domingo, 23 de junio de 2013
Díaz Solís en el Paraninfo, Humberto Mata
Hace algunos días asistí al Paraninfo de la Universidad Central de Venezuela. Allí se hacen actos solemnes, distinguidos y especiales, para la academia; tan solemnes, que quienes asisten a ellos de antemano adoptan una posición erguida en su cuerpo, practican cierto tono de voz acorde con la riqueza verbal que en el sitio se ha de emplear y visten trajes casi impecables; tan distinguidos, que aun cuando la mayoría de las veces sean de libre acceso al público, poca gente en general asiste a ellos, como si adivinara que una marca indeleble, secreta, será necesario portar para que las puertas del lugar se abran de par en par y bien vengan a sus poseedores, marca de la que lamentable o afortunadamente casi nadie goza; tan especiales, en fin, que hasta muchas veces podría tomarse por un privilegio negativo formar parte de tales actos, y no pocos verían con agrado estar en el grupo de los excluidos.
Una acepción muy antigua de paraninfo la hace decir “el que viene de parte del alma”. Nos parece adecuado recordarla.
El Paraninfo de la UCV es una estructura “sin edad” de los años ’50. Cuando usted entra en él pareciera que está pisando el acceso a una extraña catedral del futuro que guarda en algunos sitios señales del pasado. Su altura, por ejemplo, es la típica de aquellas catedrales que llaman a la vista a mirar las alturas, como si en esa elevación mística nos estuviéramos acercando a las regiones celestiales. Su sobriedad y limpieza interior, por otra parte, recuerda a aquellas iglesias que excluyeron a las imágenes en favor de un recogimiento interior apto para dirigirse al Ser. Inclusive la disposición de los asientos y la elevada cátedra, al final, sugieren que estamos a las puertas de un lugar para el estudio erudito, la meditación trascendental o el oficio religioso. Un enorme vitral, en lo alto, a mano derecha, derrocha colores sobre la pesada, casi sólida calma del claustro: rojos, blancos, amarillos, azules y por sobre todo verdes, en el vitral, dan cuenta de que su autor, el pintor Mateo Manaure, es nativo de una región fructífera en verdes vegetales de tonalidades indeterminables. Un rayo de luz, verde, apenas perceptible entre las volutas que pueblan el espacio, cae directo sobre un sobrio sarcófago posado al final de las dos filas de asientos, según se ha dispuesto el interior para el momento solemne de velar los restos del escritor Gustavo Días Solís, muerto cuando ya iba a cumplir 92 años. Nos encaminamos hacia la urna por un piso de madera insolente que cruje con cada paso que damos.
Desconocíamos a la mayoría de los pocos asistentes, pero muy cerca de nosotros, casi en frente, se encontraba el poeta Rafael Cadenas, con sus ropas que más que adaptarse al cuerpo parecían sufrirlo. Las autoridades universitarias: rectora y vicerrectores, secretarios, decanos, profesores, estaban todos sentados a mi izquierda. El rostro de Díaz Solís no transmitía señales de alteración ni de reposo: estaba allí, solamente, aunque advertí que no aparentaba el de un hombre nonagenario. Como es mi costumbre, fui discreto al mirar aquel rostro que me recordó los tantos rostros de los personajes de sus cuentos. No pude evitar mirar al David de Arco Secreto ni al indio y el cazador de La Efigie, en aquella imagen que para siempre se marchaba:
“Los dos hombres iban callados. En la quietud destacaban el liviano pasicorto del guía y el chafar abrupto del cazador. Los ojos de éste rozaban las espaldas del indio, el pelo largo hasta los hombros, la faja de cuero de la que pendía un machete enfundado, el taparrabo mugriento, los muslos magros, las pantorrillas nudosas, los enormes pies descalzos.
“El indio sentía detrás el tranco torpe del cazador. Oía el crujir de las grandes botas, el retintín de los aparejos de caza, la respiración perceptible a distancia.”
A mi regreso de la urna me di cuenta de que frente a mí, a una altura enorme, otro mural de Manaure, esta vez extenso y angosto, filtraba con colores la luz que iluminaba a los asistentes, cabizbajos y silenciosos. Retorné a mi asiento justo a tiempo para escuchar las palabras de orden, los elogios y acuerdos del Consejo Universitario, la misa de cuerpo presente. Durante ésta, fueron notables las lagunas de las mentes: pocos recordaban el transcurso del ritual, o acaso sí mas el pudor obligaba a fingir ignorarlo. El himno de la universidad, cantado por los presentes, cerró el acto.
Salí hacia otra iluminación: y sólo entonces caí en cuenta de que ningún estudiante había asistido al velatorio, ni siquiera aquellos que hacían aula en la Escuela de Letras de la que Días Solís había sido Director durante 1971-1972, por solicitud expresa de los estudiantes en el período post-Renovación. Son otros los momentos, otras las circunstancias y las realidades de esa casa de estudios. Pero también es cierto que las tristezas y solemnidades no se avienen con aquellos que aun pueden considerarse inmortales.
De regreso a mi lugar de trabajo, abrí un libro de cuentos de Gustavo Díaz Solís. Busqué Arco Secreto, escrito en 1947, y leí el primer párrafo:
“La habitación estaría a oscuras si no fuera por esas verdes cuchillas de luz que agita el viento nocturno. Hace calor. El calor vive en la sombra como presencia metálica y humana. David reposa en la cama, desnudo, febril. Quisiera dormir pero está seco de sueño. En sus sienes golpea la imagen de aquel hombre repulsivo. La almohada sofoca. Bruscamente, la tira al suelo. Se oye un sonido aplastado y, después, la almohada brota, blanca, en la sombra baja. Ahora de costado toma un cigarrillo. La luz de la cerilla hace oscurísima la habitación. Pasa suavemente el humo sobre la brasa que late viva y roja en el humo. Caen como súbitas cortinas las paredes amarillas y las cosas emergen lentamente en la sombra, como si miraran.”
Caracas, 2 de febrero de 2012.
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