miércoles, 26 de junio de 2013

Archipiélago de excepciones (extractos), Zygmunt Bauman

1.

Ha sido mayormente en Europa y en sus antiguos dominios (sus retoños, ramificaciones y sedimentaciones de Allende los mares), así como en unos pocos "países desarrollados" (también relacionados con Europa, aunque más por Wahlverwandschaft que por Verwandschaft), donde más espectaculares avances han realizado en los últimos años la adicción al miedo y la obsesión por la seguridad.
Es algo que, por sí solo, parece un misterio. Después de todo, como bien indica Robert Castel en su incisivo análisis de las ansiedades que esa inseguridad alimenta actualmente, "nosotros -en los países desarrollados, al menos- vivimos sin duda una de las sociedades más seguras (sûres) que jamás han existido".[1]  Y aún así, contra toda "evidencia objetiva", también somos "nosotros" -las personas más mimadas y consentidas de todos los tiempos- los que nos sentimos más amenazados, inseguros y asustados, los más inclinados a ser presa de pánico y los más apasionados por todo lo relacionado con la protección y la seguridad, entre todos los miembros de cualquier sociedad de la que se haya tenido noticia. Ése es el enigma que necesita solución para comprender los giros y las sinuosidades de la sensibilidad popular al peligro, así como los blancos cambiantes en los que dicha sensibilidad tiende a centrarse.

 [1]Robert Castel, L'insécurité sociale. Qu'est-ce qu'être protégé?, París, Seuil, 2003, p. 5 [trad. esp.: La inseguridad social: ¿qué es estar protegido?, Buenos Aires, Manantial, 2004].

2.
Con la ventaja que nos dan los años, hoy podríamos contemplar la década de los '70 no sólo como el momento de una transformación más, sino (parafraseando el famoso concepto de Karl Polanyi) como el de la "Gran Transformación, segunda parte", un auténtico hito de la historia contemporánea. Ese decenio separó los "treinta años gloriosos" de la reconstrucción del periodo de postguerra, el pacto social y el "optimismo desarrollista" que acompañaron al desmantelamiento del sistema colonial y la emergencia de una pléyade de "nuevas naciones", del novísimo mundo actual de fronteras difuminadas o debilitadas, de avalancha de información, de globalización desenfrenada, de festín consumista en el Norte rico y del "sentimiento cada vez más profundo de desesperación y exclusión en gran parte del resto del mundo" que surge de la contemplación de todo un "espectáculo de riqueza en un extremo y de miseria en el otro".[1] 
Todavía no hemos alcanzado a comprender en toda su profundidad está última gran transformación. Y no es que no lo hayamos intentado: dada la brevedad de la distancia temporal que nos separa de ella,todos los hallazgos y conclusiones deben considerarse parciales, y todas las síntesis, provisionales. Con el paso del tiempo, van haciéndose visibles sucesivas capas de realidades emergentes: cada una de ellas obliga a una revisión aún más radical de las creencias establecidas a una ampliación adicional de una nueva y laboriosamente tejida red conceptual. Aún no hemos llegado "al fondo de las cosas"; pero aunque lo alcanzáramos, no seríamos capaces de determinar con certeza que ya lo hemos hecho.
Pese a todo, uno de los aspectos más fatídicos de la mencionada transformación se nos reveló relativamente pronto y ha sido exhaustivamente documentado desde entonces: el paso de un modelo de "Estado social" y comunidad inclusiva a un Estado excluyente "de justicia criminal", "penal" o "de control del crimen". David Garland, por ejemplo, señala que

el énfasis ha virado acusadamente del bienestar social a la modalidad penal. [...]
El modelo penal, además de adquirir prominencia, se ha vuelto más punitivo, más expresivo, más preocupado por la seguridad. [...] El modelo del bienestar social, además de haber quedado más acallado, se ha vuelto más condicional, más centrado en las infracciones, más preocupado por los riesgos. [...] Actualmente, los infractores [...] ya no tienden a ser representados en el discurso oficial como ciudadanos afectados por una privación de origen social y necesitados de apoyo, sino como individuos culpables, indignos y, en cierto modo, peligrosos.[2] 

Loïc Wacquant constata una "redefinición de la misión del Estado": el Estado "se retrae del ámbito económico, asevera la necesidad de reducir su función social para ampliar y reforzar su intervención penal".
Ulf Hedetoft hace incapié en otro aspecto (o, tal vez, el mismo, pero desde un ángulo diferente) de esta transformación de veinte o treinta años de antigüedad. Hedetoft observa que "se están trazando nuevas fronteras entre Nosotros y Ellos y de manera más rígida" que nunca. Basado en Andreas y Snyder, Hedetoft sugiere que, además de hacerse más selectivas, de abotargarse, de asumir formas más diversas y de ser más difusas, las fronteras se han convertido en lo que podríamos denominar unas "membranas asimétricas" que permiten la salida, pero sirven al mismo tiempo de "protección frente a la entrada no deseada de unidades procedentes del otro lado":

Con el aumento de las medidas de control en las fronteras exteriores, pero también (y no menos importante) con el endurecimiento del régimen de expediciones de visados en los países de emigración, en "el Sur", [...] [las fronteras] se han diversificado, como también lo han hecho los controles fronterizos, que ahora se llevan a cabo no solo en los lugares convencionales, [...] sino también en aeropuertos, en embajadas y consulados, en centros de asilo y en el espacio virtual, en la forma de un incremento de colaboración entre la policía y las autoridades de inmigración de diversos países.[3] 

 [1]Setewart Hall, "Out of a crear blue sky", en Sounding, invierno de 2001-2002, pp. 9-15.
 [2]David Garland, The culture of control: Crime and social order in contemporary society, Chicago/Oxford, The University of Chicago Press/Oxford University Press, 2001, p. 175 [trad. esp.: La cultura del control, Barcelona, Gedisa, 2006].
 [3]Ulf Hedetoft, The global turn: National encounters with the worldwide, Aalborg, Aalborg University Press, 2003, pp. 151-152.
 

3.
La nueva "plenitud" del planeta -en el sentido de que ahora éste está "lleno" porque los mercados financieros, de mercancías y de trabajo, así como la modernización gestionada por el capital y, por consiguiente, también el modo de vida moderno, alcanzan todo el orbe- tiene dos consecuencias directas.
La primera de ellas es el bloqueo de las válvulas de escape que anteriormente permitían que los relativamente escasos enclaves modernizados y en vías de modernización del plantean experimentaran un regular y oportuno proceso de drenaje y limpieza de esa población excedente, superflua, supernumeraria y prescindible (liberándose de quienes eran marginados por el mercado de trabajo y de quienes se convertían en desechos de la economía de libre empresa cuando superaban la capacidad de los dispositivos de reciclaje de ésta) que el modo moderno no ha hecho más que producir en una escala continuamente creciente. En cuanto el modo moderno dejo de ser el privilegio de un número limitado de países selectos, desaparecieron los territorios "vacíos" y las "tierras de nadie" (o, más concretamente, los territorios que, gracias al diferencial de poder global, podían ser vistos y tratados por el sector ya "moderno" del planeta como desocupados o sin amo) que habían servido durante siglos como principal vía de salida para tantos y tantos seres humanos residuales. Aquellas válvulas de escape nunca han estado disponibles para los "seres humanos superfluos" de los países que sólo en época reciente se han aupado al (o han caído bajo el) gigante de la modernidad, y que éstoa producen actualmente a una escala masiva. Y en las sociedades llamadas "premodernas", ajenas al problema de ese desecho excedente, jamás ha habido necesidad de tales vías de salida. Como consecuencia de ese doble proceso -el del bloqueo de las antiguas vías de escape unido a la inexistencia de nuevos conductos de evacuación exterior de los "seres humanos residuales"-, las sociedades modernas y las sociedades en vías de modernización vuelven la afilada hoja de la espada de las prácticas excluyentes contra sí mismas. Y no podía esperarse otra cosa: toda esa "diferencia" encontrada/producida en el curso de la expansión global del modo de vida moderno -que durante siglos fue tratada como una molestia enojosa pero temporal y pudo ser manejada de manera más o menos eficaz con la ayuda de las llamadas estrategias "antropofágicas" o "antropoémicas" (según la terminología de Claude Lévi-Strauss)- se deja sentir en su propio lugar de origen, un escenario donde las opciones tradicionales ya no resultan realistas y donde las herramientas para llevarlas a la práctica brillan por su ausencia.
Como ya señaló Clifford Geertz en una incisiva crítica a la alternativa de "aplicación de la fuerza para asegurarse la conformidad con los valores de quienes poseen la fuerza" y a "una tolerancia vacua que, al no implicar nada, no cambia nada", esa opción ya no está disponible (si es que alguna vez lo estuvo) ahora que el poder para hacer efectiva dicha conformidad ha dejado de existir y la "tolerancia" cesó de ser un gesto majestuoso con el que los bien situados y los poderosos podían mitigar su propia vergüenza y la ofensa endosada a quienes se sentían tratados con condescendencia e insultados. En nuestro tiempo, señala Geertz,

las cuestiones morales suscitadas por la diversidad cultural [...] que antes surgían [...] principalmente entre sociedades distintas [...] se plantean ahora cada vez más dentro de cada una de ellas. Las fronteras sociales y culturales coinciden cada vez menos. [...] Los días en que la ciudad norteamericana era el principal modelo de fragmentación cultural y mezcolanza étnica terminaron hace tiempo; el París de nos ancêtres les gaulois se está volviendo tan políglota y tan policromo como Manhattan, hasta el punto de que puede acabar teniendo un alcalde norteafricano (o eso temen muchos de los gaulois) antes de que Nueva York tenga uno de origen hispano. [...]
Cada uno de los puntos locales del mundo, lejos de asemejase a un exclusivo gentlemen's club inglés, está adquiriendo el aspecto de un bazar kuwaití. [...] Les milieux están totalmente mixtes. Ya no conforman Umwelten como antes.[1] 

 [1]Véase Clifford Geertz, "The use of diversity", en Available light: Anthropological reflections ón philosophical topics, Princeton, Princeton University Press, pp. 68-88 [trad. esp.: Reflexiones antropológicas sobre temas filosóficos, Barcelona, Paidós, 2002].

4.
Si el exceso de población (es decir, la parte que no puede ser reasimilada a las pautas "normales" de la vida y reprocesada para reincorporarse a la categoría de miembros "útiles" de la sociedad) puede ser automáticamente extraído y trasladado más allá de los límites del recinto dentro del que se busca alcanzar un determinado equilibrio económico y social, las personas que eluden ese traslado y logran quedarse dentro pueden ser momentáneamente superfluas, pero acaban siendo clasificadas como reciclables. Están "fuera", pero sólo durante un tiempo: su "quedarse fuera" es una anormalidad que exige (y obtiene) remedio; necesitan a todas luces que se les ayude a "regresar" lo antes posible. Son el "ejército de mano de obra de reserva" y deben ser puestas y mantenidas en forma para que puedan reuncorporarse al servicio activo a la más mínima oportunidad.
Todo eso cambia, sin embargo, cuando se bloquean los conductos de drenaje del excedente de seres humanos. Como la población "superflua" se queda dentro y comparte el espacio hombro con hombro con el resto (la población "útil" y "legítima"), las líneas que separan la "normalidad" de la "anormalidad", y la in capacitación pasajera de la catalogación imperiosa y definitiva como desechó irrecuperable, tienden a no ser ya tranquilizadoramente inequívocas. En lugar de un problema restringido a una parte separada de la población (como antaño solía ser percibido), la clasificación como "desecho" deviene una perspectiva potencial para todos y todas, uno de los dos polos entre los que oscila la posición social presente y futura de todo el mundo. Las herramientas y las estratagemas de intervención habituales, que funcionaban cuando se aplicaban a una anormalidad que se reconocía como temporal, ya no bastan para tratar con el "problema de los desechos" en esta nueva forma, ni tampoco resultan especialmente adecuadas para la tarea. Las nuevas políticas que pronto se inventarán como respuesta a este nuevo avatar del viejo problema comenzarán, muy probablemente, subsumiendo las políticas diseñadas en su momento para abordar el problema en su antigua forma. Por sí acaso, se preferirán las medidas de emergencia dirigidas al "desecho interno" y, tarde o temprano, se les dará prioridad frente a todos los demás modos de intervención en los problemas de la superfluidad como tal, tanto la temporal como la que no lo es.
Por imponentes que puedan resultar por sí solos, todos esos contratiempos y reveses de la fortuna tienden a magnificares y a agudizarse aún más en aquellas partes del planeta que no se habían enfrentado hasta tiempos recientes al fenómeno de la "población excedente", anteriormente desconocido en ellas, y al del tratamiento de dicho excedente. Por "tiempos recientes" se entiende aquí "tardíamente": es decir, en un momento en que el planeta ya está lleno, en el que no quedan "tierras vacías" que puedan servir de depósitos de esa población residual y en el que todo el peso de la asimetría de las fronteras se vuelve enteramente contra los recién llegados a la familia de los modernos. Los países circundantes no están dispuestos a acoger los excedentes de otras poblaciones nacionales ni quieren que se les obligue, como ya se los obligó en el pasado, a aceptarlos y a darles cabida. A diferencia de los productores de desecho de antaño, que buscaron y encontraron soluciones globales a problemas que ellos mismos producían localmente, estos "miembros tardíos del club de la modernidad" se ven forzados a hallar una solución local a un problema de origen global, y con unas posibilidades exiguas -cuando no inexistentes- de éxito.
Ya fueran voluntarias o forzadas, tanto su sumisión a las presiones globales como la apertura de sus propios territorios a la libre circulación de capitales y mercancías volvieron inviables la mayor parte de aquellos negocios familiares y comunales que otrora tuvieron la capacidad y la voluntad de absorber, dar empleó y manutener a todos los nuevos seres humanos que nacían y que veían así asegurada su supervivencia, al menos, en la mayoría de los casos. Sólo ahora, en el siglo XXI, los recién llegados a la familia de los modernos han experimentado esa "separación entre negocio y hogares" -con todas las convulsiones sociales y el sufrimiento humano consiguiente- por la que los pioneros de la modernidad pasaron cientos de años atrás, aunque de un modo un tanto mitigado por la disponibilidad de soluciones globales para sus problemas: la abundancia de "tierras vacías" o "de nadie" que podían ser aprovechadas con facilidad para depositar en ellas a la población excedente que la nueva economía, emancipada de las constricciones familiares y comunales, ya no podían absorber. Ése era un lujo que de ningún modo está ya al alcance de los recién llegados.

5.

Las guerras y las masacres tribales, así como la proliferación de "ejércitos guerrilleros" o de bandas de forajidos y traficantes de drogas disfrazados de luchadores por la libertad, ocupados en diezmarse mutuamente sin dejar de absorber y, a su vez, aniquilar los nuevos "excedentes de población" ..., constituyen una de esas retorcidas "soluciones locales a problemas globales" a la que los llegados tardíamente a la modernidad recurren o se ven obligados a recurrir. Cientos de miles de personas son expulsadas de sus hogares, asesinadas o forzadas a huir más allá de las fronteras de sus países de origen para salvar la vida. Es posible que la única industria pujante en los territorios de los miembros tardíos del club de la modernidad (ingeniosa y, con frecuencia, engañosamente denominados "países en vías de desarrollo") sea la producción en masa de refugiados.

6.

Uno de los efectos más siniestros de la globalización es la desregulación de las guerras. La mayoría de las acciones bélicas actuales -y, entre éstas, las más crueles y sangrientas- son emprendidas por entidades no estatales que tampoco están sometidas  a ninguna legislación estatal o cuasi estatal, ni a ninguna convención internacional. Son, a un tiempo, los resultados y las causas auxiliares, pero poderosas, de la continua erosión de la soberanía del Estado y de la pervivencia en el espacio "ínterestatal" global de unas condiciones propias de los territorios de frontera. Los antagonismo e entre tribus estallan abiertamente gracias al debilitamiento de los brazos del Estado; en el caso de los "nuevos estados", esos brazos jamás crecieron o no tuvieron tiempo de desarrollarse lo suficiente. Una vez abiertas, las hostilidades vuelven inaplicables las leyes legislarás por el Estado (tanto las más afianzadas como las incipientes) y las anulan prácticamente por completo.
El conjunto de la población se encuentra en un espacio sin ley; la parte de esa población que decide huir del campo de batalla y logra escapar se encuentra en un tipo distinto de alegalidad: la del territorio fronterizo global. Además, en cuanto se hallan fuera de las fronteras de su país nativo, los que han huido se ven privados del respaldo de una autoridad estatal reconocida que pueda acogerlos bajo su protección, que reivindique sus derechos o que interceda por ellos ante los poderes extranjeros. Los refugiados carecen de Estado, si, pero en un sentido novedoso: su carencia de Estado queda elevada a un nuevo nivel debido a la inexistencia de una autoridad estatal a la que referir su "estatalidad". Están, como muy bien lo ha expresado Michel Agier en un sagaz estudio sobre los refugiados de la era de la globalización[1] , hors du nomos ("fuera de ley"), pero no fuera de esta ley o de aquélla, ni la de este país o la de aquel otro, sino fuera de la ley como tal. Son unos parias y unos "fuera de la ley" de una nueva clase, producto de la globalización y, al mismo tiempo, epítome máximo y encarnación del espíritu de territorio fronterizo de ésta. Citando de nuevo a Agier, han sido arrojados a una situación de "deriva limitar" que no saben ni pueden saber si es transitoria o permanente. Aunque se mantengan estacionarios durante un tiempo, se hallan embarcados en un viaje que nunca toca a su fin porque su territorio (de llegada o de retorno) se muestra permanentemente confuso y la línea que podrían llamar "de meta" se mantiene eternamente inaccesible. Nunca se liberan de una lacerante sensación de fugacidad, ni de la naturaleza no definitiva y provisional de todo asentamiento.

 [1]Véase Michel Agier, Aux bordes du monde, les réfugiés, París, Flammarion, 2002, pp. 55-56.

7.
Quien se convierte en refugiado lo es ya para siempre. Los caminos de regreso al hogar-paraíso perdido (o, mejor dicho, ya inexistente) han quedado cortados casi por completo y todas las salidas del purgatorio que es el campamento de refugiados no llevan más que al infierno... Los días se suceden vacíos uno tras otro sin perspectiva de futuro dentro del perímetro del campo. Pero por difícil de resistir que eso pueda parecer, Dios no quiera que los plenipotenciarios designados o los voluntarios de la humanidad, los que tienen encargada la tarea de mantener a esos refugiados en el interior del campo y lejos de la perdición, decidan clausurar lo... De todos modos, muchas veces lo hacen: por ejemplo, siempre que los poderes establecidos deciden que los exiliados han dejado de ser refugiados porque "vuelve a ser seguro regresar" a su patria, que dejó hace tiempo de ser suya y ya no tiene nada que ofrecer ni nada que ellos deseen o puedan desear.
Hay, por ejemplo, unos 900.000 refugiados -resultado de las masacres intertribales y de la destrucción en los campos de batalla de las guerras "inciviles" que se vienen desarrollando desde hace decenios en Etiopía y Eritrea- repartidos por las regiones septentrionales de Sudán (incluida la tristemente célebre Darfur), en lo que es ya de por sí un país pobre y devastado por los conflictos bélicos y donde se encuentran entremezclados con otros refugiados que recuerdan con horror los campos de exterminio del sur de Sudán. [1] Por decisión de la agencia de las Naciones Unidas, respaldada por los organizaciones benéficas no gubernamentales, todos ellos han dejado de ser refugiados y, en consecuencia, ya no tienen derecho a recibir ayuda humanitaria. No obstante, se han negado a marcharse; al parecer, no creen ya que exista "un hogar" al que "regresar", puesto que los hogares que recuerdan fueron destruidos o les han sido robados. La nueva tarea de sus custodios humanitarios ha pasado a ser entonces la de hacer que se vayan... En el campo de Kassala, por ejemplo, la interrupción del suministro de agua fue seguida del traslado forzado de los habitantes fuera de los límites exteriores del campamento, que, como en su momento sucedió con sus hogares en Etiopía, ha sido ahora arrasado y apisonado para que a nadie se le ocurra volver. La misma suerte han corrido los habitantes de los campos de Um Gulsam Laffa y de  Newshagarab. Según el testimonio de quienes allí vivían, unos 8.000 internos de las instalaciones fallecieron a raíz del cierre de los hospitales del campamento, de la supresión de los pozos de agua y del abandono de suministro de alimentos. Es difícil verificar la suerte que realmente corrieron, pero podemos estar seguros de que cientos de miles han desaparecido de los registros y de las estadísticas de refugiados, aunque nunca hayan conseguido escapar de la tierra de nadie de su "no humanidad".
Cuando entran en los campamentos, sus nuevos inquilinos se ven despojados de todos los elementos de su identidad salvo de uno: el de ser refugiados sin un Estado, sin un lugar, sin una función y "sin papeles". En el interior de las alambradas de los campos, y tras habérseles negado el acceso tanto a los servicios elementales de los que se extraen las identidades como a los hilos con los que éstas se tejen, pasan a formar parte de una masa amalgamada sin rostro. Ser "refugiado" significa perder

los medios sobre los que descansa la existencia social, es decir, todo un conjunto de cosas y personas corrientes pero portadoras de significado: país, casa, pueblo, ciudad, padres, posesiones, trabajos y otros puntos de referencia cotidianos. Estas criaturas a la deriva y a la espera no tienen más que su "vida descarnada", y la continuación de ésta depende de la asistencia humanitaria.[2] 

Respecto a esto último, abundan las aprensiones. ¿No es la figura misma del ayudante humanitario -ya sea voluntario o a sueldo- un importante eslabón en la cadena de la exclusión? Existen dudas acerca de si los organismos de asistencia, en su empeño por alejar a las personas del peligro, no están ayudando inadvertidamente a los promotores de la "limpieza étnica". Agier se pregunta si el trabajador humanitario no es "un agente de exclusión con un coste menor" y, aún más importante, un dispositivo pensado para descargar y disipar la ansiedad del resto del mundo, para absolver las culpas y calmar los escrúpulos, así como para desactivar toda sensación de urgencia y todo miedo a la contingencia. Colocar a los refugiados en manos de los "trabajadores humanitarios" (y cerrar los ojos para no ver a los guardias armados en el fondo de la imagen) parece ser un modo ideal de reconciliar lo irreconciliable: las ganas apremiantes de deshacerse de ese residuo humano calmando al mismo tiempo el prurito personal de rectitud moral:

Tal vez se pueda curar la conciencia de culpabilidad ocasionada por el sufrimiento de esa otra parte maldita de la humanidad. Para conseguirlo, bastará con permitir que siga su curso un proceso que se encuentra ya en plena marcha como es la biosegregación, es decir, la creación y la fijación de unas identidades manchadas (por las guerras, la violencia, el éxodo, las enfermedades, la miseria y la desigualdad). Los portadores de esa clase de estigma serían así mantenidos a distancia en virtud de su menor humanidad, es decir, por su deshumanización tanto física como moral.[3] 


 [1]Véase Fabienne Rose Émilie le Houerou, "Camps de la soif au Soudan", en Le Monde diplomatique, mayo 2003, p. 28.
 [2]Agier, Aux bordes du monde, les réfugiés, op. cit., p. 94.
 [3]Agier, Aux bords du monde, les réfugiés, op. cit., p. 117.

8.
Los refugiados son el "residuo humano" personificado: sin ninguna función "útil" que desempeñar en el país al que llegan y en el que se quedan temporalmente, y sin intención ni posibilidad realista de ser asimilados e incorporados al nuevo elemento social. Desde su lugar actual -el vertedero- no hay camino hacia delante ni de retorno, a menos que sea un camino que los conduzca a lugares aún más remotos, como en el caso de los refugiados afganos que fueron escoltados por buques de guerra australianos hasta una isla alejada de toda ruta concurrida. Que la distancia sea suficiente como para evitar que los efluvios envenenados de la descomposición social alcance los lugares habitados por los nativos es el criterio principal por el que se rige la selección del emplazamientos de los campamentos permanentemente temporales de los refugiados. Fuera de esa ubicación, los refugiados son un obstáculo y un problema; dentro de ella, se los olvida sin más. Manteniéndolos allí e impidiendo todo escape (convirtiendo la separación en definitiva e irreversible), "la compasión de unos y el odio de otros" se combinan para producir el mismo efecto: tomar distancia y mantener a distancia.[1] 
Nada queda salvo los muros, las alambradas, los controles en las puertas, los guardias armados. Todos esos elementos definen de manera combinada la identidad de los refugiados o, mejor dicho, echan por tierra el derecho de éstos a definirse a sí mismos. Todos los desechos, incluidos los seres humanos desechados, tienden a ser apilados indiscriminadamente en el mismo basural. El acto mismo de tirar a alguien a la basura pone fin a las diferencias, las individualidades, las idiosincracias. La basura no precisa de distinciones afinadas ni de matices sutiles, salvo que haya que clasificarla para su reciclaje; pero las perspectivas que tienen los refugiados de ser reciclados para ser convertidos en miembros legítimos y reconocidos de la sociedad humana son, como mucho, poco halagüeñas e inmensamente remotas.  Se han tomado toda clase de medidas para asegurar la permanencia de su exclusión. Se ha depositado a unas personas desposeídas de cualidades en un territorio sin denominación y se les han bloqueado para siempre todas las vías que llevan de vuelta a lugares significativos y a emplazamientos sonde pueden forjarse, y donde se forjan a diario, significados socialmente legibles.

 [1]Agier, Aux bords du monde, les réfugiés, op. cit., p. 120.








1 comentario:

  1. Conferencia dictada en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona el 11 de noviembre de 2005, dentro del ciclo "Archipiélago de excepciones. Soberanías de la extraterritorialidad".
    Versión impresa: Katz Editores, Buenos Aires-Madrid, 2008.

    ResponderEliminar