Urakoa
miércoles, 26 de junio de 2013
Archipiélago de excepciones (extractos), Zygmunt Bauman
1.
Ha sido
mayormente en Europa y en sus antiguos dominios (sus retoños, ramificaciones y
sedimentaciones de Allende los mares), así como en unos pocos "países
desarrollados" (también relacionados con Europa, aunque más por Wahlverwandschaft que por Verwandschaft), donde más espectaculares
avances han realizado en los últimos años la adicción al miedo y la obsesión
por la seguridad.
Es algo que,
por sí solo, parece un misterio. Después de todo, como bien indica Robert
Castel en su incisivo análisis de las ansiedades que esa inseguridad alimenta
actualmente, "nosotros -en los países desarrollados, al menos- vivimos sin
duda una de las sociedades más seguras (sûres) que
jamás han existido".[1]
Y aún así, contra toda "evidencia objetiva", también somos
"nosotros" -las personas más mimadas y consentidas de todos los
tiempos- los que nos sentimos más amenazados, inseguros y asustados, los más
inclinados a ser presa de pánico y los más apasionados por todo lo relacionado
con la protección y la seguridad, entre todos los miembros de cualquier
sociedad de la que se haya tenido noticia. Ése es el enigma que necesita
solución para comprender los giros y las sinuosidades de la sensibilidad
popular al peligro, así como los blancos cambiantes en los que dicha
sensibilidad tiende a centrarse.
[1]Robert Castel, L'insécurité sociale. Qu'est-ce qu'être protégé?, París,
Seuil, 2003, p. 5 [trad. esp.: La inseguridad social: ¿qué es estar protegido?,
Buenos Aires, Manantial, 2004].
2.
Con la ventaja
que nos dan los años, hoy podríamos contemplar la década de los '70 no sólo
como el momento de una transformación más, sino (parafraseando el famoso
concepto de Karl Polanyi) como el de la "Gran Transformación, segunda
parte", un auténtico hito de la historia contemporánea. Ese decenio separó
los "treinta años gloriosos" de la reconstrucción del periodo de
postguerra, el pacto social y el "optimismo desarrollista" que
acompañaron al desmantelamiento del sistema colonial y la emergencia de una
pléyade de "nuevas naciones", del novísimo mundo actual de fronteras
difuminadas o debilitadas, de avalancha de información, de globalización
desenfrenada, de festín consumista en el Norte rico y del "sentimiento
cada vez más profundo de desesperación y exclusión en gran parte del resto del
mundo" que surge de la contemplación de todo un "espectáculo de
riqueza en un extremo y de miseria en el otro".[1]
Todavía no
hemos alcanzado a comprender en toda su profundidad está última gran
transformación. Y no es que no lo hayamos intentado: dada la brevedad de la
distancia temporal que nos separa de ella,todos los hallazgos y conclusiones
deben considerarse parciales, y todas las síntesis, provisionales. Con el paso
del tiempo, van haciéndose visibles sucesivas capas de realidades emergentes:
cada una de ellas obliga a una revisión aún más radical de las creencias
establecidas a una ampliación adicional de una nueva y laboriosamente tejida
red conceptual. Aún no hemos llegado "al fondo de las cosas"; pero
aunque lo alcanzáramos, no seríamos capaces de determinar con certeza que ya lo
hemos hecho.
Pese a todo,
uno de los aspectos más fatídicos de la mencionada transformación se nos reveló
relativamente pronto y ha sido exhaustivamente documentado desde entonces: el
paso de un modelo de "Estado social" y comunidad inclusiva a un
Estado excluyente "de justicia criminal", "penal" o
"de control del crimen". David Garland, por ejemplo, señala que
el énfasis ha virado acusadamente del
bienestar social a la modalidad penal. [...]
El modelo penal, además de adquirir
prominencia, se ha vuelto más punitivo, más expresivo, más preocupado por la
seguridad. [...] El modelo del bienestar social, además de haber quedado más
acallado, se ha vuelto más condicional, más centrado en las infracciones, más
preocupado por los riesgos. [...] Actualmente, los infractores [...] ya no
tienden a ser representados en el discurso oficial como ciudadanos afectados
por una privación de origen social y necesitados de apoyo, sino como individuos
culpables, indignos y, en cierto modo, peligrosos.[2]
Loïc Wacquant
constata una "redefinición de la misión del Estado": el Estado
"se retrae del ámbito económico, asevera la necesidad de reducir su
función social para ampliar y reforzar su intervención penal".
Ulf Hedetoft
hace incapié en otro aspecto (o, tal vez, el mismo, pero desde un ángulo
diferente) de esta transformación de veinte o treinta años de antigüedad.
Hedetoft observa que "se están trazando nuevas fronteras entre Nosotros y
Ellos y de manera más rígida" que nunca. Basado en Andreas y Snyder,
Hedetoft sugiere que, además de hacerse más selectivas, de abotargarse, de asumir
formas más diversas y de ser más difusas, las fronteras se han convertido en lo
que podríamos denominar unas "membranas asimétricas" que permiten la
salida, pero sirven al mismo tiempo de "protección frente a la entrada no
deseada de unidades procedentes del otro lado":
Con el aumento de las medidas de control en
las fronteras exteriores, pero también (y no menos importante) con el
endurecimiento del régimen de expediciones de visados en los países de
emigración, en "el Sur", [...] [las fronteras] se han diversificado,
como también lo han hecho los controles fronterizos, que ahora se llevan a cabo
no solo en los lugares convencionales, [...] sino también en aeropuertos, en
embajadas y consulados, en centros de asilo y en el espacio virtual, en la forma
de un incremento de colaboración entre la policía y las autoridades de
inmigración de diversos países.[3]
[1]Setewart Hall,
"Out of a crear blue sky", en Sounding, invierno de 2001-2002, pp.
9-15.
[2]David Garland, The
culture of control: Crime and social order in contemporary society,
Chicago/Oxford, The University of Chicago Press/Oxford University Press, 2001,
p. 175 [trad. esp.: La cultura del control, Barcelona, Gedisa, 2006].
[3]Ulf Hedetoft, The global turn: National encounters with the
worldwide, Aalborg, Aalborg University Press, 2003, pp. 151-152.
3.
La nueva
"plenitud" del planeta -en el sentido de que ahora éste está
"lleno" porque los mercados financieros, de mercancías y de trabajo,
así como la modernización gestionada por el capital y, por consiguiente,
también el modo de vida moderno, alcanzan todo el orbe- tiene dos consecuencias
directas.
La primera de
ellas es el bloqueo de las válvulas de escape que anteriormente permitían que
los relativamente escasos enclaves modernizados y en vías de modernización del
plantean experimentaran un regular y oportuno proceso de drenaje y limpieza de
esa población excedente, superflua, supernumeraria y prescindible (liberándose
de quienes eran marginados por el mercado de trabajo y de quienes se convertían
en desechos de la economía de libre empresa cuando superaban la capacidad de
los dispositivos de reciclaje de ésta) que el modo moderno no ha hecho más que
producir en una escala continuamente creciente. En cuanto el modo moderno dejo
de ser el privilegio de un número limitado de países selectos, desaparecieron
los territorios "vacíos" y las "tierras de nadie" (o, más
concretamente, los territorios que, gracias al diferencial de poder global,
podían ser vistos y tratados por el sector ya "moderno" del planeta
como desocupados o sin amo) que habían servido durante siglos como principal
vía de salida para tantos y tantos seres humanos residuales. Aquellas válvulas
de escape nunca han estado disponibles para los "seres humanos
superfluos" de los países que sólo en época reciente se han aupado al (o
han caído bajo el) gigante de la modernidad, y que éstoa producen actualmente a
una escala masiva. Y en las sociedades llamadas "premodernas", ajenas
al problema de ese desecho excedente, jamás ha habido necesidad de tales vías
de salida. Como consecuencia de ese doble proceso -el del bloqueo de las
antiguas vías de escape unido a la inexistencia de nuevos conductos de
evacuación exterior de los "seres humanos residuales"-, las
sociedades modernas y las sociedades en vías de modernización vuelven la
afilada hoja de la espada de las prácticas excluyentes contra sí mismas. Y no
podía esperarse otra cosa: toda esa "diferencia" encontrada/producida
en el curso de la expansión global del modo de vida moderno -que durante siglos
fue tratada como una molestia enojosa pero temporal y pudo ser manejada de
manera más o menos eficaz con la ayuda de las llamadas estrategias
"antropofágicas" o "antropoémicas" (según la terminología
de Claude Lévi-Strauss)- se deja sentir en su propio lugar de origen, un
escenario donde las opciones tradicionales ya no resultan realistas y donde las
herramientas para llevarlas a la práctica brillan por su ausencia.
Como ya señaló
Clifford Geertz en una incisiva crítica a la alternativa de "aplicación de
la fuerza para asegurarse la conformidad con los valores de quienes poseen la
fuerza" y a "una tolerancia vacua que, al no implicar nada, no cambia
nada", esa opción ya no está disponible (si es que alguna vez lo estuvo)
ahora que el poder para hacer efectiva dicha conformidad ha dejado de existir y
la "tolerancia" cesó de ser un gesto majestuoso con el que los bien
situados y los poderosos podían mitigar su propia vergüenza y la ofensa
endosada a quienes se sentían tratados con condescendencia e insultados. En
nuestro tiempo, señala Geertz,
las cuestiones morales suscitadas por la
diversidad cultural [...] que antes surgían [...] principalmente entre
sociedades distintas [...] se plantean ahora cada vez más dentro de cada una de
ellas. Las fronteras sociales y culturales coinciden cada vez menos. [...] Los
días en que la ciudad norteamericana era el principal modelo de fragmentación
cultural y mezcolanza étnica terminaron hace tiempo; el París de nos ancêtres
les gaulois se está volviendo tan políglota y tan policromo como Manhattan,
hasta el punto de que puede acabar teniendo un alcalde norteafricano (o eso
temen muchos de los gaulois) antes de
que Nueva York tenga uno de origen hispano. [...]
Cada uno de los puntos locales del mundo,
lejos de asemejase a un exclusivo gentlemen's
club inglés, está adquiriendo el aspecto de un bazar kuwaití. [...] Les milieux
están totalmente mixtes. Ya no
conforman Umwelten como antes.[1]
[1]Véase Clifford
Geertz, "The use of diversity", en Available light: Anthropological
reflections ón philosophical topics, Princeton, Princeton University Press, pp.
68-88 [trad. esp.: Reflexiones antropológicas sobre temas filosóficos,
Barcelona, Paidós, 2002].
4.
Si el exceso de
población (es decir, la parte que no puede ser reasimilada a las pautas
"normales" de la vida y reprocesada para reincorporarse a la
categoría de miembros "útiles" de la sociedad) puede ser
automáticamente extraído y trasladado más allá de los límites del recinto
dentro del que se busca alcanzar un determinado equilibrio económico y social,
las personas que eluden ese traslado y logran quedarse dentro pueden ser
momentáneamente superfluas, pero acaban siendo clasificadas como reciclables.
Están "fuera", pero sólo durante un tiempo: su "quedarse
fuera" es una anormalidad que exige (y obtiene) remedio; necesitan a todas
luces que se les ayude a "regresar" lo antes posible. Son el
"ejército de mano de obra de reserva" y deben ser puestas y
mantenidas en forma para que puedan reuncorporarse al servicio activo a la más
mínima oportunidad.
Todo eso
cambia, sin embargo, cuando se bloquean los conductos de drenaje del excedente
de seres humanos. Como la población "superflua" se queda dentro y
comparte el espacio hombro con hombro con el resto (la población
"útil" y "legítima"), las líneas que separan la
"normalidad" de la "anormalidad", y la in capacitación
pasajera de la catalogación imperiosa y definitiva como desechó irrecuperable,
tienden a no ser ya tranquilizadoramente inequívocas. En lugar de un problema
restringido a una parte separada de la población (como antaño solía ser
percibido), la clasificación como "desecho" deviene una perspectiva
potencial para todos y todas, uno de los dos polos entre los que oscila la
posición social presente y futura de todo el mundo. Las herramientas y las
estratagemas de intervención habituales, que funcionaban cuando se aplicaban a
una anormalidad que se reconocía como temporal, ya no bastan para tratar con el
"problema de los desechos" en esta nueva forma, ni tampoco resultan
especialmente adecuadas para la tarea. Las nuevas políticas que pronto se
inventarán como respuesta a este nuevo avatar del viejo problema comenzarán,
muy probablemente, subsumiendo las políticas diseñadas en su momento para
abordar el problema en su antigua forma. Por sí acaso, se preferirán las
medidas de emergencia dirigidas al "desecho interno" y, tarde o
temprano, se les dará prioridad frente a todos los demás modos de intervención
en los problemas de la superfluidad como
tal, tanto la temporal como la que no lo es.
Por imponentes
que puedan resultar por sí solos, todos esos contratiempos y reveses de la
fortuna tienden a magnificares y a agudizarse aún más en aquellas partes del
planeta que no se habían enfrentado hasta tiempos recientes al fenómeno de la
"población excedente", anteriormente desconocido en ellas, y al del
tratamiento de dicho excedente. Por "tiempos recientes" se entiende
aquí "tardíamente": es decir, en un momento en que el planeta ya está
lleno, en el que no quedan "tierras vacías" que puedan servir de
depósitos de esa población residual y en el que todo el peso de la asimetría de
las fronteras se vuelve enteramente contra los recién llegados a la familia de
los modernos. Los países circundantes no están dispuestos a acoger los
excedentes de otras poblaciones nacionales ni quieren que se les obligue, como
ya se los obligó en el pasado, a aceptarlos y a darles cabida. A diferencia de
los productores de desecho de antaño, que buscaron y encontraron soluciones globales a problemas que ellos mismos
producían localmente, estos
"miembros tardíos del club de la modernidad" se ven forzados a hallar
una solución local a un problema de
origen global, y con unas
posibilidades exiguas -cuando no inexistentes- de éxito.
Ya fueran
voluntarias o forzadas, tanto su sumisión a las presiones globales como la
apertura de sus propios territorios a la libre circulación de capitales y
mercancías volvieron inviables la mayor parte de aquellos negocios familiares y
comunales que otrora tuvieron la capacidad y la voluntad de absorber, dar
empleó y manutener a todos los nuevos seres humanos que nacían y que veían así
asegurada su supervivencia, al menos, en la mayoría de los casos. Sólo ahora,
en el siglo XXI, los recién llegados a la familia de los modernos han
experimentado esa "separación entre negocio y hogares" -con todas las
convulsiones sociales y el sufrimiento humano consiguiente- por la que los
pioneros de la modernidad pasaron cientos de años atrás, aunque de un modo un
tanto mitigado por la disponibilidad de soluciones globales para sus problemas:
la abundancia de "tierras vacías" o "de nadie" que podían
ser aprovechadas con facilidad para depositar en ellas a la población excedente
que la nueva economía, emancipada de las constricciones familiares y comunales,
ya no podían absorber. Ése era un lujo que de ningún modo está ya al alcance de
los recién llegados.
5.
Las guerras y
las masacres tribales, así como la proliferación de "ejércitos guerrilleros"
o de bandas de forajidos y traficantes de drogas disfrazados de luchadores por
la libertad, ocupados en diezmarse mutuamente sin dejar de absorber y, a su
vez, aniquilar los nuevos "excedentes de población" ..., constituyen una de esas retorcidas "soluciones
locales a problemas globales" a la que los llegados tardíamente a la
modernidad recurren o se ven obligados a recurrir. Cientos de miles de personas
son expulsadas de sus hogares, asesinadas o forzadas a huir más allá de las
fronteras de sus países de origen para salvar la vida. Es posible que la única
industria pujante en los territorios de los miembros tardíos del club de la
modernidad (ingeniosa y, con frecuencia, engañosamente denominados "países
en vías de desarrollo") sea la producción
en masa de refugiados.
6.
Uno de los
efectos más siniestros de la globalización es la desregulación de las guerras.
La mayoría de las acciones bélicas actuales -y, entre éstas, las más crueles y
sangrientas- son emprendidas por entidades no estatales que tampoco están sometidas a ninguna legislación estatal o cuasi
estatal, ni a ninguna convención internacional. Son, a un tiempo, los
resultados y las causas auxiliares, pero poderosas, de la continua erosión de
la soberanía del Estado y de la pervivencia en el espacio "ínterestatal"
global de unas condiciones propias de los territorios de frontera. Los
antagonismo e entre tribus estallan abiertamente gracias al debilitamiento de
los brazos del Estado; en el caso de los "nuevos estados", esos
brazos jamás crecieron o no tuvieron tiempo de desarrollarse lo suficiente. Una
vez abiertas, las hostilidades vuelven inaplicables las leyes legislarás por el
Estado (tanto las más afianzadas como las incipientes) y las anulan
prácticamente por completo.
El conjunto de
la población se encuentra en un espacio sin ley; la parte de esa población que
decide huir del campo de batalla y logra escapar se encuentra en un tipo
distinto de alegalidad: la del territorio fronterizo global. Además, en cuanto
se hallan fuera de las fronteras de su país nativo, los que han huido se ven
privados del respaldo de una autoridad estatal reconocida que pueda acogerlos
bajo su protección, que reivindique sus derechos o que interceda por ellos ante
los poderes extranjeros. Los refugiados carecen de Estado, si, pero en un
sentido novedoso: su carencia de Estado queda elevada a un nuevo nivel debido a
la inexistencia de una autoridad estatal a la que referir su
"estatalidad". Están, como muy bien lo ha expresado Michel Agier en
un sagaz estudio sobre los refugiados de la era de la globalización[1] ,
hors du nomos ("fuera de
ley"), pero no fuera de esta ley o de aquélla, ni la de este país o la de
aquel otro, sino fuera de la ley como
tal. Son unos parias y unos "fuera de la ley" de una nueva clase,
producto de la globalización y, al mismo tiempo, epítome máximo y encarnación
del espíritu de territorio fronterizo de ésta. Citando de nuevo a Agier, han
sido arrojados a una situación de "deriva limitar" que no saben ni
pueden saber si es transitoria o permanente. Aunque se mantengan estacionarios
durante un tiempo, se hallan embarcados en un viaje que nunca toca a su fin
porque su territorio (de llegada o de retorno) se muestra permanentemente
confuso y la línea que podrían llamar "de meta" se mantiene eternamente
inaccesible. Nunca se liberan de una lacerante sensación de fugacidad, ni de la
naturaleza no definitiva y provisional de todo asentamiento.
[1]Véase Michel Agier, Aux bordes du monde, les
réfugiés, París, Flammarion, 2002, pp. 55-56.
7.
Quien se
convierte en refugiado lo es ya para siempre. Los caminos de regreso al
hogar-paraíso perdido (o, mejor dicho, ya inexistente) han quedado cortados
casi por completo y todas las salidas del purgatorio que es el campamento de
refugiados no llevan más que al infierno... Los días se suceden vacíos uno tras
otro sin perspectiva de futuro dentro del perímetro del campo. Pero por difícil
de resistir que eso pueda parecer, Dios no quiera que los plenipotenciarios
designados o los voluntarios de la humanidad, los que tienen encargada la tarea
de mantener a esos refugiados en el interior del campo y lejos de la perdición,
decidan clausurar lo... De todos modos, muchas veces lo hacen: por ejemplo,
siempre que los poderes establecidos deciden que los exiliados han dejado de
ser refugiados porque "vuelve a ser seguro regresar" a su patria, que
dejó hace tiempo de ser suya y ya no tiene nada que ofrecer ni nada que ellos
deseen o puedan desear.
Hay, por
ejemplo, unos 900.000 refugiados -resultado de las masacres intertribales y de
la destrucción en los campos de batalla de las guerras "inciviles"
que se vienen desarrollando desde hace decenios en Etiopía y Eritrea-
repartidos por las regiones septentrionales de Sudán (incluida la tristemente
célebre Darfur), en lo que es ya de por sí un país pobre y devastado por los
conflictos bélicos y donde se encuentran entremezclados con otros refugiados
que recuerdan con horror los campos de exterminio del sur de Sudán. [1] Por
decisión de la agencia de las Naciones Unidas, respaldada por los
organizaciones benéficas no gubernamentales, todos ellos han dejado de ser
refugiados y, en consecuencia, ya no tienen derecho a recibir ayuda
humanitaria. No obstante, se han negado a marcharse; al parecer, no creen ya
que exista "un hogar" al que "regresar", puesto que los
hogares que recuerdan fueron destruidos o les han sido robados. La nueva tarea
de sus custodios humanitarios ha pasado a ser entonces la de hacer que se
vayan... En el campo de Kassala, por ejemplo, la interrupción del suministro de
agua fue seguida del traslado forzado de los habitantes fuera de los límites
exteriores del campamento, que, como en su momento sucedió con sus hogares en
Etiopía, ha sido ahora arrasado y apisonado para que a nadie se le ocurra
volver. La misma suerte han corrido los habitantes de los campos de Um Gulsam
Laffa y de Newshagarab. Según el
testimonio de quienes allí vivían, unos 8.000 internos de las instalaciones
fallecieron a raíz del cierre de los hospitales del campamento, de la supresión
de los pozos de agua y del abandono de suministro de alimentos. Es difícil
verificar la suerte que realmente corrieron, pero podemos estar seguros de que
cientos de miles han desaparecido de los registros y de las estadísticas de
refugiados, aunque nunca hayan conseguido escapar de la tierra de nadie de su
"no humanidad".
Cuando entran
en los campamentos, sus nuevos inquilinos se ven despojados de todos los
elementos de su identidad salvo de uno: el de ser refugiados sin un Estado, sin
un lugar, sin una función y "sin papeles". En el interior de las
alambradas de los campos, y tras habérseles negado el acceso tanto a los
servicios elementales de los que se extraen las identidades como a los hilos
con los que éstas se tejen, pasan a formar parte de una masa amalgamada sin
rostro. Ser "refugiado" significa perder
los medios sobre los que descansa la
existencia social, es decir, todo un conjunto de cosas y personas corrientes
pero portadoras de significado: país, casa, pueblo, ciudad, padres, posesiones,
trabajos y otros puntos de referencia cotidianos. Estas criaturas a la deriva y
a la espera no tienen más que su "vida descarnada", y la continuación
de ésta depende de la asistencia humanitaria.[2]
Respecto a esto
último, abundan las aprensiones. ¿No es la figura misma del ayudante
humanitario -ya sea voluntario o a sueldo- un importante eslabón en la cadena
de la exclusión? Existen dudas acerca de si los organismos de asistencia, en su
empeño por alejar a las personas del peligro, no están ayudando
inadvertidamente a los promotores de la "limpieza étnica". Agier se
pregunta si el trabajador humanitario no es "un agente de exclusión con un
coste menor" y, aún más importante, un dispositivo pensado para descargar
y disipar la ansiedad del resto del mundo, para absolver las culpas y calmar
los escrúpulos, así como para desactivar toda sensación de urgencia y todo miedo
a la contingencia. Colocar a los refugiados en manos de los "trabajadores
humanitarios" (y cerrar los ojos para no ver a los guardias armados en el
fondo de la imagen) parece ser un modo ideal de reconciliar lo irreconciliable:
las ganas apremiantes de deshacerse de ese residuo humano calmando al mismo
tiempo el prurito personal de rectitud moral:
Tal vez se pueda curar la conciencia de
culpabilidad ocasionada por el sufrimiento de esa otra parte maldita de la
humanidad. Para conseguirlo, bastará con permitir que siga su curso un proceso
que se encuentra ya en plena marcha como es la biosegregación, es decir, la
creación y la fijación de unas identidades manchadas (por las guerras, la
violencia, el éxodo, las enfermedades, la miseria y la desigualdad). Los portadores
de esa clase de estigma serían así mantenidos a distancia en virtud de su menor
humanidad, es decir, por su deshumanización tanto física como moral.[3]
[1]Véase Fabienne Rose Émilie le Houerou,
"Camps de la soif au Soudan", en Le Monde diplomatique, mayo 2003, p.
28.
[2]Agier, Aux bordes du monde, les réfugiés, op.
cit., p. 94.
[3]Agier, Aux bords du monde, les réfugiés, op.
cit., p. 117.
8.
Los refugiados son el "residuo
humano" personificado: sin ninguna función "útil" que desempeñar
en el país al que llegan y en el que se quedan temporalmente, y sin intención
ni posibilidad realista de ser asimilados e incorporados al nuevo elemento
social. Desde su lugar actual -el vertedero- no hay camino hacia delante ni de
retorno, a menos que sea un camino que los conduzca a lugares aún más remotos,
como en el caso de los refugiados afganos que fueron escoltados por buques de
guerra australianos hasta una isla alejada de toda ruta concurrida. Que la
distancia sea suficiente como para evitar que los efluvios envenenados de la
descomposición social alcance los lugares habitados por los nativos es el
criterio principal por el que se rige la selección del emplazamientos de los
campamentos permanentemente temporales de los refugiados. Fuera de esa ubicación,
los refugiados son un obstáculo y un problema; dentro de ella, se los olvida
sin más. Manteniéndolos allí e impidiendo todo escape (convirtiendo la
separación en definitiva e irreversible), "la compasión de unos y el odio
de otros" se combinan para producir el mismo efecto: tomar distancia y
mantener a distancia.[1]
Nada queda
salvo los muros, las alambradas, los controles en las puertas, los guardias
armados. Todos esos elementos definen de manera combinada la identidad de los
refugiados o, mejor dicho, echan por tierra el derecho de éstos a definirse a
sí mismos. Todos los desechos, incluidos los seres humanos desechados, tienden
a ser apilados indiscriminadamente en el mismo basural. El acto mismo de tirar
a alguien a la basura pone fin a las diferencias, las individualidades, las
idiosincracias. La basura no precisa de distinciones afinadas ni de matices
sutiles, salvo que haya que clasificarla para su reciclaje; pero las
perspectivas que tienen los refugiados de ser reciclados para ser convertidos en
miembros legítimos y reconocidos de la sociedad humana son, como mucho, poco
halagüeñas e inmensamente remotas. Se
han tomado toda clase de medidas para asegurar la permanencia de su exclusión.
Se ha depositado a unas personas desposeídas de cualidades en un territorio sin
denominación y se les han bloqueado para siempre todas las vías que llevan de
vuelta a lugares significativos y a emplazamientos sonde pueden forjarse, y
donde se forjan a diario, significados socialmente legibles.
[1]Agier, Aux bords du monde, les réfugiés, op.
cit., p. 120.
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