porque no otra cosa pensaba él del alma, cuando niño; esta se le suponía ser algo vinculado con la vida y la muerte, con el más allá; algo que tenía mucho que ver con los fantasmas y era en el fondo aterrador, un horizonte de sucesos cuando menos difícil hasta de imaginar, aunque nunca tanto como lo sería después, cuando el alma pasó a constituir en definitiva un insondable. Y también concluyó en que si El alemán podía quitar la tapa y descubrir el alma de la máquina, debería ser por lo tanto una suerte de descubridor de almas… ¿Quién puede ver el alma de una máquina, se preguntaba entonces, el alma de un hombre, de cualquier ser? ¿Quién puede penetrar en esa singularidad, como dirían ahora? ¿Cómo es, si acaso ella es…? ¿Sabes aunque sea un poco sobre tu alma, eres el alma o eres un curioso experto en almas?

La vida es irresponsable y se complace en salir de juerga, darse de baja, quedarse y dejar todo a un lado, cuando menos lo espera alguien. Él no esperaba que sucediera lo que pasó. Había salido de paseo, esa tarde. Siempre salía de paseo, esas tardes. Iba para la plaza Bolívar y luego para una bodega en donde preparaban una bebida a base de leche, malta y canela. La llamaban Vitamina. Iba solo: y caminaba al lado del río por la calle Manamo. En los pueblos, los paseos son las calles y las casas y sus habitantes. Pasó por la esquina de la calle La Paz, también por la esquina de la calle Arismendi. Allí se detuvo. Muy cerca de él está una iglesia, un colegio de monjas, las casas de Nimia Estévez, Miguel Gómez y las Barrientos. Y cuando él llegue a la esquina con la calle Petión, podrá ver la farmacia del pueblo. La plaza Bolívar estará cerca entonces. (Nimia Estévez era ya una vieja cuando tú eras un niño, aunque todos son viejos cuando uno es niño. Miguel Gómez era hijo de Juancho Gómez, quien te llamaba compadre a pesar de las diferencias de edad. Las Barrientos eran mujeres con unos traseros esculpidos y descomunales. Tenían senos pequeños, aunque supongo que suficientes. Tú estabas enamorado de una de las Barrientos, pero eras demasiado niño para ella. Pasabas por la puerta de su casa para verla, para verle el trasero, y salías después corriendo… Y cuento todo esto, lo de Nimia, Miguel y las Barrientos, porque El alemán frecuentaba esas casas también, porque iba muchas veces a ellas para revisar las bombas de agua y porque tú lo acompañabas. El niño lo seguía, (¿cómo podía arreglar nuestra planta y esas bombas también, se preguntaba?), con el propósito de ver ciertas nalgas cuando entraban en cierta casa; pero por sobre todo, con la finalidad de descubrir el misterio, la sabiduría secreta, la pericia que le permitía a este curioso ponerse en contacto con las almas, porque aquellas bombas de agua eran a su entendimiento tantas otras almas en manos de El alemán.)
Todo el trayecto ha sido muy rápido porque el pueblo es pequeño y porque aunque ya cae la tarde, el sol aún rompe la piel y no permite mirar con paciencia. Va, como siempre, a la plaza Bolívar, que está paralela a la semirrecta cuyo inicio (o final) se encuentra en el vértice que forman el edificio de un cine y la calle Pativilca. En la plaza Bolívar da vueltas y más vueltas, al igual que todos los demás. Camina y observa las casas en la calle Bolívar, los comercios que están en la Dalla Costa. Casi concluye el cuadrilátero de la plaza. Sólo falta la semirrecta que colinda con la calle Petión... Pero de pronto el busto de Bolívar, las muchachas que pasan y sonríen a sus novios de quince años, el sol que se escabulle allá por el río y... Pero de pronto el silencio, ese pesado silencio de los pueblos que por lo general no significa nada pero que en ocasiones, como en esta, contiene una explosión unánime, la de una máquina de combustión interna que hoy anuncia la muerte: El alemán se ahorcó en su casa de Cocalito, gritamos todos. Corren hacia allá por la Dalla Costa, buscas el puente que cruza el caño Tucupita, sabes que por allí cerca se encuentra el negocio en donde preparan la Vitamina pero en esta oportunidad no vas a detenerte en él ni vas a pedir ese refresco, casero y delicioso. Tienes que ver a El alemán. Presientes que algo muy importante está pasando, que algo puede finalizar y quieres ser testigo de ello…

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie *

…Y allí está El alemán, lo que queda de él. Ha expulsado el alma fuera de sí. Cuelga de una cuerda dentro de su casa. La casa es muy pequeña y algo oscura. Una mujer cuenta lo que tenía que suceder:
--Yo sabía que esto iba a pasar, dice. Ese hombre allí solo sin nadie que lo cuidara, sin comida ni nada.
--Yo a veces le dejaba cualquier cosa, dice otra. Me daba tanta lástima. Un hombre así tan solo.
Tiene parte de la lengua fuera de la boca, está pálido y una ardua, trabajada quietud lo acicala. Lo bajan y lo colocan en su cama. Sigue la palidez, continúa la quietud. Dirías que la escena es hermosa y que el silencio, nítido, aumenta la elegancia de la muerte. El alemán está allí, indiferente a todos, unánime, y tú presientes que algo ha cambiado para siempre, que el alma de aquel Diesel se apagará con la ida de su mecánico de cabecera, que ya nada será lo mismo y que acaso ¿por qué no? en adelante también tu niñez habrá finalizado.
Ves de nuevo el cuerpo pálido. ¿Qué será de él, ahora? ¿Será su alma como la del Diesel, un alma escondida, un agujero negro, una aparente nada de innumerable densidad? ¿Será su espíritu tan frágil como el de las bombas de agua? ¿De dónde vino El alemán?...
Después, primero has supuesto que nació en una ciudad ilustrada: y para el relato es conveniente que haya nacido allá, porque se trata de un lugar que sueñas como cuna de músicos, poetas, constructores; y El alemán, con su mecánica y habilidad para develar el alma, tenía mucho de creador. Pero luego supiste otras historias, y hasta escuchaste decir a alguien que El alemán no era de Alemania sino de otro país en realidad, y que se vino en plan de escape, como tantos, luego de las batallas. Ese alguien no ha dudado en afirmar que el fugitivo hizo cosas “horrorosas” durante la guerra, que formó parte de un regimiento insigne por lo sanguinario y que su historia es tan aterradora que han preferido ocultarla para no desprestigiar aún más la naturaleza humana. Su lugar de nacimiento no es aquella ciudad de alto brillo, por supuesto, sino un frío e inaccesible pueblo ubicado en ciertas laderas agrietadas donde el viento ulula con inédita ferocidad.
Pero tú no logras pensarlo de una nacionalidad que no sea la alemana y después de tantos años compartidos con él puedes darte el lujo de pasar por alto el señalamiento infame. Sabes que El alemán fue un hombre solitario, taciturno y tal vez justo; y así, conociendo de su soledad y de su justeza, construyes el día en que Herr Otto, el padre, adornado con su barba no muy poblada y su calva abundante, y con sus manos grandes y sus dedos gruesos, cargó por vez primera al niño recién nacido, y vio su cuerpo tan endeble y también sus manos pequeñísimas. Entonces Herr Otto cerró los ojos. Y así, con los ojos cerrados pensó en lo nada conveniente, en lo irresponsable en realidad que era tener un hijo a edades poco aptas, como la suya. Pensó en que con toda seguridad no iba a poder ver a su pequeño Otto cuando éste fuera grande. Y rogó, rogó con los ojos aun cerrados porque la vida de su Otto transcurriera lo más placentera posible, rogó porque jamás quedara solo ni en tierras desconocidas, ni nunca aquel que todo lo custodia abandonara su alma. Entonces volvió a ver a su querido Otto, tan pequeño y tan frágil, y comprendió que sus ruegos ya habían sido vanos porque no lograron evitar que leyera en él, como en un cuento fantástico, las batallas que vendrían, las muertes, las maquinarias y los ríos… Y hasta pudo leer en su tierno Otto, pero hace ya muchos años de esto, las letras de una irreparable soledad. Entonces, acongojado, el viejo Otto se dispuso a pensar y se quedó mirando.

*Vallejo.


Caracas, Febrero-Marzo-Abril-Mayo 2006.

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