viernes, 6 de marzo de 2009

Abraza a su asesino, Mahmud Darwix

Abraza a su asesino para lograr su clemencia: ¿te enfadarías mucho conmigo si sobreviviera? Hermano... hermano: ¿qué he hecho para que me asesines? Dos pájaros vuelan sobre nosotros, apunta hacia arriba. Dispara tu infierno lejos de mí... ven a la choza de mi madre para que te prepare las habas. ¿Qué dices? ¿Qué dices? ¿No soportas mi abrazo ni mi olor? ¿Estás cansado del miedo que me habita? Entonces arroja ese revólver al río. ¿Qué dices?... ¿Un enemigo en la ribera del río ha dirigido su metralleta hacia el abrazo? Entonces dispara contra el enemigo. Escaparemos juntos de sus balas y escaparás de tu delito. ¿Qué dices? ¿Me matarás para que el enemigo vuelva a su casa/nuestra casa y tú retornes al juego de la caverna? ¿Qué has hecho con el café de mi madre y de tu madre? ¿Qué crimen he cometido para que me asesines, hermano? No desataré la cuerda del abrazo. No te dejaré.

Lectura de un Pie de página, Lyda Zacklin

Humberto Mata, conocido en el ámbito de la literatura venezolana por la excelencia de sus cuentos, incursiona en el género de la novela con el relato Pie de página. El propio autor comenta con cierta ambigüedad, que las historias narradas en esta breve novela podrían ser cuentos. Novela o cuento lo que queremos destacar es la singularidad de una escritura que convierte el acto de lectura en una experiencia que va más allá de la simple atracción por un texto. En el discurso del relato se describe y cuestiona el proceso del escribir sobre el escribir. Este cuestionamiento incesante a través de un uso del lenguaje que se sirve de la ironía y de la ambiguedad para cuestionar lo dicho, permite establecer un diálogo inmediato con el lector y lo involucra de tal manera que nos sentimos estar participando en el proceso de escritura que está describiendo el narrador o simplemente respondiendo a la pregunta ¿qué piensa usted de eso?
En el relato se discuten ‘problemas relacionados con el inicio,’ en un discurso en el que, el acto inaugural de la escritura lo conduce la angustia, la duda: “...Todo puede ser formulado como un problema que tenga que ver con el inicio. No es vano asegurar que según sea el inicio, cuanto mayor o menor sea su validez, o cuanto más o menos convenga, así será el transcurso de aquello iniciado y así el final, si llega a acontecer como tal, es decir, si el inicio le da oportunidad. “...Dudas nuevamente. .¿Cuándo, dónde comienza algo? Una hsitoria, un dolor, cualquier movimiento,¿cuándo y dónde se inician?1
Pero a pesar de estas dudas, para el narrador como para el lector, la obra se presenta como una ocasión para que alguien se descubra en su suma de contradicciones;
un lugar donde alguien se erige como sujeto, como narrador, mientras va descubriendo el mundo y la realidad que desea presentar -realidad verbal de la ficción que crea personajes para dar la ilusión de la realidad de otros - “…Sólo te advierto esto: nada de cuanto ocurra podrás evitarlo y el vínculo que te unirá con quienes indiques como protagonistas, así como mucho dará, mucho podrá ocultar: y en lugar de obra ficticia basada en realidades, tal vez coseches realidades basadas en ficiones.” (p. 12)
Podríamos decir, que la perspectiva narrativa del relato la dirige este personaje-narrador con la suficiente lucidez para permitir que se mantenga un equilibrio entre la seducción del texto y su poder de respuesta, sin que por ello disminuya la posibilidad de inquietar al lector.
Todo este comienzo, todo este díálogo con la propia escritura es, sin embargo, el marco para introducir el tema central del relato: El Delta. En este sentido, las historias de arriba o a pie de página apuntan al verdadero anhelo de todo novelista: acaparar lo real entendido a su vez como aspiración y límite, tirano ante el cual se doblega para aproximarse al cumplimiento de su deseo.
Las historias que se van narrando: las del corpus de la novela y las de pie de página tienen la misma importancia dentro de la estructura del relato, pero cumplen funciones diferentes. En las historias de arriba conoceremos las historias de los personajes de la novela: la de la bella Cancia, de Tido Freites, de Mudolo, de la mujer sin nombre, entre otros.
En algunas de las historias se ahondará en la compenetración del hombre con la naturaleza, para verificar el conocimiento de que “la vida vibraba, que todo tenía un alma...”(p.41) o para describir al ser más auténtico y misterioso del relato: el indio: “. . . Ese indio era un hombre, una manifestación del ser llena de verdad: todo luz, todo naturaleza, todo energía sin tregua..”(p. 43)
Las historias de abajo a veces pueden servir para aclarar un punto de discusión iniciado en las historias de arriba, o para hacer cualquier tipo de comentarios relacionados o no con la historia comentada en el cuerpo del relato. Es además, en las historias a pie de página donde el narrador se detiene para presentar la geografía de la región o para que la escritura se embriague con la aroma de los versos de la canción de un compositor deltano, Eudes Balza, y la de los frutos y flores de la región: “La noche esparce los olores, siempre. Si durante el día Clavellina huele a mango, en la oscuridad su aroma, el del jobo y el de los malabares, satura el pueblo y los sitios cercanos.” (p.54)
Esta estructura le permite también al narrador llevar el contrapunto entre el tiempo en que ocurrieron los hechos que narra y la instancia del presente de escritura. Así, la historia más remota que se presenta en la novela es: la inundación de 1943. Este hecho se enlaza con una historia más reciente: el cierre del caño Manamo que el narrador describe y critica con detalles. Pero, es en el presente de escritura donde el narrador podrá expresar su deseo imposible: el deseo porque el río pueda llegar a liberarse y ser lo que fue:
“He añorado el Manamo de ayer, el río que jamás vió Colón, pero que yo sí ví. He soñado con una venganza natural definitiva. He visto ceder el muro ante el ímpetu de las aguas. He rogado por aquel río que, frente a Tucupita, crecía día, trás día, bello, poderoso y terrible, como un dios.(p.14)
El propio narrador comenta el uso del tiempo del relato en una de las historias: “Eso que ocurrió en la fecha ya sugerida, es comentado en este momento por quien, víctima otra vez de la duda , deja llevarse por la experiencia de Tido Freites, le permite asumir el texto como acontecimiento para que anuncie que pronto volverá a las aguas, volverá al Manamo; regresará en un futuro que por serle anterior no le pertenece al que quiere narrar.” (p.18)
En última instancia, estas historias las de arriba o las de abajo abren un espacio de escritura a su vez fascinante y provocador en el que, el despliegue de metáforas audaces ayuda a que se mantenga el movimiento del deseo en el discurso por abarcar la realidad de ficción que presenta.
El Delta es metáfora en el relato del mundo de las intensas pasiones que rigen la vida de los personajes : “Las pasiones se entrecruzan ...como la red de caños que conforman el Delta y que como vasos capilares se entrecruzan sin orden ni fin” (p.30)
Sus aguas incitan el deseo de sensualidad y sexualidad ilimitada que atraviesa el discurso: “...tocar las aguas con las manos, tocar las aguas, bañar mi rostro (el de Tido) con ellas, con su azarosa turbiedad , meternos en ellas, como en una vagina ilimitada, para gozar el gran contacto, el orgasmo final.” (p.20).
En estas historias donde la vida de los de los personajes está dirigida por la
búsqueda de placeres intranferibles, por ‘La danza del sexo’ el Delta es: “...tierra o agua de las mujeres y de los hombres lejanos, aventuras sin futuro cierto, pero también juego permanente entre el río y el mar” (p.29)
En otras palabras, tanto las mujeres como los hombres de estas historias se entregan con frenesí a las experiencias límites en la relación carnal. El amor es un deseo imposible, que apenas apacigua la unión que ha iniciado el desencuentro :” Cancia sin hombre para siempre, aunque antes y luego de ella tuvo muchos, a los que se entregó sin frenos ni pudor (piel libre paa el roce sensual, boca urgida de todo, cuerpo dispuesto a las experiencias límites), pero a los que nunca logró o quiso amar…”(p.17).
Para muchos personajes el sexo es lo que les da sentido a sus vidas. Así la experiencia sexual puede convertirse en respuesta a la deseperanza, al engaño. Es el caso por ejemplo de la ‘mujer sin nombre’ :… “Con el correr del tiempo puedo sentirlo, la mujer dejó de creer en promesas; pero igual deseaba escucharlas, no por ellas mismas y menos por el gusto (o disgusto) de captar los cambios de tonos , las formas múltiples que tomaban, según el productor.”(p.50)
A través de las historias se reconoce una tácita aceptación de la libertad sexual: “Una digna mujer, madre sin máculas por ejemplo apovechará el carnaval para disfrazarse de negrita y huir en medio del templete, con aquel joven que le gusta tanto. Y la muchacha más cuidada, el centro de todos los mimos, nunca desaprovechará la oportunidad para acostarse con con el marido de la mejor amiga de su familia” (p.62).
No obstante, lo que en el relato se presenta como la transgresión absoluta es la relación de la mujer con el indio. En este sentido, la mujer de la historia que transgrede lo prohibido, podría verse como metáfora de la autonomía de la novela en relación a los discursos predominantes sobre el adulterio, sobre la moral en general.
El narrador-personaje mantiene un discurso ambivalente en relación a la conducta de la mujer. Sus críticas se extienden tanto a quienes la juzgan: los lugareños como a la propia mujer. Si los actos contra la mujer de los lugareños van teñidos de hipocresía, la mujer peca por no pensar en la consecuencia de sus actos.
Pero el discurso del narrador se extiende también hacia ese mundo inasible del comportamiento humano, en donde la verdad y la mentira se confunden:

“por más que me duele hacerlo y desee negarlo, debo reconocer que ella fue sincera, más sincera que muchas mujeres, más mujer que la mayoría, más ser humano que cualquiera de nosotros…Me inclino ante ello y beso sus manos...Si es verdad, estuvo con el indio (al fin puedo mencionarlo) una y cien veces estuvo con él...Pero también es verdad que aquellos actos, envidia de la gente, carencia de cobardes, constituyen una de las más firmes demostraciones de plenitud que la historia haya conocido, tal vez el homenaje más sincero al contacto humano de que tenga noticias ésta...sin dudas la revelación más fiel del duradero, incensivo y fecundo misterio del sexo que ella misma cultiva.”(pp 51-52)

En definitiva, el espacio de ficción de este relato, de historias sin comienzo y sin fin, al ser metáforas del eterno cuestionamiento del ser del hombre y del ser de la escritura, nos deja con el goce de un texto que señala el inequívoco compromiso del autor con la palabra, a través de un discurso en el que aflora todo lo que existe de canto y de danza en el lenguaje.
Lyda Aponte de Zacklin
Marzo 24, 2005






1Humberto Mata: Pie de página, Caracas: Editorial Troya, 1999, p.11. de ahora en adelante se indicarán sólo el número de las páginas correspondientes a esta edición.

Jerusalem, Yehuda Amijai

En una azotea de la Ciudad Vieja
hay ropa iluminada con la última luz del día:
sábana blanca de una enemiga,
toalla de un enemigo
para secar con ella el sudor de su frente.

Y en el cielo de la Ciudad Vieja
una cometa.
Y al final del hilo
un niño,
que no vi
a causa de la muralla.

Hemos izado muchas banderas.
Han izado muchas banderas.
Para que pensemos que están contentos.
Para que piensen que estamos contentos.


Traducción: Raquel García Lozano

Turistas, Yehuda Amijai

Una vez, me senté en las gradas junto a una de las puertas de la Ciudadela de David. Las dos pesadas canastas, las puse a mi lado. Un grupo de turistas estaba parado ahí alrededor del guía y les serví de señal, de punto de referencia. "¿Veis a ese hombre con las canastas? Un tanto a la derecha de su cabeza hay un arco del período romano. Un tanto a la derecha, encima de su cabeza". "¡Pero se mueve, se mueve!" Me dije: la redención vendrá sólo cuando les digan: "¿Veis ahí ese arco del período romano? No importa: pero junto a él, un tanto a la izquierda y debajo de él, está sentado un hombre que ha comprado fruta y verduras para su familia".

Boquerón, Humberto Mata

I
Desde hace meses, estoy a cargo de la División contra Homicidios. Fui nombrado para llevar adelante su modernización, ponerla acorde con los tiempos e igualarla con las demás dependencias del organismo. Por una razón que ignoro, esta División arrastraba señales del pasado, vivía sumida en él, y hasta conservaba archivos tradicionales para llevar los casos. No permití que siguiera igual. Asumí con decisión mi puesto; jamás perdí el tiempo en contemplaciones (porque ni siquiera el Ávila, que observaría con sólo acercarme a la ventana de mi oficina, obstruyó mi labor) y hurgué los archivos para seleccionar lo que vale y botar lo demás. Fue una tarea titánica, pero muy pronto la automatización será realidad y podré informar a la Dirección General que el final de una época se ha consumado. Me sentiré feliz cuando lo haga. Todavía no, pero muy pronto. Aún queda un archivo por investigar y transcribir al computador: el de Juan Achares.

II
Algunos archivos, dicen mucho de sus propietarios; parecieran ser una extensión de ellos; revelan un orden, cierta predilección, determinados giros en el enfoque de temas, exclusivos. El de Juan Achares no es menos exclusivo, pero si necesitara designarlo con exactitud, diría que es insólito; tanto, que he tardado semanas en discriminar su contenido y muchas otras en tomar la decisión de eliminar éste por completo... No. No por completo. Conservaré una foto de Achares, tipo carnet, que muestra a un hombre maduro, con el pelo liso, a lo indio, los hombros caídos y un enorme lunar en la barbilla. ¿Por qué? Tal vez porque sea la manera de ofrecer mis respetos a quien fuera jefe de esta División y luego cayera en el olvido que construye el tiempo. Nadie te recuerda, Juan Achares. Nadie sabe de ti ni tiene memoria de un caso que investigaste. No digo que tus procedimientos, durante la investigación, hayan sido los mejores. Afirmo que si fue cierto lo que contaste, mereces mi acogida, aunque nadie recogiera los frutos y la única pista se haya perdido. Digo que si fue falso, me llenas de admiración y de congoja.

III
Esta ciudad ha cambiado desde entonces; pero aún mantiene ciertas características que la relacionan con aquella en donde trabajó Juan Achares: edificios disparados hacia el vértigo; puentes sobre caños fétidos picoteados por garzas y en cuyas laderas abundan los mendigos; autopistas que la cruzan, como relámpagos, y todavía, pero ahora más destartalada que en aquella época; todavía otra que se deshace y que la comunica con el litoral. Esa autopista, lleva al viajero desde Caracas, la ciudad de Achares, hasta La Guaira, el gran puerto del litoral y punto desde el que se dispersan los amantes del mar, hacia playas cercanas. Dos montañas, remanentes del Ávila, obstruirían la llegada a La Guaira, si el ingenio no hubiera sido suficiente para cavar túneles que permitieran el paso de la autopista. Cuando era niño, me maravillaba ante la presencia de esos túneles; y aún más, ante el prodigio que significaba comunicar entre sí, dentro de uno de ellos, las vías en uno y otro sentido de circulación, mediante túneles menores que dejaban ver, fugazmente, el paso de los vehículos que se dirigían en sentido contrario al observado por el que me conducía. Para mí era vital observar esos pequeños túneles; me extrañaba si otros no lo hacían, y mi extrañeza ha llegado al escándalo, ahora, cuando he podido comprobar que nadie los mira o les da importancia, y que muy pocos los recuerdan siquiera. No estaba yo al tanto de saber, entonces, que en uno de esos túneles menores se desarrolló parte de la historia que intento olvidar. Pero, aun antes de entrar en materia, como diría un profesor, es necesario dar ciertas explicaciones: algo así como los detalles preliminares de una clase, las fuentes consultadas, algunas referencias, la bibliografía que necesitará el participante para esclarecer o completar las ideas que serán expuestas.
Conocido es el hecho de que el primer túnel desde Caracas hacia el litoral, lleva por nombre Boquerón 1. También es del dominio público que ese túnel sufre de desperfectos en el sistema de reciclaje de aire y que se dan trancas enormes del tránsito, sobre todo en las llamadas horas pico y en los días de asueto laboral, cuando los habitantes de Caracas acuerdan tostarse bajo el sol y acuden a las playas. Durante las trancas, todos sienten síntomas de asfixia dentro de Boquerón 1, por la falta de aire y la presencia de gases tóxicos, y más de uno ha salido de él con el rostro pálido y el ritmo cardíaco inestable. De hecho, muchos usuarios han llegado a imaginar que son mineros y que la salida sólo será posible luego de una larga, penosa excavación. La historia de Juan Achares, su posible historia, tiene que ver con ese Boquerón, en especial, con su primer túnel menor. En ese interconector, así lo llamaremos para evitar confusiones, ocurrieron con seguridad tres acontecimientos, y quizá otros. Digamos, antes del final, que Boquerón 1 exhibe cuatro aceras, situadas a ambos lados de sus dos vías, tal vez pensadas para el urgente paso peatonal o para darle sentido a los prodigiosos interconectores. ¿De qué otra manera, si no, se tendría acceso a ellos? Y señalemos, para finalizar, que aún permanece una costumbre, prohibida y peligrosa: bajar al litoral caminando.
Quienes son descubiertos, caminando por la autopista, tomando una acera de un túnel, merecen el arresto. Pero muchos lo hacen sin ser vistos.

IV
Queda poco sobre Juan Achares; o queda mucho, si las suposiciones cuentan: fue jefe de la División contra Homicidios, a la que dirigió con algunos escrúpulos: algo tal vez acorde con quienes, como él, se reconocen súbditos de los placeres cultos (la música y la poesía, por ejemplo) y de los viajes solitarios (a una playa tal vez, que constantemente pudiera ser la misma); y fue también, como consecuente -o precedente- de los escrúpulos, un soltero constante que desarrolló ciertas manías: gusto por el orden y la exactitud (le molestaba abandonar un caso no resuelto), urgencia de acato (no aceptaba ninguna duda sobre sus procedimientos y finalidades, aun cuando de primera fueran inexplicables) y pasión coleccionista. En relación con este punto, existe un fragmento donde se nota que Achares coleccionó pequeños objetos: una concha, un sacapuntas, un clavo muy viejo, una cabeza de terracota, un cepillo, un gato de vidrio, una olla y dos espejos que junto con otros más voluminosos: el tocadiscos Telefunken, la cómoda, la cama, los libros y los discos, tal vez fueron lanzados al basurero cuando dejó de ir a la pensión en donde siempre vivió.
Parte de lo anterior, pero sin duda todo lo demás, está escrito y corresponde a papeles (la mayoría, documentos oficiales) guardados en su archivo. Todos tienen que ver con un caso de supuestos mendigos, encontrados sin vida en Boquerón 1. Una relación no pormenorizada del contenido de los papeles, ya que obvia muchos detalles inútiles, arroja lo siguiente:
A. DOCUMENTOS INDICADORES DEL ASUNTO.
I. Sujeto hallado muerto en Boquerón 1, primer interconector, autopista Caracas-La Guaira.
1. Causa de la muerte: envenenamiento.
2. Motivo: inhalación de gases tóxicos.
3. Señas particulares: pelo largo. Bigotes. Barba. Ausencia de trabajo odontológico, reciente o antiguo. Ausencia de huellas dactilares, por quemadura.
4. Sexo: masculino.
5. Edad: adulto. 40 años, aproximadamente.
6. Identificación: negativa.
Observaciones: el cuerpo pudiera pertenecer a un mendigo, como se desprende de la vestimenta, barba, bigote, pelos y estado sanitario general. El deceso ocurrió varios días (2 ó 3) antes de encontrar el cuerpo.
II. Sujeto hallado muerto en Boquerón 1, primer interconector, autopista Caracas-La Guaira.
Los puntos y las observaciones, tienen el mismo contenido que en I.
III. Igual que I y II.

B. DOCUMENTOS RELACIONADOS CON LA INVESTIGACIÓN.

I. Que tratan sobre la apertura de la investigación.
II. Que reflejan el estado de la investigación.
1. Sin información positiva acerca del caso.
2. Nuevamente, sin información positiva, pero con un examen preciso de fechas y fases lunares.
3. Sin información positiva, pero alertando sobre una sospecha (no determinada en el documento). Achares menciona un viaje al litoral y el desvanecimiento que sufrió en Boquerón 1.
4. Solicitud de aclaratoria, por parte de la Dirección General, acerca de la sospecha.
5. Negativa de Achares, por encontrarse en estado de presentimiento. (Palabra subrayada por el autor.) Achares compara su situación con el afinamiento de una orquesta antes de iniciar el concierto, o con el lentísimo inicio de éste. (Subrayado de Achares.)
6. Solicitud de la Dirección General, para que estudie la posibilidad de remitir el caso a la División contra la Delincuencia Organizada.
7. Respuesta enfadada, en la cual Achares da a conocer su desacuerdo y solicita tiempo para concretar su sospecha. Afirma que el estado de la investigación es similar a un Adagio y sostiene que pronto, si está en lo correcto, llegará el Finale. (Subrayados del autor.)
8. Solicitud de la Dirección General, para que el caso sea pasado, sin demora, a Delincuencia Organizada.
9. Negativa de Achares, con nota en la que da a conocer el estado de presentimiento en que aún se encuentra la investigación. Menciona su acercamiento a mendigos (sin resultados positivos, hasta el momento) y su convicción sobre la validez de los presentimientos para resolver muchos casos.
10. Documento conciliador de la Dirección General, que ofrece otra oportunidad a Juan Achares, pero solicita poner el caso en manos de un subalterno. Habla de la necesaria división del trabajo, de la extrañeza porque un caso tan secundario esté a cargo directo del Jefe, del inconveniente que constituye para la moral y el comportamiento de los subalternos, de la barba que últimamente se ha dejado crecer, etcétera. Habla, en otro párrafo, del peligro de contaminación por relacionarse con mendigos.
11. Respuesta indignada, en la que Achares deja ver la importancia del caso y de que sea él quien siga investigando, pero no razona la respuesta. Afirma que podría ser el asunto más difícil y delicado que haya pasado por la División, pero no dice por qué. Asegura también que nada le extrañaría si finaliza en un Andante. (Subrayado del autor.)
12. Orden terminante de remitir el caso a Delincuencia Organizada.
13. Negativa de Achares, con insulto, elevación y el cuerpo de un poema.
14. Carta-destitución de Juan Achares como Jefe de la División contra Homicidios.

C. DOCUMENTO NO OFICIAL.
El escrito que se encuentra en este documento, nada oficial, como se desprende de su lectura, pudiera ser la lenta confesión de un propósito. Está incompleto, tal vez porque Achares olvidó llevarlo consigo cuando lo destituyeron y luego no tuvo acceso a la oficina para rescatarlo; tal vez porque quiso olvidarlo para que otro lo descubriera; tal vez porque era imposible completarlo. Sea cual sea la respuesta, su contenido es desgarrador. Fue escrito con pausa, si no con esmero, lo que descarta cualquier realización de último momento:
Mi nombre es Juan Achares; tengo 36 años, y más pronto que tarde dejaré de ser jefe de esta División contra Homicidios. No importa; mi propósito supera toda jefatura y mi única vindicación será cumplirlo.
Pocas veces he denigrado de otros o he abusado de mi posición, y observo igual deferencia cuando trato con grandes señores, con delincuentes o con mendigos. Estos últimos, sobre todos, merecen mi respeto, porque entiendo que en buena medida somos culpables de cuanto les sucede.
Han pasado meses desde que encontraron un cadáver en el primer túnel interconector de Boquerón 1 La persona había muerto envenenada por inhalación de gases tóxicos, como lo demostró la autopsia de ley. La persona era un hombre como de 40 años; no portaba documentación alguna; estaba mal vestido; tenía los dedos quemados (al parecer, mediante un procedimiento ejecutado con lentitud, porque no había señales de heridas fulminantes), y carecía de otras señas particulares que facilitaran su identificación, aparte de la barba, el pelo y los bigotes bastante crecidos. Nadie reclamó su cuerpo en la morgue. Un vagabundo. Un mendigo. Caso cerrado, desde el punto de vista policial. Aunque parezca increíble, yo, que no cultivo la negligencia, así lo supuse y admití.
Pero tres meses después, se presentó una situación similar; y cuatro meses más tarde, el acontecimiento se repitió.
Luego de la aparición del segundo cadáver, era prudente suponer que no se trataba de casos fortuitos: el hecho de que los cadáveres encontrados hasta ese momento carecieran de huellas dactilares, ameritaba esta suposición. Reuní entonces en mi oficina a los detectives bajo mi mando, aun cuando muchas veces dudo de ellos y desapruebo sus procedimientos, sobre todo al tratar con mendigos. Les hablé del caso y dije que no tenía ninguna sospecha, con la esperanza de que alguno de ellos asomara algo. Muy poco hicieron al respecto, salvo dejarse llevar por lo más sencillo, esto es, suponer que las muertes podrían relacionarse con alguna banda de malhechores que se estaba dando a la tarea de exterminar mendigos. Esta suposición haría que el caso pasara a Delincuencia Organizada; pero un detalle, esgrimido por ellos en su favor (la ausencia de huellas), hizo que por el contrario, lo retuviera en mi División. No podía aceptar que una banda organizada fuera tan pulcra como para raptar mendigos, tenerlos varios días (quizá meses) en su poder para quemar las huellas y luego abandonarlos en un túnel para que murieran envenenados. Eso era pedir demasiado. ¿Para qué el anonimato del mendigo muerto? ¿O tal vez no eran mendigos, sino rivales en la delincuencia o gente de buena posición, que ahora eran eliminados por venganza u otro motivo? Imposible. Las luchas entre bandas son detectadas siempre, por agentes infiltrados o por delatores con sueldo. La desaparición de una persona honorable, nunca pasa inadvertida, aun cuando la honorabilidad sea dudosa. Imposible. Eran mendigos; personas cuyo pasado se desconoce y cuyo futuro no existe: anónimos perennes. Carecía de sospechas. Todo era brumoso. Sin embargo, retuve el caso; todavía más, lo asumí personalmente, decisión esta última que produjo gran alivio entre mis subalternos, aquel día en que me reuní con ellos.
La noche de ese día llegué a mi cuarto. Todo estaba igual en la pensión. Siempre, todo está igual en la pensión. Los mismos dueños. Los mismos inquilinos. El mismo silencio. Acaricié el viejo gato de cristal que reposa desde siempre sobre la cómoda. Tomé dos espejos y me dispuse a observar los alrededores de mi cabeza. Hago lo mismo, desde hace tantos años, que ya tal vez ni siquiera mire, en verdad, y el ejercicio no tenga más propósito que el de repetir un hábito. Saqué de un bolsillo un clavo viejo, gastado, sucio, que durante el trayecto a la pensión -y a pesar de la oscuridad- había divisado en el suelo. Tal vez hiciera juego con el gato, el sacapuntas, la olla abollada de tanto tiempo y mi polvorienta cabeza de terracota pensé. Y en verdad hacía; se llevaba bien con todos ellos, y hasta con mi pequeñísimo cepillo de lustrar zapatos... Qué poca riqueza, lamía. Qué tiempo perdido, entre asesinatos y otras vilezas... Una concha de mar, es posible que falte una concha de mar. Cuando vaya a la playa, la recogeré... Creo que sólo me salva de la locura este vicio por la música y los libros. Pathétique, Pathétique, que nunca se olvide tu final -decía, aquella noche-. Entonces, puse la obra sublime: y un río de angustia y dolor, bañó mi cuerpo. Sería falso afirmar que me sentía transportado. No. Yo estaba allí y mi nombre seguía siendo Juan Achares. No. Pero, a la vez, mi nombre eran todos los nombres y mi dolor era más grande, porque a él se sumaban todos los demás... Debes calmarte, Achares; debes hacerlo, éste es sólo el comienzo de la investigación. Si flaqueas ahora y te dejas llevar por la angustia, nunca llegarás siquiera a una sospecha. El libro aquel, búscalo, el libro de Cadenas que jamás te abandona; regresa a él, Achares, ve de nuevo a sus páginas, lee los versos que te ofrece, mastícalos, trágalos, hazlos parte de ti:

“Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.. . “

Una pulsación, un instante eficaz, ¿dónde encontrarlos? Presentimiento, ¿por qué laceras y no te dignas a emprender el ascenso? ¿Qué debo hacer? ¿Cavar en la mente y enterrarme en ella para encontrarte? ¿Morderte quizá? ¿Cómo encontrarte, si tu virtud es el escape y eres la cuerda más delgada, el rumor más lejano...?
Tengo meses sin ir al litoral. Esto quizá se relacione con un breve desvanecimiento que sufrí la última vez en Boquerón 1 y con la circunstancia de que días antes, habían encontrado allí, en el primer túnel interconector el tercer cadáver. Era un hombre de mediana edad, su muerte había ocurrido en iguales condiciones que las anteriores y, por supuesto, sus huellas dactilares habían desaparecido. No pasé por alto el asunto del tiempo: tres meses separaban, una de otra, las primeras muertes; cuatro, la segunda de la tercera; siete, la primera de la última. Parecía difícil encontrar allí alguna respuesta, porque en principio no existía un orden temporal determinado. Pero un segundo examen de las fechas, permitió descubrir que los tres casos se produjeron durante luna nueva. Esto, que no era mucho, permitía derivar al menos, un deseo (o una necesidad) y presumir un espacio dentro del día para llevar a efecto el hecho: éste se produciría durante la noche, porque cuando hay luna nueva las noches son más oscuras; éste, por lo tanto -y resultaba obvio que así fuera- no debería ser descubierto durante su ejecución. Tenía, entonces, que la persona llegaba (o era conducida) al lugar de los hechos en una noche de luna nueva. ¿Cuál noche? Imposible de saber, porque los mendigos tenían varios días muertos cuando fueron descubiertos.
Por otro lado, si analizamos los tiempos transcurridos entre una muerte y otra, e identificamos la primera con el número 1, surgen las cifras 1-3-7, que en esa secuencia, podrían resultar de una serie obtenida mediante la duplicación del último número precedente, más uno: 1, 3, 7, l5, 31, etc.
Este análisis implicaba suponer otras muertes. Yo las suponía, y estaba seguro que reflejaban algún tipo de orden entre ellas y con las anteriores. Pero un estudio de la serie, descubrió que portaba un defecto: el veloz crecimiento de sus números. De ocurrir otra muerte, la cuarta, tendría lugar 15 meses después de la primera; la quinta, 31 meses después; la siguiente, 5 años y algunos días. Debía pensar que si alguien programó los sucesos a partir de una serie, era capaz de encontrar otra cuyo crecimiento no fuera tan atroz como en ésta. Pensé que la respuesta no era matemática (aunque dejé dentro de un paréntesis la cuarta cifra) y moví mi pensamiento hacia puntos previos.
Las personas tenían que haber estado expuestas a los gases tóxicos por bastante tiempo antes de morir: varias horas al menos; porque esas muertes no son instantáneas y porque los mendigos llegaron de noche -si estaba en lo cierto- cuando el tráfico es menor y la contaminación también. Sus cuerpos no mostraban signos que revelaran lucha. Tampoco estaban amarrados. Las personas estaban libres, podían movilizarse si lo deseaban, podían dejar el túnel o pedir auxilio... Entonces, qué horror, aun si fueron conducidas al lugar, permanecieron allí porque querían hacerlo... ¿Quién puede querer algo así? ¿Por qué? La razón tendría que ser muy poderosa. ¿Una secta fanática, acaso? ¿Fanática de qué...? ¿Una protesta contra algo? ¿Para qué, entonces, la necesidad (o deseo) de anonimato? No tenía respuesta.
Luego de los cálculos y de las deducciones, un domingo bajé al litoral. Quería estar por dos horas en la playa, el tiempo que habitualmente dedico a esa distracción. Iba lleno de angustia, por las muertes. Me angustiaba el estado de suspenso y llevaba dentro de mí aquella extraña noche transcurrida en mi cuarto. Ráfael Cadenas y Tschaikowsky habían producido un movimiento, entonces, del que aún no me había liberado, y del que ya no creo poder escapar “Fracaso”, el poema, había participado como catalizador, y aun a costa de trasgredirlo, en la apertura de un camino todavía borroso; y la Pathétique... la Pathétique parecía acecharme, estar en espera de un momento propicio.
El tráfico estaba infernal. Muy lentamente, me acerqué a Boquerón 1. Avanzaba unos metros y me detenía. Avanzaba otra vez y volvía a detenerme. Mi viejo carro puede reventar, pensaba. Pero no era el carro, era yo quien podía reventar. Sentía más calor, cada vez que avanzaba. Comencé a sudar. Tenía pesadez, algo parecido al sueño, cuando mi carro alcanzó la primera interconexión. Vi, entre neblinas, el pequeño túnel, el sitio donde otros habían muerto... y creí desvanecerme y acaso comprender (o mejor, presentir) el motivo de aquellas muertes... El carro chocó con el de adelante. Una colisión sin importancia entre dos parachoques, pero suficiente para sacarme del sopor y permitir que, todavía entre sueños, inquietudes y sombras de presentimientos, alcanzara la salida del túnel.
La playa que me acogió, dejó de ser por algún tiempo playa, aquella vez, el mar, la arena, el sol, también se transformaron; todo, a mi alrededor, mutó su esencia. Sólo una música flotaba, requiriendo toda mi concentración. La Pathétique, había comenzado: el formidable Adagio inicial, antesala para un lamento enorme, inexpresable, que tendrá en el Finale (justo en su Andante la más nítida entrega a la perfección y el dolor, se abría paso para indicarme lo que debía hacer en adelante, si en verdad deseaba (y ya lo deseaba, a cualquier precio) esclarecer aquellas muertes. Mas, ¿sería posible que cuanto me señalaba aquella música fuera la solución? ¿Sería posible? ¿Mutar yo, también? ¿Qué lograría con ello? ¿Los conocería? ¿Llegaría a saber por qué lo hacen? ¿Mutar, hasta qué punto? ¿No habría otra salida...? Otra, otra salida, por favor... No. Otra, no existe. ¿Quién podría creerte? Nadie; y menos que nadie, los de la Dirección General...
Tomé una concha de mar, antes de volver. ¿No había sido ella, la razón de mi ida a la playa?
Sé que después de mi transformación en el túnel y en la playa, he caído en deslices. Recurrí al fotógrafo, para obtener una imagen de mi rostro. Quería saber qué había pasado con él. Entendí que nada, aún (lo mismo habían dicho mis espejos), y la guardé en el archivo. Vendí mi carro, sin motivo alguno, y llené mis informes con anotaciones poco ortodoxas: la Pathétique se cuela en ellos. Pero en verdad, cada día me importa menos lo que otros piensen. Estoy convencido de que nadie más comprenderá la respuesta, si existe y la consigo. ¿Quién, salvo yo, puede participar de este afán que en los últimos tiempos me ha llevado a tener relaciones con mendigos?
No fue sencillo lograrlo, porque mi presencia los ahuyentaba. Eran amables, aunque desconfiados al comienzo; y se prendían de cualquier excusa para huir, o lo hacían simplemente y sin motivo alguno. Está claro que no somos merecedores de su confianza. Nos ven como a extranjeros que han venido de otro mundo para mancillarlos. Nuestra vestimenta no les causa envidia; les molesta, perturba sus sentidos, y nuestro olor es sencillamente despreciable. Todo hombre lampiño causa conmoción entre ellos, y más de una vez me sentí rechazado por mis costumbres sanitarias. Pero tomé medidas: y en la misma proporción en que mi barba crecía, mis ropas se acercaban a las suyas y mis baños se distanciaban, en esa misma proporción me iban aceptando. Ahora, algunos tienen confianza en mí, me hablan con soltura (sus conversaciones, invariablemente, acusan el desprecio que nos tienen; traen entre líneas una sed de venganza) y hasta se atreven a invitarme a compartir sus comidas. Éstas tienen lugar bajo los puentes y de noche. La ciudad es otra cosa, vista desde esos sitios. Es un ser extraño, que exuda, se alarga y contrae del otro lado, después de una frontera señalada por la calle donde finaliza el puente. Este lado es el hogar. Aquí, echan chistes, cantan, celebran y eventualmente hacen el amor, aunque la mayor parte del tiempo permanecen silenciosos y nostálgicos. También pelean, pero sus riñas son insignificantes, porque no buscan jerarquías. Temen a los uniformados y a cualquier autoridad; sus frecuentes moretones explican este temor. (Jamás confesé que era autoridad. Tampoco me hubieran creído. Era imposible que una autoridad se vistiera como yo y compartiera sus comidas.) Descubrí, con el tiempo, que poseen un sentido de la libertad desbordado. Nunca preguntan por qué haces algo o dónde estabas. Sólo los ata cierta diluida solidaridad, que aun así les ha permitido conformar especies de clanes bastante estables, aunque nadie se sorprende si alguno decide mudar de clan. Todos se sorprenderían -y mucho- si alguien no se instala en ninguno. Esto había ocasionado que mi aceptación no fuera total, porque sabían que vagaba de uno a otro clan, sin fijar residencia. Otra cosa no podía hacer, está claro, porque desde el viaje a la playa mi propósito siempre había sido encontrar entre ellos, alguna pista que me condujera a un grupo sectario determinado. Yo no contaba con mucho tiempo, si el número 15, a pesar de mis dudas, indicaba frecuencia y si entre los mendigos existía un grupo que, por alguna razón desconocida, estaba dándose a la tarea, insólita, dolorosa, de eliminarse uno a uno, cada tantos meses, en Boquerón 1 Pero, el tiempo es otra cosa para ellos; carece, al menos, de la exactitud que exigimos del nuestro; también, en gran medida, de la función social que le otorgamos. Cuando lo miden, esto sucede en pocas ocasiones, suelen realizar marcas en un muro cualquiera. Una marca puede indicar que alguien se fue. Si regresa, tachará la marca; en caso contrario, la marca seguirá allí. También puede suceder que el estado de un árbol sirva como indicador. Cuando el árbol tal estaba florecido, comí tal cosa, o encontré unos zapatos en el basurero, o la policía me entró a coñazos, supongamos. Sin embargo, el método más usado es el de la luna. Iremos a determinado sitio, cuando la luna mengüe. Dentro de tres crecientes, fulana parirá.
Debo resaltar que estos procedimientos casi nunca implican comunicación; por el contrario, se restringen a una medida individual. Si otro la capta, será por azar. Medir para sí mismos, en un estado de introversión y nostalgia tenaz, es lo que hacen habitualmente... Yo, de todas maneras, no contaba con mucho tiempo, porque el 15 y las muertes...
Entonces, con temor pero decidido, fui de grupo en grupo haciendo preguntas. Preguntaba si sabían sobre los que murieron en el túnel; si los habían conocido; si formaban parte de sus grupos o de otro que yo desconocía. Nadie respondía. Se hacían los desentendidos, hablaban de otra cosa. Pasado el tiempo, sin embargo, uno respondió. Dijo que eran gente muy rara, pero recalcó que los admiraban. Son gente jodida, dijo; gente que no le teme a nada. Con ella sólo están los templados, los que no se devuelven; porque el que está con ellos, sólo está con ellos. Yo soy de acá, de este grupo, de mi familia casi, pero puedo salir y visitar otro grupo, y hasta mudarme si quisiera. El que es de allá no, nunca abandona el grupo, y apenas te saluda si lo consigues arriba en la ciudad. Cualquiera puede ir donde ellos están, tú y yo podemos ir, pero entonces no podemos salir, nadie puede salir ni parece que quisiera. Porque sería muy fácil si quisiera, ¿verdad?, sería muy fácil llegar arriba y en lugar de regresar allá, donde están los suyos, en vez de hacerlo, venirse para acá o para cualquier otro lado. Pero no lo hacen -me dijo-. Aunque salgan, siempre regresan al mismo sitio. ¿Sabes por qué? Porque son gente templada, arrechos, como se dice. Una vez, cuando era luna llena, uno de ellos se enfrentó con la policía. Lo jodieron, pero él también jodió. Ahora, si me preguntas por qué se van al túnel y se matan o lo que sea,. qué sé yo; si me preguntas por qué, la verdad es que no lo sé muy bien... Diría que es por esa cosa que uno le tiene a los de arriba, que son unos grandes carajos todos, con sus ropitas y corbaticas. Y si yo casi que no puedo verlos, porque andan hediondos todo el tiempo; si yo casi que no puedo, ellos menos, los de ese grupo no los soportan, no los pasan, ni por aquí los pasan ellos... Pregunté dónde podía encontrarlos, en qué sitio se hallaban. Me indicó que allá, en el puente donde están las garzas. Ten cuidado con esa gente, dijo. Ya sabes que el que va para allá, nunca regresa a otro sitio. Tú sales, caminas por arriba, buscas comida, lo que sea, pero siempre vuelves al mismo lugar. Te lo digo porque yo sé que es así. De pronto, un día me voy para allá, quién sabe.
A la mañana siguiente, me acerqué al lugar. Las garzas picoteaban en el caño. Cuatro hombres yacían cerca de él, bajo el puente. Estuve todo el día observándolos, desde lejos. Pocas veces intercambiaban palabras. De cuando en cuando, uno de ellos se levantaba, iba hacia una pequeña fogata ubicada al lado del grupo y acercaba al fuego las manos, con las yemas de los dedos hacia abajo. Así estaba, hasta que el calor era insoportable. Entonces, regresaba al grupo y otro se levantaba para realizar la misma operación. Magnífico. Así, lentamente, borran sus huellas. Magnífico... y un sentimiento de empatía me abrasó.
Era de noche cuando me aproximé a los hombres. Nada dijeron; acaso, me miraron. Eché al fuego unas ramas secas que había recogido en los alrededores. Me senté cerca de ellos; y así, sentado y mirando cómo se repetía la operación del fuego, pasé la noche.
Cuando amaneció, me lanzaron un pedazo de carne de garza. No la desprecié. Luego, sin pronunciar palabra, subía la calle. Luego, pasé por la pensión para cambiarme de ropa. Luego, me dirigí a la oficina. Todo olía mal, en la oficina: los muebles, la persiana a la que suelo asomarme para divisar el Ávila, la gente que venía a preguntar algo, yo mismo con mi ropa molesta y vaporosa. Sobre el escritorio, reposaba una solicitud y varios consejos de la Dirección General. Solicitaba que pusiera el caso en otras manos. Aconsejaba, indirectamente, que rasurara mi barba y me alejara de los mendigos. Estúpidos. Cochinos. ¿Qué pueden entender? Nada. Con esas ropas malolientes, nunca podrán entender.
Puse las cosas en orden, mediante una respuesta brillante, llena de indignación y musicalidad.
Entre dos selvas: la ciudad de día y la fogata durante la noche, ha transcurrido el tiempo. Y tal ha sido su transcurrir que ya mi progresión demostró ser inútil: a los quince meses de la primera muerte, nada sucedió.
La selva diurna me ofrece sólo tormentos sistemáticos: ir a la oficina, dar órdenes sobre casos que nada me interesan a subalternos elusivos que parecen mirarme como se observa a un bicho raro, impregnar mi cuerpo con olores cada vez menos soportables; o preguntas difíciles de responder, pero que, como cuchillos amolados rozando la carne, permanecen. ¿Por qué lo hacen? ¿Para qué el anonimato?
Jamás un asomo de respuestas se ha inferido de sus conversaciones, siempre parcas; y mi relación con ellos, aunque amplia, sincera y hasta aceptada, no deja brechas para que formule esas preguntas. Me quedan, entonces, las suposiciones como respuestas. Selecciono dos, dentro de miles: venganza y libertad.
La primera es plausible y se ajusta al sentir de los mendigos con respecto al hombre de la ciudad. Vengarían la indiferencia, los maltratos, el anonimato en que los han sumido. Las huellas no deben existir, porque la venganza implica una perturbación. Investigarán, porque no hay huellas. Buscarán respuestas y no las hallarán. Elaborarán informes, tediosos, insustanciales, que les harán proseguir con las investigaciones. Efectuarán cálculos, mostrarán series premonitorias, y todo será inútil.
Venganza a través de la muerte. Venganza cuyo costo la haría imposible de entender para la gente de la ciudad. Sin embargo, venganza posible -y hasta lógica- para quienes han dejado la vida desde hace mucho y se encuentran metidos en un boquerón.
La segunda, puede expresarse con pocas palabras; requeriría de mucho tiempo para comprenderla. La segunda dice que lo hacen por libertad.
Los he conocido y puedo asegurar que sus ataduras son mínimas. Nada los ata al pasado; tampoco al futuro, y la vida en clanes, el presente, es sólo una situación transitoria que no implica compromisos. Pueden hacerlo. Sólo ellos tienen esa libertad sin restricciones. Pensar que tal vez lo hagan por venganza, desesperación o enloquecimiento, equivaldría a desvalorizarlos o a desconocer la pausa y método con que realizan ese acto. Lo hacen porque son libres para hacerlo y pueden seleccionar el momento de la muerte y la manera de morir. Bastante, para quienes han dejado la vida desde hace mucho y se encuentran metidos en un boquerón. Las huellas son innecesarias; nunca las han tenido, en realidad. Borrarlas es sólo la consumación de un estado permanente.
Si otro lo hiciera, ¿por qué lo haría? Si otro los imitara, ¿cuáles serían sus motivos? No ciertamente la venganza ni la libertad. ¿El orden, tal vez? ¿La implacable mutación que no se detiene? ¿Cierta incapacidad para dejar cabos sueltos y no llegar al fondo del abismo? No sabría responder. Hoy respondo, únicamente, que el día se hace cada vez más tedioso y que la noche parece llamar con una fuerza primitiva.
La selva nocturna me atrapa. Sigo yendo, todas las noches, al puente de las garzas. Siento que mi aceptación es absoluta. A veces, hablo con los otros sobre cosas banales. A veces, atizo el fuego. Pero permanezco la mayor parte del tiempo, mudo e inmóvil, contemplándolos. Tienen una voluntad férrea, y pareciera que todo carece de importancia para ellos, con excepción del rito de las quemaduras. Van a la ciudad con menos frecuencia, cada vez, y han permanecido días sin comer. Entonces, les procuro algún alimento (raíces, una garza que cazo a orillas del caño; antes, pero ya no, algo traído de la ciudad) y los veo comerlo con rapidez, para salir pronto de esa distracción. Sólo cuando tienen mucha sed se acercan al caño y buscan una zona donde el agua se vea menos oscura. El resto del tiempo están yacientes o con las manos sobre el fuego. Un día, descubrí unas marcas sobre las bases visibles del puente. Eran rayas horizontales, hechas para señalar algo. La luna nueva, dijeron. Así marcan su tiempo. Había ocho rayas, correspondientes a igual número de lunas nuevas ocurridas desde la última muerte. (Los tiempos señalados por la progresión, insisto, no remitían a nada verdadero. Había cometido un error, pero ya lo sospechaba.) Supongo, porque aún sólo puedo suponer, que la oportunidad para ir al túnel no está prevista del todo, sino que guarda vínculos con un sentimiento, con un estado del espíritu determinado, con un momento especial en que confluyen una fase lunar y una disposición (y ninguna serie numérica es capaz de incluir todas estas variantes).
Si debo confesar un sentimiento, diría que sólo estoy acorde conmigo cuando estoy con ellos. Algo, de ellos, pareciera latir en mí con insistencia. He tomado, también yo, agua del caño. Atizo el fuego. Atizo el fuego. ¿Hasta qué punto llegaré? ¿Cuál será mi límite... ?
Hoy, novena luna nueva desde la última muerte (o sacrificio), uno de los nuestros se prepara para ir al túnel (o a la piedra). Lo sé, porque anoche inscribió la novena raya y luego tachó todas, con vigor. También hoy, yo, el único identificable, dejaré esta oficina para siempre. Acabo de responder con ira y desde la primera suposición, una orden de la Dirección General para remitir el caso a Delincuencia Organizada. ¿Qué caso?, les pregunto. ¿Cómo voy a remitir algo que ustedes desconocen y no les interesa, a una División que no tiene ni una idea sobre lo que va a investigar? De todas maneras, señores, eso que ustedes llaman caso no tiene relación con delincuencia organizada, sino con odio organizado, desprecio y venganza. Desprecio hacia ustedes, hacia sus cochinas caras afeitadas, hacia sus modales y sus ropas. Odio y venganza, por lo que han construido a costa de ellos, los mendigos; por vapulearlos, tratarlos con infamia y menosprecio. Sólo puedo agregar que nadie los mata ni interviene en sus muertes. Ellos se sacrifican, mueren, por una razón tan especial que, aun siendo venganza, sobrepasa los límites de lo que ustedes pueden comprender. Son extraordinarios, los mendigos, mis compañeros... Luego, copié un poema. Luego, miré mi foto y sentí que observaba a un extraño.
Quiero visitar la pensión y estar en mi cuarto. Sé que será la última vez. Quiero acariciar mi viejo gato, tocar los espejos, mirar la concha, mis libros y mis discos, usar el sacapuntas. Quiero ver el cepillo, la olla, el clavo, prender el Telefunken y escuchar el último movimiento de la Pathétique. Quiero ir al puente, después, y no volver más a la ciudad. Quiero tener fuerza para no flaquear cuando encuentre a los otros y un deseo enorme me incite a realizar lo que no debería hacer: quemar las yemas de mis dedos, borrar las huellas, eliminar la única pista. Quiero ser valiente para despedir al que se va, esta noche, y comenzar a inscribir rayas en el muro. Pero, por sobre todas las cosas, quiero impregnarme de los sentimientos de mis amigos, para tener coraje, decisión, tenacidad, la noche en que decida la llegada de mi turno, y deba tomar con sigilo la autopista, dirigir mis pasos hacia Boquerón 1, llegar por la acera al primer interconector y acostarme a esperar la placidez y el desvelo...

v
No he llegado a saber si después de las tres muertes, ocurrieron otras en condiciones similares; sé que Juan Achares no consiguió lo que se proponía. Al menos, no existe evidencia que lo demuestre. Sin embargo, ha pasado tanto tiempo desde aquellos sucesos, que nuestras oficinas han cambiado mucho. Resultaría posible imaginar que pueda haber ocurrido una falla durante el proceso de modernización. Tal vez el expediente del caso, con todos los recaudos (los que tengo y los que desconozco) que deberían reposar en el centro de informática del organismo, haya sido enviado al basurero antes de transcribirlo al computador. Tal vez fue transcrito, pero carecía de respaldo y durante una operación torpe fue sumido en la papelera.
Si alguna de esas opciones tiene validez, la historia de Juan Achares puede ser cierta, aunque no necesariamente en su totalidad.
Otra posibilidad es que todo se haya limitado a tres muertes y que las otras correspondan a un proceso de imaginación desenfrenada que sufriera Juan Achares durante sus contactos con los mendigos. Si esto fue verdad; si hubo esa infiltración por empatía, estamos ante un lance de conversión y de locura.
Tanto si la historia es parcialmente cierta, como si es un producto de imaginación desenfrenada, Juan Achares podría estar con vida, aunque sería un anciano y quizá estaría loco.
Jamás me acercaré al puente de las garzas ni buscaré por la ciudad a un mendigo, anciano y lunarejo, que pueda recordar la figura de Achares. Hoy, cierro este caso para siempre, porque, como dije, ni siquiera voy a permitir que las tres muertes pasen al computador. ¿Para qué? Si la historia de Achares fue cierta, no podría entrar allí, ya que es un documento sin carácter oficial; si no fue, ¿qué obtengo con guardar tres muertes que a nada remiten? Restar capacidad de almacenamiento, nada más.
Voy a tirar todos estos papeles al basurero. Voy a olvidar (quién sabe) todo lo que he leído. Antes, leeré el poema que Achares remitió a la Dirección General...
Sólo esto puedo hacer por ti, Juan Achares. Esto, y conservar tu fotografia.

jueves, 5 de marzo de 2009

El enemigo generoso, J. L. Borges

Magnus Barfod, en el año 1102, emprendió la conquista general de los reinos de Irlanda; se dice que la víspera de su muerte recibió este saludo de Muirchertach, rey de Dublín:

Que en tus ejércitos militen el oro y la tempestad, Magnus Barfod.
Que mañana, en los campos de mi reino, sea feliz tu batalla.
Que tus manos de rey tejan terribles la tela de la espada.
Que sean alimento del cisne rojo los que se oponen a tu espada.
Que te sacien de gloria tus muchos dioses, que te sacien de sangre.
Que seas victorioso en la aurora, rey que pisas a Irlanda.
Que de tus muchos días ninguno brille como el día de mañana.
Porque ese día será el último. Te lo juro, rey Magnus.
Porque antes que se borre su luz, te venceré y te borraré, Magnus Barfod.



En El hacedor, 1960

La Caracola (cuento simple), José De La Cuadra

Hay cosas realmente difíciles de entender, bien se me alcanza. Sobre todo,
cuando uno no se halla dispuesto a entenderlas. Entonces, no es posible,
aunque le sean ofrecidas a plena luz, captar siquiera la silueta de ellas, mucho
menos su pequeño espíritu escondido.
Esto les ocurrió a mis oyentes de la cocina conventual de Pueblo Viejo, cuando
yo les narré la historia de los vagos amores de Samuel Morales con aquella
graciosa muchacha guayaquileña que se llamaba, si no recuerdo mal,
Perpetua, o algo por el estilo.
Empero, la hora para narrar era propicia. Acabábamos de merendar, y
estábamos aún en torno de la gran mesa, que presidía el cura de la aldea,
saboreando con deliciosa lentitud nuestro café aromado.
E! párroco contaba hacía un instante el "ejemplo" del montuvio sordomudo,
devoto de la Virgen. Este se había salvado, porque, ingenuo irreverente, cada
vez que pasaba frente a la iglesia arrojaba un pedrusco contra el icono, sin
duda para testimoniar su creencia; por los agujeros que hicieron sus pedruscos
en el manto de la Madre, entró en el Paraíso su alma ignorante, pero
empapada en la más severa fe religiosa.
Como soy hombre de lecturas, recordé en seguida la leyenda de aquel
hermano sirviente que antes fuera juglar y el cual, para congraciarse con la
Virgen, realizaba sus juegos malabares delante del altar. Recordé de un modo
exacto que esta leyenda la redactó ha muchos años, en lengua moderna,
Anatole France, tomándola de viejos textos feudales.
Mas, para no contrariar al párroco, nada dije. El pensaba que el "ejemplo" del
montuvio sordomudo era de una indiscutible originalidad, es decir, de una
autenticidad indiscutible. Citaba nombres, lugares y fechas y hasta
circunstancias tan precisas como la de que, el día en que murió el devoto, y su
alma inmortal voló a los cielos, estaba lloviendo.
No obstante, la historia de amor que la evocación me trajo a la memoria y que
entonces narré en la cocina conventual de Pueblo Viejo, no fue entendida por
mis oyentes, quienes, sin duda, no quisieron entenderla...
Narrador incomprendido, la escribo para el gran lector.
Es un suave desquite del que, por desgracia, jamás se tendrá noticia en la
remota aldea del agro montuvio, donde fracasé.
Como es de buena técnica comenzar presentando a los personajes, antes que
nada describiré a la muchacha que se llamaba Perpetua o algo por el estilo.
Para mis paisanos, con decir que era guayaquileña ya la he descrito
brillantemente; pero, como quiero creer que me leerán incluso extranjeros,
debo añadir que, además, era morena.
Con esto sí me parece que es bastante.
El general José de San Martín creía lo mismo que yo; y así se lo expresaba a
su amante guayaquileña, la "Protectora".
Samuel Morales era dueño de una canoa vivandera, en la cual navegaba, en
plan de comercio, por los ríos montuvios.
Se le conocía venir, desde lejos, por el prolongado grito de su caracola, que
sonaba como un cuerno de caza.
Las patronas ricas se agitaban en sus cocinas:
-Hay que renovar la provisión.
-Ahá.
-Harinas. Sobre todo, harinas. Y víveres serranos. Llámenlo.
-¿Para qué? Ya apegará. Siempre lo hace. En efecto. Jamás Samuel Morales
dejaba siquiera de acercarse a alguna casa, por humilde que fuese.
Aquí decía:
-¿No se les ofrece nada?
-Nada, mismo.
El vendedor ambulante recitaba de corrido la retahila de sus artículos.
-Nada, don Morales; no queremos nada. Samuel Morales meditaba un
momento. Luego, decía a la compradora
remolona:
-Si necesita, lleve no más lo que sea, patrona. No importa que no tenga platita.
Me pagará otra vez cuando mismo pueda...
Le compraban.
El conocía a su gente miserable, a su gente "que no tenía
platita".
Por supuesto que cobraba después, casi siempre. No sabía leer. Contaba,
apenas. Pero tenia una memoria maravillosa:
-¿Se acuerda, doña Angelita? El día del aguacero grande del mes pasado, le
dejé...
Y seguía una lista de menudencias, con precios en centavos y medios
centavos.
Mas, no exigía. Cuando advertía que era menester, daba más crédito, todavía:
-Lleve, no más. Me pagará cuando venda el arroz. No se preocupe.
Referíase a que, en ocasiones, hasta ayudaba a sus clientes con pequeños
préstamos y, en toda forma que le era factible.
Cierta vez, la viuda Moreno, que le debía diez sucres, lo llamó:
-¿Podría dejarme, don Samuel, cuatro velitas?
-¿Y comida? ¿No quiere comida?
-No; sólo las velitas.
-¿Y para qué, ah? ¿Para qué?
La viuda se echó a llorar. Morales subió a la casa. En media sala, en el piso de
tablas, estaba tendido un cadáver infantil.
La viuda explicaba absurdamente:
-Se me murió, ¿Sabe? ¡era mi hijo y se me murió! Y necesito cuatro velitas. ¡Le
pagaré lo más breve!
Samuel Morales bajó hasta su canoa. Volvió luego con un paquete de cirios y
unas varas de tela blanca.
-Aquí están las velas, señora. No le cuestan nada, mismo. Y este rúan... P' el
ataucito, ¿sabe?
Así era Samuel Morales, comerciante montuvio.
Sólo en las novelas el amor principia desde un límite fijo y determinado. En la
vida real, la cuestión sucede de manera distinta. Va naciendo sin saberse
cómo. Se va formando -eso es- como las nubes tupidas en el cielo claro;
empieza claro;
empieza por ser apenas una mancha turbia contra el azul hasta preñarse de
negrura y de amenaza.
Nadie podría decir, y mucho menos ellos mismos, pues jamás supieron
exactamente si se amaban; nadie podría decir, ni siquiera las bravias comadres
de la orilla, cómo se iniciaron los amores de Samuel Morales y la muchacha
guayaquileña.
Ella pasaba vacaciones en la hacienda de unos parientes -"El Tesoro"- en las
riberas del Vinces.
El frecuentaba aquellas zonas con su canoa vivandera, anunciando su
ambulante comercio con el canto de la caracola.
Desde Vuelta Perdida -una curva inútil del río-, Samuel Morales sonaba su
caracola. Se detenía en el muelle de la hacienda, y negociaba con las gentes
de "El Tesoro". Luego se alejaba a remo lento. En la Vuelta de los Tamarindos,
hacia el norte, antes de perderse detrás de los árboles solemnes, sonaba otra
vez la caracola.
Ella, asomada en la gran galería de la casa, lo miraba. Volvía él luego por la
noche, hacia el sur, para rehacer su camino en la mañana.
Y esto ocurría cada día.
En propiedad, aquí cabria concluir la historia de estos vagos amores, en los
que no acaeció nada de extraordinario. Más, como también es de buena
técnica anular incidentes en la narración antes de arribar al desenlace,
procuraré recordar alguno y relatarlo.
Cierta ocasión ella se sentiría un poco niña. Lo era, después de todo, con sus
diecisiete años alocados, sus trajes de organdí y su melena en alboroto. Quizo
comer caramelos de color, y bajó hasta la rambla a comprarlos de la canoa
vivandera.
Samuel Morales sintió algo muy extraño en su cuerpo y en su espíritu, al
contemplarla tan cerca de él. Habría querido no recibir la moneda que le
extendía; pero, no juzgó prudente hacerlo. Se desquitó entregándole más
caramelos de la cuenta: del doble, el triple del valor de la compra. Luego, de
improviso, le inquirió:
-Usted, señorita, ¿sabe nadar?
Ella contestó que sí, que sí sabía nadar y agregó:
-¿Por qué me lo pregunta?
El apenas supo responder:
-Por nada; vea; por nada.
-Ah...
Pero, Samuel Morales mentía. Era que ahora sentía su corazón heroico,
vibrante en un hazañoso impulso irrefrenable. Le hubiera gustado, por ejemplo,
que ella no supiese nadar y resbalara al rio... El la habría salvado entre los
brazos fornidos, oprimiéndola contra su ancho pecho de remero.
Usted regresa de noche, señor, para volver de mañana,
¿no?
-Así es.
-¿Y por qué no suena la caracola?
Nada impidió que él le dijera entonces:
-La sonaré... despacito... para que usted me oiga, no
mas.
Ella sonrió levemente.
A Samuel Morales le pareció en ese momento que su canoa no se balanceaba
en las sucias ondas del Vinces, sino en verdosas aguas de Kananga, su olor
favorito.
Desde aquella ocasión, cada noche sonaba su caracola en la Vuelta de los
Tamarindos y en la Vuelta Perdida, al rehacer el camino. Ella, desde su cama,
bajo el toldo que la defendía de los mosquitos y de los primos resbaladizos, lo
escuchaba y, medio dormida, sonreía.
Así transcurrieron los meses hasta que la muchaha porteña que se llamaba
Perpetua o algo por el estilo, dejó la hacienda para reintegrarse a su colegio de
Guayaquil.
Por supuesto, en el río Vinces ha seguido sonando la caracola de Samuel
Morales.
Pero ahora su canto es triste, como el de las valdivias, que anuncian la muerte
bajo la noche medrosa.
La muchacha no volvió jamás a "El Tesoro". Seguramente se habrá casado y
tendrá un rondador de chiquitines. Pero hasta mucho tiempo después de su
estada en la hacienda, hasta cinco años después, para ser preciso, cada vez
que se sentía tomada de melancolía, imitaba con su voz virginal, el canto de la
caracola navegante.
Era curioso constatar que ello le traía una plácida consolación.
Esta fue la historia de amor que no quisieron entenderme mis paisanos de
Pueblo Viejo, minúscula aldea perdida en el agro montuvio.

Predominio de lo negro, Wallace Stevens

Domination of Black, 1916


De noche, junto al fuego,
los colores de los arbustos
y de las hojas caídas,
repitiéndose, giraban en la habitación,
como las hojas mismas
girando en el viento
sí: pero el color de los pesados abetos
vino a zancadas.
Y recordé el grito de los pavos reales.
Los colores de sus colas
eran como las hojas mismas
girando en el viento,
en el viento mortecino.
Pasaban por la habitación
tal como caían de las ramas de los abetos
hasta el suelo.
Los escuchaba gritar... a los pavos reales.
¿Era un grito ante el crepúsculo
o ante las hojas mismas
girando en el viento
girando como las llamas
giraban en el fuego,
girando como las colas de los pavos reales
giraban en el fuego vivo,
vivo como los abetos
llenos con el grito de los pavos reales?
O ¿era un grito ante los abetos?
A través de la ventana
vi los planetas reunirse
como las hojas
girando en el viento.
Vi cómo llegaba la noche,
a zancadas, como el color de los pesados abetos.
Tuve miedo.
Y recordé el grito de los pavos reales.

El día está sereno, Humberto Mata

Para Gustavo Pereira


I
Esta historia no me pertenece; acaso alguien de los warao, un wisiratu (dueño del dolor), un bajanarotu (dueño de la chupada), un joarotu (dueño de la joa), o un desconocido se la refirió entre cantos y danzas, hace ya muchos años, al poeta Gustavo Pereira, defensor del indígena y partidario de una apropiación del pasado y presente que excluya las posturas eurocéntricas, germen de los fanatismos. (“En el largo proceso de la dominación colonial”, señala Pereira, “sus oratorios y hablas secretas se tuvieron por obras del demonio y su ternura y su candor por pruebas de una condición censurable”. “Porque lo que no pudieron hacer los antiguos conquistadores o las viejas misiones en modo absoluto”, continúa en otro fragmento el poeta, “fue perpetrado con creces por el capitalismo subdesarrollado, el cual convirtió al warao en obrero marginal, explotado inmisericordemente y humillado hasta el oprobio”.) ¿Debo señalar que los protagonistas de la historia pueden ser ficticios? ¿Debo decir que sólo un criollo --y no un warao-- pudo haberla contado y que con el tiempo le han sido añadidos pasajes que poco tienen que ver con la versión original?
Gustavo Pereira es oriundo del oriente del país y dentro su producción, que no excluye la visión política ni la histórica, ocupa lugares destacados su poesía y el estudio de la poesía indígena. “Extraño, por decir lo menos, nos parece que las antologías de poesía americana no comiencen con los nombres de nuestros poetas aborígenes”, dice Pereira en El peor de los oficios, “especie de ‘historia no oficial’ de la poesía, donde nos entrega sus preocupaciones y reflexiones por etapas, zonas y nombres escasamente abordados en los estudios poéticos occidentales”, sostiene la también poeta Maritza Jiménez en una nota de mayo de 1998 para el libro de Pereira Costado indio. También corresponden a este poeta varios estudios sobre Simón Bolívar, personaje que lo cautivó desde cuando siendo niño leyó tal vez asombrado ciertos textos del estadista y combatiente venezolano.
“Un fantasma llamado Bolívar recorre de nuevo nuestra América”. Esta sentencia vertiginosa es lanzada como inicio de un libro de Pereira sobre escritos anticolonialistas del Libertador Simón Bolívar, quien, señala el poeta, “yace en plazas y homenajes como una tumba, lacrado y mortecino, impedido ya de defenderse ante quienes adulteraron, disociaron y aun falsean todo cuanto en él existió conjugado, inseparable, persistente”. Se quejará también del cambio de facciones sufrido por el Libertador: “Aquel rostro moreno labrado y curtido por sol e intemperie de trópicos y páramos, dice, fue convertido en almibarado semblante de salón, lo mismo que el pelo crespo, alisado para que el rasgo de pertenencia no desdijera del héroe de estirpe grecorromana que en los retratos oficiales y las monedas imponen la figura obligada o supuesta de todo gran hombre”. Señalemos que en el siglo XVIII la Grecia clásica fue “blanqueada” por la ilustración europea que no soportaba otros colores en la piel que el suyo. (¿Cómo aceptar que un africano de piel tostada fue también partícipe del florecimiento cultural griego? Nadie olvide que en Haití tenían sus plantaciones y sus esclavos grandes personajes de la ilustración, de la igualdad y de la fraternidad.) Me apresuro a señalar también que todo fantasma es una aparición o fenómeno, es decir, algo susceptible de estudio: mejor si hecho con propiedad, con palabras que lleven por el camino de la verdad, del ser, como le habría gustado a Parménides, y no por el del error. Esta exigencia del griego está mejor (o más bellamente) expresada en un mito de los indios warao que tradujo Pereira. Trata sobre la búsqueda del sol por una niña, quien para lograrlo debe seguir siempre el camino verdadero:
--Hija mía, dice el padre a su hija mayor, vete ya: éste es el verdadero camino. Lo notarás por la mayor cantidad de agua. Vete por él, sin hacer caso a los cañitos (afluentes), siempre adelante. Quizás encuentres bifurcaciones: el de este lado es el malo. El de este otro lado es el verdadero. Mucho cuidado con equivocarte. Pon mucha atención… ¿Has entendido bien la explicación del camino?
Buscar el sol es buscar la luz que permita recolectar la cosecha. Andar por el camino verdadero lleva a la recolección, da frutos.
“Lo notarás por la mayor cantidad de agua”. El delta es agua empobrecida acá y allá por trozos de tierra. Los warao habitan en el delta y sus mitos, transmitidos mediante la danza y la palabra hablada, privilegian el agua, los ríos, los caños. Otros pueblos ágrafos usaron la danza y la palabra (poesía), arte de tradición oral, “como preservación de la memoria y los sueños colectivos” –sostiene Pereira. “Mitos, cosmogonías, teogonías, leyendas y episodios históricos” –afirma el mismo autor--, “cantos rituales y ceremoniales, canciones líricas y profanas eran transmitidos así de los mayores a los niños generación tras generación o emergían recreados por el poder de la fabulación y los sentimientos”.
Buen señor tenemos, tenemos buen señor, señor tenemos bueno.
“Las primeras noticias sobre los cantares de los indios venezolanos las debemos al humanista flamenco Pedro Mártir de Anglería (o de Anghiera), cronista oficial de la corte de Carlos V”. Esto lo dice Gustavo Pereira. “Al principio andan despacio, cantando en voz baja y temblorosa, y luego, a medida que se van acercando, alzan la voz y el canto, que repiten diciendo siempre lo mismo, como, por ejemplo: Sereno día es, el día está sereno, es sereno el día”. Esto lo dice Mártir en sus Décadas del nuevo mundo.
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, en su Historia general y natural de las Indias, afirma que “En la provincia de Venezuela los indios naturales de ella, en especial los de la generación que llaman Caquetíos, tienen por costumbre, cuando muere algún señor o cacique o indio principal, juntarse todos en aquel pueblo donde el difunto vivía, y los amigos de las comarcas, llóranle de noche en tono alto y cantando, y diciendo en aquel cantar lo que hizo mientras vivió”.
El poeta Pereira discierne sobre los cantos y las repeticiones: “Lo que sí revelan los breves textos son dos asuntos fundamentales. El primero, un carácter básico de los cantares aborígenes: el uso de la repetición o anáfora; el segundo, la presencia de la poesía como parte de un arte de representación colectiva en el que intervienen la música, la danza y el teatro, representación que los pueblos arahuacos antillanos llamaban areíto”.



II
La historia que le contaron a Pereira:
Ella era una mujer delgada. Nada de esto tiene que ver con lo que ella fue, en el supuesto de que ella haya sido la mujer a quien Betere abrazó, ya siendo, eso sí, cadáver ella. Mariana, digámosle así, comenzó a leer la poesía de Betere en la universidad e hizo prolongados estudios sobre esa forma breve del poema llamado somaris y que tanto tiene que ver, sostienen, con la poesía indígena venezolana. Aprendió, por supuesto, las muchas lenguas indígenas que manejaba Betere, y sin perder ni un segundo se sumergió en los estudios históricos del poeta, destacó el interés de éste por los autores del comunismo clásico, sus frecuentes menciones a Engels por encima de Marx, su gusto por el mar, el solitario y abierto mar, y su desdén por el protagonismo: “mejor el silencio constructivo que el e spectáculo, más tiempo a la meditación que al circo” –fueron las palabras de Betere recogidas por Mariana y que pronunciara éste cuando vio peligrar la república por la insistencia de muchos en el espectáculo masivo en sí, sin cuidar contenidos y acaso continentes. Mariana se puso de inmediato al lado del poeta: y protestó en voz alta mientras éste lo hacía en un silencio colmado de denuncias. Mariana nunca mencionó --ni yo me ocuparé de-- las otras tareas del poeta. Ese detalle se le fue de las manos; a ella, tan meticulosa en todo cuanto tuviera que ver con Betere, tan preocupada por él y su obra, al extremo de que ya todos daban por descontada su unión con el poeta… Y sin embargo, otro, no el poeta Betere, él no, casó con Mariana, para tristeza de quienes predecían una boda ecuánime, acaso elemental pero cargada de significados para el oriente del país, región en donde el poeta es respetuosamente recordado. Nadie deja de mencionar que acaso un cantar (eremuk) fue pensado por Betere para la entonces esbelta Mariana:


Hambrientos como perros
Somos caminantes hacia el cielo

¿Tú también quieres irte?

Aunque no sea cierto
quiero ir contigo.


De nada valió este cantar nervioso y problemático, si fue para Mariana y si ella llegó a conocerlo. Tampoco, este somaris, imagen dialéctica, suerte de prodigio del poeta:


Mi polvo de ala de libélula

Porque en igual medida en que Mariana se aproximaba al otro, y el otro le daba una hija que repetía el nombre de la madre y se apropiaba de muchos de los conocimientos y sentires de ésta, en esa misma medida ella se alejaba de la poesía, la política y los estudios etnográficos representados por Betere. Y tanto es así que a los pocos años de aquel matrimonio inesperado, cuando ya todo había sido cumplido e inclusive el padre de la niña había abandonado a la madre, ¡qué descaro! ¡qué vergüenza!, ya cualquier mención al poeta estaba ausente de la palabra de Mariana, aunque podríamos presumir que no lo estaba ni lo estuvo nunca de su memoria.
Hemos asomado que Mariana hizo estudios minuciosos sobre el poeta. Veamos los frutos: serie de tesis no publicadas sobre la poética beteriana, una iconografía inconclusa con las imágenes menos recordadas del poeta y un estudio luminoso, poco difundido e imprescindible sobre el arte de los somaris y de los eremuk (cantares pemón), “fervorosos intentos imitatorios”, estos últimos, “del género lírico indígena”, de acuerdo con una nota explicativa del poeta. Aquí Mariana da las claves del poeta y brinda las llaves para ingresar a un mundo que se complace solo con la totalidad y desprecia las vistas parciales que, al decir de Mariana, “carecen de la objetividad y alcances que el poeta siempre ha reclamado para su labor literaria”.
En cuanto al orden personal, a la buena o adecuada o habitual presencia --y a las relaciones sociales--, lamentamos reconocer que en ellos Mariana no fue impecable; por el contrario, pecó, descuidó su figura, engordó hasta límites insospechados, mudó de lugar de vivienda y mantuvo en secreto, junto con la hija, su nueva dirección. El poeta no pudo verla cuando quizá lo que más deseaba era acercarse a ella. El poeta no pudo conocer a esta nueva Mariana, tan alejada de aquella que él tal vez admiró. El poeta guardó silencio sobre sus deseos de ver otra vez a Mariana, si acaso lo deseó, quizá por respetar lo que él consideraría una decisión de aquella mujer: alejarse de él, refugiarse en la hija, no permitir jamás que su fracaso conyugal (o su desliz) fuera compartido con el hombre a quien ella tanto admiró. Todos estos supuestos nos acercan a considerar que tal vez estemos ante eventos factibles de ser aceptados sin temor como correspondientes a sucesos reales. Fueron verdad la gordura de Mariana (gordura que puso en alerta a sus conocidos y que con toda seguridad fue comentada a Betere), la mudanza a un sitio recóndito de la ciudad, el secreto guardado por las dos mujeres acerca de la ubicación de este lugar, los deseos del poeta, frustrados y silenciosos, de ver otra vez a su amiga.
Sabemos por experiencia que cuando se toma el camino inadecuado todo puede pasar. Y Mariana, cómo no decirlo, tomó un sendero que no conduce a las buenas cosechas. “Ese matrimonio fue su perdición” –dijo una amiga cercana de la familia. Temieron por su salud, juzgaron que un paro cardíaco o respiratorio acabaría a la larga con Mariana: y no se equivocaron. Porque entonces el poeta Betere recibió una llamada. Era de la hija de Mariana, tal vez, de la hija, anunciando que su madre había muerto.
“Un infarto”, pudo decir, ante la pregunta del poeta. Su voz sonaba muy ronca, seguramente por el llanto, la muerte de la madre.
“Nada pudimos hacer por ella”, respondió a otra pregunta. “¿Esa voz?”, se preguntó Betere.
“Murió hace poco, aun no sabemos”, dijo, cuando Betere solicitó información sobre el entierro. “Su voz es muy extraña, demasiado extraña”, pensó Betere; aunque él tenía mucho tiempo que no las veía. Y ahora, Mariana estaba muerta.
“¿Y tú, no sabías la dirección?”, interrogó a Betere, cuando éste le preguntó por el lugar donde tenían a Mariana. “Esa no es la voz de Mariana”, volvió a pensar. “¿Y de quién más va a ser (se dijo), si no es la de la hija?”
“¿Ni siquiera te acuerdas que viniste hace poco?”, volvió a interrogarlo. De todas maneras le dio la dirección, aquella dirección que tanto había anhelado conocer, en otro momento, el poeta.
“No la metan en la urna hasta que yo llegue”, dijo de pronto Betere, para asombro de la informante. “No la metan, por favor; quiero abrazarla antes”.
Comienza la noche. Y hace mucho calor. Lo que viene no debe ser narrado, mejor verlo y oírlo. Entonces mirarás a un hombre lleno de años y sabidurías que se aproxima a una casa, toca a la puerta, aunque ésta está abierta, y espera. Una mujer, joven, bella quizás, se aproxima al hombre que ha tocado a la puerta y lo invita a pasar. Se acercan a un cuarto y a una cama donde está tendida, muerta, una mujer muy gorda y con la piel ya azulada. El hombre se detiene de pronto, parece dudar, parece querer alejarse del sitio, pero luego pasa lentamente una de sus manos por la cabeza, como si se alisara el pelo, y se acerca al cuerpo brillante y azul. Lo abraza. La mujer joven observa y se aproxima a la pareja. El la ve y parece decirle algo que no podemos escuchar. Ella asiente, se inclina hacia el cuerpo de la mujer y le da un beso. La noche ahora es profunda y muy calurosa. La mujer joven está sentada en una silla cerca de los cuerpos. El hombre sigue abrazado a la mujer, que está cada vez más azulada y gorda. Ahora la suelta y se aproxima a la mujer en la silla. Hablan. El parece invitarla. Ella asiente y se pone de pie. Los dos se colocan, de frente a la cama, uno al lado del otro, mirando a la muerta, ya desproporcionadamente gorda. Un brazo del hombre reposa sobre un hombro de la mujer. Igual sucede con un brazo de la mujer respecto a un hombro del visitante. Comienzan una danza: tres pasos pequeños hacia delante, tres pasos pequeños hacia atrás, rítmicamente, insistentemente, metódicamente. Tres pasos pequeños hacia adelante, tres pasos pequeños hacia atrás. Cantan (o recitan) en las lenguas indígenas, y en la de la conquista, los dos. Comienzan muy bajo y la voz aumenta en intensidad a medida que transcurre el canto. Escucha:
n A-yenú yapaí yuré kepakamaí (no me retires de tu memoria).
n Buen señor tenemos, tenemos buen señor, señor tenemos bueno.
n Yewan anapué (semilla del vientre, corazón).
n Madre Chía que estás en la montaña, con tu pálida luz alumbra mi cabaña.
n Mejokoji (el sol del pecho, el alma).
n Padre Ches, que alumbras con ardor, no alumbres el camino al invasor.
n Kuay Nabaida (el mar de arriba, el cielo).
n Sereno día es, el día está sereno, es sereno el día.
Y así continuaron, por horas, con estos cantos, hasta que la luz comenzó a iluminar la habitación. Entonces detuvieron la danza y miraron el cuerpo de la mujer:
-- Ella no es la Mariana que yo conocí, le dijo el hombre a la mujer.
-- ¿Estás seguro? ¿Desde hacía cuánto tiempo no la veías, desde hacía cuánto no nos veías a mi madre y a mi?... Apenas llegaste, supe que no nos recordabas, le dijo ella.
-- ¿Apenas llegué, o desde que me llamaste?
-- ¿Acaso importa? Viniste, y le cantamos, y eso es lo que importa.
-- ¿Y cómo fue que me llamaste, cómo sabías mi número?
-- Marqué un número, el primero, cualquiera… ¿Pero acaso importa eso ahora, acaso importa nada ya?
Betere observó el cadáver de la mujer. Estaba cada vez más lívido y ya se presentía su descomposición. Sintió molestia. ¿Cómo harán para meterla en la urna? No debió haber dicho que lo esperaran para meterla. Sintió repugnancia. Sintió que estaba siguiendo un papel que otro le había señalado. Sintió nostalgia. Pobre mujer. ¿Pobre Mariana? Se dirigió a la salida de la casa, seguido por la mujer de la danza. Se asomaron a la calle. Vio el cielo carente de nubes. Vio que la calle estaba vacía. El día estaba muy sereno, observó. Se despidieron. Ella le dio un beso en la mejilla, le dio las gracias, le dijo, con el comienzo de una sonrisa y un enorme cansancio:
-- Ma jokaraisa.
El hombre se alejó. Estaba pensando en una explosión.

Diciembre 2007 – Febrero 2008.

El laborioso oficio de Humberto Mata, Silda Cordoliani

La palabra cuento, entendida estrictamente desde la literatura, pareciera no ser suficiente para enunciar todo lo que abarca su significado, pues el cuento –el que nos interesa– es, más que el cuento (lo contado), la forma, la manera cómo se cuenta. Llovemos sobre mojado: para la literatura, la historia o anécdota no tiene valor por sí sola. Probarlo es fácil, bastaría echar un vistazo hacia ese mundo que nos rodea, atestado de todo tipo de información, de todo tipo de asombrosas historias, de “cuentos” que muy pocas veces llegan a estremecernos realmente: la prosaica vida no es literatura.
Por otra parte, si hablamos del maravilloso cuento que acabamos de leer y nuestro interlocutor interesado exige saber de qué se trata, casi siempre resumimos la historia en dos o tres frases con las que en verdad –reconocemos– hemos dicho bien poco, aunque hayamos sintetizado perfectamente su argumento. Necesitamos entonces comunicar el cómo; y en ese intento empezamos a hablar de forma, de un estilo. Más aún, si se trata de un relato admirable leído hace mucho, es probable que ni siquiera recordemos su tema: apenas un hombre, un paisaje, un ambiente, una circunstancia; ¿de qué nos acordamos realmente entonces?, ¿qué es lo que mantiene a ese cuento en nosotros?: tal vez sólo una sensación, una emoción, un estado del alma, eso que nos fue trasmitido gracias a una especial manera de decir, gracias al estilo.
Evidentemente, para un escritor como Humberto Mata, que gusta de las múltiples posibilidades capaz de contener una simple historia –preocupación anecdótica que manifiesta constantemente y que podríamos resumir en una de sus frases: “sobre un hecho concreto se pueden crear infinitas hipótesis” (“Guaniamo”)–, el cuento propiamente dicho, el suceso cabal y preciso, no es el objetivo de sus narraciones. Todo lo contrario. Y para sostener este “todo lo contrario” digamos que lo buscado por el cuentista es más bien una atmósfera, una atmósfera, en este caso, de incertidumbre, de ambigüedades, de yo se lo estoy contando pero usted no me crea, porque aquí queda algo o mucho más por decir. Es como llevar hasta sus últimas consecuencias esa cualidad única de la literatura, tan diferente a ese otro medio narrativo por excelencia: el cine, donde resulta sumamente difícil no ser explícito. En la literatura, especialmente en el cuento, siempre quedarán cosas ocultas, zonas oscuras tras las palabras, y quizás lo que hace grande a un narrador es conseguir que esas cosas no dichas resulten tan importantes y significativas como las expresamente enunciadas. Hacia allí apuntan todas y cada una de las narraciones de Imágenes y conductos, Pieles de leopardo, Luces y Toro-Toro.
Y como los detalles biográficos de un escritor pueden resultar casi siempre, por no decir siempre, de gran ayuda para alumbrar su obra, no deja de tentarnos una asociación a propósito de esas varias, numerosas, probablemente infinitas bifurcaciones que contienen las historias de Humberto Mata. La asociación tiene que ver con el paisaje que lo vio nacer y crecer, un paisaje demasiado poderoso, sencillamente abrumador, presente por lo demás en casi todos sus cuentos: el río, pero más que el río, el delta, el delta y sus caños. El crítico mexicano Guillermo Samperio ya lo anotó al decir que este narrador “registra las modalidades imaginarias que provoca el laberinto mutable de aquella zona”. Nadie sabe, ni siquiera la gente que se mueve constantemente entre sus aguas, cuántos caños exactamente tiene ese delta, cuántos parajes, cuántas islas que aparecen y desaparecen según los caprichos de la marea: esa gente ¿no morirá acaso sin tener la respuesta justa, sin haber podido presumir y mucho menos recorrer todas y cada una de las ramificaciones del río? No es extraño entonces que de aquí surja una literatura como la de José Balza, que se caracteriza por algo que los críticos han denominado “multiplicidad”, o como la de Humberto Mata, jugando siempre con diversas versiones de la realidad, o de la ficción, como se prefiera.
No obstante lo antes dicho, resulta pertinente aclarar que de ninguna manera la intención es confirmar lo que tantas veces se ha dicho sobre la narrativa de los años setenta en Venezuela (generación en la que el nombre de este escritor es uno de los más representativos y recurrentes): aquello de la complacencia en el lenguaje en detrimento de la anécdota, lo que implicaría también, hasta cierto punto, desprecio por el lector. Más bien vale decir que esta generación de escritores, en donde se anotan igualmente nombres como Ednodio Quintero o Sael Ibáñez, tomó absoluta conciencia de que el problema de su oficio se encuentra en la escritura misma; insistamos: en la forma del decir, del contar. En Humberto Mata, por ejemplo, las anécdotas son perfiladas meticulosamente (con la asombrosa precisión de quien trabaja por mantenerse justo en el border line) en busca de esos deslices con los que la realidad nos sorprende para ubicarnos en el plano de lo inquietante, de allí que se le ubique en la misma línea (no sé hasta qué punto bien llamada “fantástica”) de grandes cuentistas como Borges, Cortázar o Julio Garmendia, entre nosotros. Asimismo, pocos escritores venezolanos se han mostrado tan atentos al lector como Mata: estamos ante un narrador o, más propiamente, unos narradores, a veces desvanecientes y escurridizos, que se niegan a dejar al lector en paz, que continuamente se asoman, más allá de la historia que cuentan, para des-encantarnos (librarnos del encanto) con sus incisivas o desconcertantes acotaciones acerca de la historia o inclusive acerca de la propia escritura, así como en el cuento “Sonata”, donde el narrador nos da la clave del relato en una frase que bien podría entenderse como resumen de la poética del autor: “Mi mayor preocupación dentro de la ficción es proponer una acción que, evidentemente, se desarrolle fuera de la obra, pero que, al mismo tiempo, sirva como base para que ella (la obra) se resuelva”.
De lenguaje especialmente cuidadoso, “riguroso”, como lo califica Balza, Humberto Mata no se conforma con la elaborada pulcritud de su escritura, donde conseguimos por cierto una de las adjetivaciones más ricas e insinuantes de la literatura del país (nuevamente nos remite a un Borges muy bien leído y asimilado), más allá de esto, su estilo envuelve una paradoja, pues al tiempo que trabaja la ambigüedad de la anécdota, a veces hasta extremos casi crípticos, se esfuerza por la precisión de los datos, por no dejar cabos sueltos dentro de lo que se permite contar o conjeturar, como si a todo lo largo de su obra estuvieran siempre presentes las palabras del personaje de “Encuentro en el museo”: “...pero sepa que aunque le diga todo, ya se lo advertí, nunca le contaré toda la verdad...”. Esta “pasión de lo exacto”, como diría otro de sus personajes, A. P. Frachazán, esta puntualidad apabullantemente racional, evidente en cuentos como “Curiara”, explicándonos la técnica del canalete, o en “La Esmeralda”, con sus complicadas recetas de panes (sólo por mencionar algunos), alcanza una minuciosidad propiamente matemática (recordemos los estudios de matemáticas del autor) en dos extraordinarios relatos que, al aceptar el calificativo de policiales, constituyen los mejores del género en Venezuela: “El cansancio de A. P. Frachazán” y “Boquerón”.
Enmarcados en un ambiente urbano y sin sacrificar ni por un momento el aire enigmático respirable en toda la obra del autor, estos cuentos –que en efecto se inscriben perfectamente dentro del policial si admitimos el libre desarrollo de los géneros literarios– podrían estar señalando de alguna manera el destino de una escritura empeñada en asomar el lado fantástico, inusitado de la monótona cotidianidad. Sin embargo, todo indica que el gran atractivo que ejercen los vericuetos policiales sobre Mata tiene más que ver con las tantas posibilidades que brinda cualquier incógnita por resolver que con el compromiso de finiquitar una pesquisa, más con el deseo de que el lector se convierta en detective (el que resuelve, ata los cabos sueltos de las historias) que con la intención de renovar el clásico género policial. Por lo demás, la ciudad de los mendigos de “Boquerón” o del teniente Frachazán se nos presenta como una especie de geografía ajena y obscura a la que se accede sólo a través del ejercicio de la razón, muy distinta al paisaje emocional de la infancia y la juventud, porque el río y sus innumerables canales, a la manera de espacio fascinante y sugestivo, además de estar obsesivamente afianzado en la mayoría de los relatos, se ofrece casi siempre como el lugar al que es necesario retornar. Retorno, vuelta particularmente conflictiva, suerte de sino ineludible orientado a trastornar la vida de unos personajes-narradores que parecen complacerse en el ensimismamiento procurado por los juegos y movimientos de su propia imaginación. No podemos concebir entonces la literatura de Humberto Mata sin este horizonte exuberante y encantatorio. El policial y la ciudad son en esta obra un desvío circunstancial, nunca su destino.
Aquí, el único destino posible es el delta, el río, el río que –parafraseando al antiquísimo griego– siempre va a ser el mismo, aunque sus aguas y desembocaduras no lo sean, tal como esos seres, narradores o narrados, que pueblan su obra: son ellos pero también son otros y son uno solo, es el nieto que ha vuelto pero también el abuelo que nunca se fue en “El sustituto”; como las mismas son la cesta toro-toro del relato que lleva ese nombre y la que da sentido a otro llamado “Conversación”, primero y último del libro Toro-Toro, inicio y fin del mismo cuento. ¿Cabe decir entonces que la obra de este escritor constituye una suerte de relato interminable que vuelve sobre sí mismo?, ¿“círculo absoluto” (del que nos habla en un cuento de Pieles de leopardo) que como todo círculo “carece de referencias” porque sin duda es capaz de contenerlas todas: todas son posibles?
Puede ser que hace tiempo hayamos leído los libros de Humberto Mata, cada uno en el momento de su aparición, puede ser que por eso mismo no nos acordemos de nada concreto, de ninguna de esas historias tan difíciles de aprehender; sin embargo, estoy segura que en el recuerdo habrá quedado una envidiable prosa creadora de atmósferas indescifrables y un sentimiento muy cercano al desasosiego. Estoy segura también de que el lector que vuelva a ellos dispuesto a participar del juego que este narrador le ofrece, encontrará nuevos rumbos para re-construir las anécdotas, así como para elaborar sus propias conclusiones acerca del laborioso oficio de escritor.

miércoles, 4 de marzo de 2009

El alemán, Humberto Mata

Creció en una casa que se prolongaba por un pasillo en busca de sus entrañas y estaba separada del caño Manamo por una calle angosta. La casa lucía cada vez más oscura a medida de que uno se internaba en ella, hasta que en un sitio profundo era transformada en luz: y la luz era una planta eléctrica, el objeto más preciado de su niñez, aquello que de alguna manera lo distinguía y por lo cual él se ufanaba de estar en posesión de algo único e inalcanzable para otros. Así, cuando hacía mucho calor y fallaba la energía eléctrica, por ejemplo –cuestión que casi siempre ocurría—mandaban a encender la planta y accionaban los ventiladores. Entonces él sentía la seguridad de que nunca ventilador alguno había lanzado tanto aire –ni tan fresco—como aquel que lanzaban los suyos en las tardes soleadas del pueblo. Estaban aturdidos bajo los chirriantes techos de cinc, pero orgullosos acompañados por los sonidos de la máquina y de los ventiladores. También algunas noches encendían la planta. Las bombillas daban entonces una luz mortecina, una casi no luz, pero que él encontraba brillante, potente, y sin lugar a dudas muy superior a aquella que les permitía la planta del pueblo. Hoy conviene en que ambas luces debieron ser iguales de irrisorias, en que ninguna de las dos pudo ofrecerles una iluminación adecuada a los ojos ni apta para la lectura; pero en aquella época, cuando tal cosa ocurría, cuando la planta de la casa era encendida porque fallaba la del pueblo, él juraba que la luz que les llegaba era la más potente, y presto se iba a la puerta para observar la calle y las casas eclipsadas, el río plateado y negro enfrente, las sombras de los insectos adormecidos por la súbita ausencia de luz en el alumbrado público; y se asomaba en realidad para que lo vieran, para mostrarse ante quienes permanecían a oscuras cuando en su casa todo era luz. Se sentía feliz, entonces se sentía muy feliz e importante.
La planta entró en la casa cuando el niño tenía más de dos años. Supongo que ya entonces era una planta vieja, de segunda mano, porque lo que les estoy relatando ocurrió cuando él no sobrepasaba los siete. La compró su padre y la instaló El alemán, alguien que quizá se llamara Otto, porque ese sonido excava como gubia en la memoria, quien desde ese día en adelante sería su mecánico de cabecera. Recuerda a la perfección las noches en que la planta sucumbía y en que El alemán llegaba a la casa con su inmensa caja de herramientas a cuestas, murmurando algo, saludando huraño acá y allá con monosílabos, y se dirigía sin más, su cuerpo y su sombra internándose por el largo pasillo, al sitio donde estaba instalada la planta: un motor Diesel de dos emboladas y paradójicamente un haz de luz y un agujero negro para él. El alemán encendía su lámpara de mano, que iluminaba más que la luz de la planta, (ahora lo reconoce), observaba el motor, murmuraba algo, sacaba unas herramientas y… En pocos momentos aquella máquina obsequiaba su interior lleno de aceite, su oscuridad que daba luz, su mecanismo de compresión sin bujías y con bielas, ejes, excéntricas, que comunicaban movimiento a los órganos interiores, el émbolo, el pistón, las válvulas: piezas remotas, sonidos deliciosos, el alma (corazón) del motor... Y él se quedaba absorto pensando en cómo hacía El alemán con todo aquello, en cómo lograba dar con el desperfecto, modificar una variación inadecuada para regresar todo a la normalidad y hacer que el motor arrancara otra vez y les ofreciera su ronroneo seguido de luz amarilla para su beneplácito y tranquilidad.
El alemán tenía otra vida también; no demasiado activa pero otra. Algunas veces buscó sin éxito los amores. Entonces decía que algunas mujeres no tenían alma, no tenían corazón: y él no lograba discernir si El alemán estaba pensando en realidad en mujeres o si lo estaba haciendo en su lustrosa Diesel. En todo caso debió haber sabido --como yo supe después-- que sólo podemos fracasar y somos vulnerables cuando queremos algo. El padre sostenía que llevaba una vida correcta, y ya eso lo exoneraba de cualquier falta a la moral. Lo recuerda al atardecer: él acá en la puerta de la casa y El alemán allá, en el malecón, sentado en un banco de granito para tres personas y mirando el río o cualquier cosa, simplemente mirando. Él lo podía ver perfectamente desde su posición. Ya saben que la calle es angosta. Generalmente El alemán estaba solo, aunque a veces lo acompañaba el padre del muchacho. Recuerda sus espaldas amplias, su barba, su calvicie, su mirada perdida en el crepúsculo. Le impresionaba su silencio. Luego El alemán se despedía y tomaba el camino hacia su casa, en Cocalito, más allá del puente. Él lo veía alejarse, sus espaldas y su calvicie y su silencio nunca roto.
Otras veces lo encontraban en la plaza Bolívar. En esas ocasiones llevaba por lo general una bolsa con pan, un pantalón de caqui y una camisa del mismo tejido. Sus manos eran grandes, sus uñas gruesas eternamente llenas de grasa. No saludaba a mucha gente, no conversaba con casi nadie, parecía que estaba siempre malhumorado. Él lo admiraba y se complacía cuando El alemán posaba la vista en su rostro. Quería saludarlo entonces, tal vez lanzarse en sus brazos; pero lo respetaba y se quedaba rezagado mientras El alemán y el padre del muchacho intercambiaban algunas palabras.
¿Por qué una planta eléctrica en una casa particular? ¿Y por qué un Diesel, el motor tal vez menos adecuado para producir electricidad? Yo también me lo he preguntado, y para responder tendría que hablar del padre de ese muchacho, de sus excentricidades y espíritu ilustrado, de avanzada y perfeccionista. Algo, tal vez eso que llamé espíritu, lo inducía a poner en marcha empresas enormes, desproporcionadas, empresas que en esta historia no debo detallar si quiero ceñirme a lo que es la esencia. En una de esas empresas el Diesel llegó a la casa.
--Debemos tener luz siempre mujer, le dijo a la madre del niño. No podemos seguir dependiendo de una compañía del gobierno que no sirve para nada.
El padre militaba en una organización proscrita, él no sabía nada de eso; leía cosas de autores no habituales, de Lenin por ejemplo, leía La madre, Así se templó el acero, también leía poesía... la Commedia en una edición de finales del XIX. En las noches, ¿recuerdas?, cuando la planta estaba funcionando y una luz opaca se esparcía por la casa profunda, recuerda que tu padre tomaba un libro en sus manos, se sentaba en una mecedora y leía: “Principios del comunismo”, “Trabajo asalariado y capital”, acaso un poema de Vallejo o de Whitman o de otro… ¿Recuerdas?...

Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce…
si hay algo en él de amargo, seré yo.*

No. Definitivamente. Estoy seguro de que Das Kapital no reposaba en sus estantes.

Habló con El alemán y a las pocas semanas una nada reluciente Diesel entraba en casa: sus camisas, sus cámaras y recámaras haciendo venias e invitando a pasar adelante a los curiosos moradores de aquel hogar.
Lo que más llamaba tu atención de aquella máquina era lo que ella parecía esconder debajo de una cubierta sostenida por cuatro tornillos. La cubierta era una tapa metálica, muy pesada, que tenía la extraña virtud de permitir el acceso a aquello que estaba al parecer vedado a tu entendimiento --y que aumentaba tu curiosidad--, porque allí sólo lograbas distinguir una corrugada estructura de hierro que formaba parte del cuerpo del motor. Sin embargo, cada vez que El alemán era llamado, éste quitaba en primer término aquella cubierta, observaba detenidamente lo que estaba debajo de ella y emprendía de inmediato la reparación del increíble desperfecto, cuestión que era llevada a cabo en un lugar alejado, muy alejado de aquella misteriosa superficie ocultadora de la nada.
--Acá se esconde el alma de la máquina, sin lo que está acá este motor no vale nada, le respondió El alemán.
--¿Qué está debajo de la tapa, me puedes decir qué está debajo de esa tapa? –le había preguntado él, la otra noche, mientras El alemán quitaba los cuatro tornillos.
Por la respuesta que le dio El alemán llegó a la conclusión de que el alma de esa máquina era también, como las otras, algo misterioso, o un vacío, o una nada, o era algo en todo caso prohibido a su vista. Porque no otra cosa pensaba él del alma, cuando niño; esta se le suponía ser algo vinculado con la vida y la muerte, con el más allá; algo que tenía mucho que ver con los fantasmas y era en el fondo aterrador, un horizonte de sucesos cuando menos difícil hasta de imaginar, aunque nunca tanto como lo sería después, cuando el alma pasó a constituir en definitiva un insondable. Y también concluyó en que si El alemán podía quitar la tapa y descubrir el alma de la máquina, debería ser por lo tanto una suerte de descubridor de almas… ¿Quién puede ver el alma de una máquina, se preguntaba entonces, el alma de un hombre, de cualquier ser? ¿Quién puede penetrar en esa singularidad, como dirían ahora? ¿Cómo es, si acaso ella es…? ¿Sabes aunque sea un poco sobre tu alma, eres el alma o eres un curioso experto en almas?

La vida es irresponsable y se complace en salir de juerga, darse de baja, quedarse y dejar todo a un lado, cuando menos lo espera alguien. Él no esperaba que sucediera lo que pasó. Había salido de paseo, esa tarde. Siempre salía de paseo, esas tardes. Iba para la plaza Bolívar y luego para una bodega en donde preparaban una bebida a base de leche, malta y canela. La llamaban Vitamina. Iba solo: y caminaba al lado del río por la calle Manamo. En los pueblos, los paseos son las calles y las casas y sus habitantes. Pasó por la esquina de la calle La Paz, también por la esquina de la calle Arismendi. Allí se detuvo. Muy cerca de él está una iglesia, un colegio de monjas, las casas de Nimia Estévez, Miguel Gómez y las Barrientos. Y cuando él llegue a la esquina con la calle Petión, podrá ver la farmacia del pueblo. La plaza Bolívar estará cerca entonces. (Nimia Estévez era ya una vieja cuando tú eras un niño, aunque todos son viejos cuando uno es niño. Miguel Gómez era hijo de Juancho Gómez, quien te llamaba compadre a pesar de las diferencias de edad. Las Barrientos eran mujeres con unos traseros esculpidos y descomunales. Tenían senos pequeños, aunque supongo que suficientes. Tú estabas enamorado de una de las Barrientos, pero eras demasiado niño para ella. Pasabas por la puerta de su casa para verla, para verle el trasero, y salías después corriendo… Y cuento todo esto, lo de Nimia, Miguel y las Barrientos, porque El alemán frecuentaba esas casas también, porque iba muchas veces a ellas para revisar las bombas de agua y porque tú lo acompañabas. El niño lo seguía, (¿cómo podía arreglar nuestra planta y esas bombas también, se preguntaba?), con el propósito de ver ciertas nalgas cuando entraban en cierta casa; pero por sobre todo, con la finalidad de descubrir el misterio, la sabiduría secreta, la pericia que le permitía a este curioso ponerse en contacto con las almas, porque aquellas bombas de agua eran a su entendimiento tantas otras almas en manos de El alemán.)
Todo el trayecto ha sido muy rápido porque el pueblo es pequeño y porque aunque ya cae la tarde, el sol aún rompe la piel y no permite mirar con paciencia. Va, como siempre, a la plaza Bolívar, que está paralela a la semirrecta cuyo inicio (o final) se encuentra en el vértice que forman el edificio de un cine y la calle Pativilca. En la plaza Bolívar da vueltas y más vueltas, al igual que todos los demás. Camina y observa las casas en la calle Bolívar, los comercios que están en la Dalla Costa. Casi concluye el cuadrilátero de la plaza. Sólo falta la semirrecta que colinda con la calle Petión... Pero de pronto el busto de Bolívar, las muchachas que pasan y sonríen a sus novios de quince años, el sol que se escabulle allá por el río y... Pero de pronto el silencio, ese pesado silencio de los pueblos que por lo general no significa nada pero que en ocasiones, como en esta, contiene una explosión unánime, la de una máquina de combustión interna que hoy anuncia la muerte: El alemán se ahorcó en su casa de Cocalito, gritamos todos. Corren hacia allá por la Dalla Costa, buscas el puente que cruza el caño Tucupita, sabes que por allí cerca se encuentra el negocio en donde preparan la Vitamina pero en esta oportunidad no vas a detenerte en él ni vas a pedir ese refresco, casero y delicioso. Tienes que ver a El alemán. Presientes que algo muy importante está pasando, que algo puede finalizar y quieres ser testigo de ello…

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie *

…Y allí está El alemán, lo que queda de él. Ha expulsado el alma fuera de sí. Cuelga de una cuerda dentro de su casa. La casa es muy pequeña y algo oscura. Una mujer cuenta lo que tenía que suceder:
--Yo sabía que esto iba a pasar, dice. Ese hombre allí solo sin nadie que lo cuidara, sin comida ni nada.
--Yo a veces le dejaba cualquier cosa, dice otra. Me daba tanta lástima. Un hombre así tan solo.
Tiene parte de la lengua fuera de la boca, está pálido y una ardua, trabajada quietud lo acicala. Lo bajan y lo colocan en su cama. Sigue la palidez, continúa la quietud. Dirías que la escena es hermosa y que el silencio, nítido, aumenta la elegancia de la muerte. El alemán está allí, indiferente a todos, unánime, y tú presientes que algo ha cambiado para siempre, que el alma de aquel Diesel se apagará con la ida de su mecánico de cabecera, que ya nada será lo mismo y que acaso ¿por qué no? en adelante también tu niñez habrá finalizado.
Ves de nuevo el cuerpo pálido. ¿Qué será de él, ahora? ¿Será su alma como la del Diesel, un alma escondida, un agujero negro, una aparente nada de innumerable densidad? ¿Será su espíritu tan frágil como el de las bombas de agua? ¿De dónde vino El alemán?...
Después, primero has supuesto que nació en una ciudad ilustrada: y para el relato es conveniente que haya nacido allá, porque se trata de un lugar que sueñas como cuna de músicos, poetas, constructores; y El alemán, con su mecánica y habilidad para develar el alma, tenía mucho de creador. Pero luego supiste otras historias, y hasta escuchaste decir a alguien que El alemán no era de Alemania sino de otro país en realidad, y que se vino en plan de escape, como tantos, luego de las batallas. Ese alguien no ha dudado en afirmar que el fugitivo hizo cosas “horrorosas” durante la guerra, que formó parte de un regimiento insigne por lo sanguinario y que su historia es tan aterradora que han preferido ocultarla para no desprestigiar aún más la naturaleza humana. Su lugar de nacimiento no es aquella ciudad de alto brillo, por supuesto, sino un frío e inaccesible pueblo ubicado en ciertas laderas agrietadas donde el viento ulula con inédita ferocidad.
Pero tú no logras pensarlo de una nacionalidad que no sea la alemana y después de tantos años compartidos con él puedes darte el lujo de pasar por alto el señalamiento infame. Sabes que El alemán fue un hombre solitario, taciturno y tal vez justo; y así, conociendo de su soledad y de su justeza, construyes el día en que Herr Otto, el padre, adornado con su barba no muy poblada y su calva abundante, y con sus manos grandes y sus dedos gruesos, cargó por vez primera al niño recién nacido, y vio su cuerpo tan endeble y también sus manos pequeñísimas. Entonces Herr Otto cerró los ojos. Y así, con los ojos cerrados pensó en lo nada conveniente, en lo irresponsable en realidad que era tener un hijo a edades poco aptas, como la suya. Pensó en que con toda seguridad no iba a poder ver a su pequeño Otto cuando éste fuera grande. Y rogó, rogó con los ojos aun cerrados porque la vida de su Otto transcurriera lo más placentera posible, rogó porque jamás quedara solo ni en tierras desconocidas, ni nunca aquel que todo lo custodia abandonara su alma. Entonces volvió a ver a su querido Otto, tan pequeño y tan frágil, y comprendió que sus ruegos ya habían sido vanos porque no lograron evitar que leyera en él, como en un cuento fantástico, las batallas que vendrían, las muertes, las maquinarias y los ríos… Y hasta pudo leer en su tierno Otto, pero hace ya muchos años de esto, las letras de una irreparable soledad. Entonces, acongojado, el viejo Otto se dispuso a pensar y se quedó mirando.

*Vallejo.


Caracas, Febrero-Marzo-Abril-Mayo 2006.