Para Gustavo Pereira
I
Esta historia no me pertenece; acaso alguien de los warao, un wisiratu (dueño del dolor), un bajanarotu (dueño de la chupada), un joarotu (dueño de la joa), o un desconocido se la refirió entre cantos y danzas, hace ya muchos años, al poeta Gustavo Pereira, defensor del indígena y partidario de una apropiación del pasado y presente que excluya las posturas eurocéntricas, germen de los fanatismos. (“En el largo proceso de la dominación colonial”, señala Pereira, “sus oratorios y hablas secretas se tuvieron por obras del demonio y su ternura y su candor por pruebas de una condición censurable”. “Porque lo que no pudieron hacer los antiguos conquistadores o las viejas misiones en modo absoluto”, continúa en otro fragmento el poeta, “fue perpetrado con creces por el capitalismo subdesarrollado, el cual convirtió al warao en obrero marginal, explotado inmisericordemente y humillado hasta el oprobio”.) ¿Debo señalar que los protagonistas de la historia pueden ser ficticios? ¿Debo decir que sólo un criollo --y no un warao-- pudo haberla contado y que con el tiempo le han sido añadidos pasajes que poco tienen que ver con la versión original?
Gustavo Pereira es oriundo del oriente del país y dentro su producción, que no excluye la visión política ni la histórica, ocupa lugares destacados su poesía y el estudio de la poesía indígena. “Extraño, por decir lo menos, nos parece que las antologías de poesía americana no comiencen con los nombres de nuestros poetas aborígenes”, dice Pereira en El peor de los oficios, “especie de ‘historia no oficial’ de la poesía, donde nos entrega sus preocupaciones y reflexiones por etapas, zonas y nombres escasamente abordados en los estudios poéticos occidentales”, sostiene la también poeta Maritza Jiménez en una nota de mayo de 1998 para el libro de Pereira Costado indio. También corresponden a este poeta varios estudios sobre Simón Bolívar, personaje que lo cautivó desde cuando siendo niño leyó tal vez asombrado ciertos textos del estadista y combatiente venezolano.
“Un fantasma llamado Bolívar recorre de nuevo nuestra América”. Esta sentencia vertiginosa es lanzada como inicio de un libro de Pereira sobre escritos anticolonialistas del Libertador Simón Bolívar, quien, señala el poeta, “yace en plazas y homenajes como una tumba, lacrado y mortecino, impedido ya de defenderse ante quienes adulteraron, disociaron y aun falsean todo cuanto en él existió conjugado, inseparable, persistente”. Se quejará también del cambio de facciones sufrido por el Libertador: “Aquel rostro moreno labrado y curtido por sol e intemperie de trópicos y páramos, dice, fue convertido en almibarado semblante de salón, lo mismo que el pelo crespo, alisado para que el rasgo de pertenencia no desdijera del héroe de estirpe grecorromana que en los retratos oficiales y las monedas imponen la figura obligada o supuesta de todo gran hombre”. Señalemos que en el siglo XVIII la Grecia clásica fue “blanqueada” por la ilustración europea que no soportaba otros colores en la piel que el suyo. (¿Cómo aceptar que un africano de piel tostada fue también partícipe del florecimiento cultural griego? Nadie olvide que en Haití tenían sus plantaciones y sus esclavos grandes personajes de la ilustración, de la igualdad y de la fraternidad.) Me apresuro a señalar también que todo fantasma es una aparición o fenómeno, es decir, algo susceptible de estudio: mejor si hecho con propiedad, con palabras que lleven por el camino de la verdad, del ser, como le habría gustado a Parménides, y no por el del error. Esta exigencia del griego está mejor (o más bellamente) expresada en un mito de los indios warao que tradujo Pereira. Trata sobre la búsqueda del sol por una niña, quien para lograrlo debe seguir siempre el camino verdadero:
--Hija mía, dice el padre a su hija mayor, vete ya: éste es el verdadero camino. Lo notarás por la mayor cantidad de agua. Vete por él, sin hacer caso a los cañitos (afluentes), siempre adelante. Quizás encuentres bifurcaciones: el de este lado es el malo. El de este otro lado es el verdadero. Mucho cuidado con equivocarte. Pon mucha atención… ¿Has entendido bien la explicación del camino?
Buscar el sol es buscar la luz que permita recolectar la cosecha. Andar por el camino verdadero lleva a la recolección, da frutos.
“Lo notarás por la mayor cantidad de agua”. El delta es agua empobrecida acá y allá por trozos de tierra. Los warao habitan en el delta y sus mitos, transmitidos mediante la danza y la palabra hablada, privilegian el agua, los ríos, los caños. Otros pueblos ágrafos usaron la danza y la palabra (poesía), arte de tradición oral, “como preservación de la memoria y los sueños colectivos” –sostiene Pereira. “Mitos, cosmogonías, teogonías, leyendas y episodios históricos” –afirma el mismo autor--, “cantos rituales y ceremoniales, canciones líricas y profanas eran transmitidos así de los mayores a los niños generación tras generación o emergían recreados por el poder de la fabulación y los sentimientos”.
Buen señor tenemos, tenemos buen señor, señor tenemos bueno.
“Las primeras noticias sobre los cantares de los indios venezolanos las debemos al humanista flamenco Pedro Mártir de Anglería (o de Anghiera), cronista oficial de la corte de Carlos V”. Esto lo dice Gustavo Pereira. “Al principio andan despacio, cantando en voz baja y temblorosa, y luego, a medida que se van acercando, alzan la voz y el canto, que repiten diciendo siempre lo mismo, como, por ejemplo: Sereno día es, el día está sereno, es sereno el día”. Esto lo dice Mártir en sus Décadas del nuevo mundo.
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, en su Historia general y natural de las Indias, afirma que “En la provincia de Venezuela los indios naturales de ella, en especial los de la generación que llaman Caquetíos, tienen por costumbre, cuando muere algún señor o cacique o indio principal, juntarse todos en aquel pueblo donde el difunto vivía, y los amigos de las comarcas, llóranle de noche en tono alto y cantando, y diciendo en aquel cantar lo que hizo mientras vivió”.
El poeta Pereira discierne sobre los cantos y las repeticiones: “Lo que sí revelan los breves textos son dos asuntos fundamentales. El primero, un carácter básico de los cantares aborígenes: el uso de la repetición o anáfora; el segundo, la presencia de la poesía como parte de un arte de representación colectiva en el que intervienen la música, la danza y el teatro, representación que los pueblos arahuacos antillanos llamaban areíto”.
II
La historia que le contaron a Pereira:
Ella era una mujer delgada. Nada de esto tiene que ver con lo que ella fue, en el supuesto de que ella haya sido la mujer a quien Betere abrazó, ya siendo, eso sí, cadáver ella. Mariana, digámosle así, comenzó a leer la poesía de Betere en la universidad e hizo prolongados estudios sobre esa forma breve del poema llamado somaris y que tanto tiene que ver, sostienen, con la poesía indígena venezolana. Aprendió, por supuesto, las muchas lenguas indígenas que manejaba Betere, y sin perder ni un segundo se sumergió en los estudios históricos del poeta, destacó el interés de éste por los autores del comunismo clásico, sus frecuentes menciones a Engels por encima de Marx, su gusto por el mar, el solitario y abierto mar, y su desdén por el protagonismo: “mejor el silencio constructivo que el e spectáculo, más tiempo a la meditación que al circo” –fueron las palabras de Betere recogidas por Mariana y que pronunciara éste cuando vio peligrar la república por la insistencia de muchos en el espectáculo masivo en sí, sin cuidar contenidos y acaso continentes. Mariana se puso de inmediato al lado del poeta: y protestó en voz alta mientras éste lo hacía en un silencio colmado de denuncias. Mariana nunca mencionó --ni yo me ocuparé de-- las otras tareas del poeta. Ese detalle se le fue de las manos; a ella, tan meticulosa en todo cuanto tuviera que ver con Betere, tan preocupada por él y su obra, al extremo de que ya todos daban por descontada su unión con el poeta… Y sin embargo, otro, no el poeta Betere, él no, casó con Mariana, para tristeza de quienes predecían una boda ecuánime, acaso elemental pero cargada de significados para el oriente del país, región en donde el poeta es respetuosamente recordado. Nadie deja de mencionar que acaso un cantar (eremuk) fue pensado por Betere para la entonces esbelta Mariana:
Hambrientos como perros
Somos caminantes hacia el cielo
¿Tú también quieres irte?
Aunque no sea cierto
quiero ir contigo.
De nada valió este cantar nervioso y problemático, si fue para Mariana y si ella llegó a conocerlo. Tampoco, este somaris, imagen dialéctica, suerte de prodigio del poeta:
Tú
Mi polvo de ala de libélula
Porque en igual medida en que Mariana se aproximaba al otro, y el otro le daba una hija que repetía el nombre de la madre y se apropiaba de muchos de los conocimientos y sentires de ésta, en esa misma medida ella se alejaba de la poesía, la política y los estudios etnográficos representados por Betere. Y tanto es así que a los pocos años de aquel matrimonio inesperado, cuando ya todo había sido cumplido e inclusive el padre de la niña había abandonado a la madre, ¡qué descaro! ¡qué vergüenza!, ya cualquier mención al poeta estaba ausente de la palabra de Mariana, aunque podríamos presumir que no lo estaba ni lo estuvo nunca de su memoria.
Hemos asomado que Mariana hizo estudios minuciosos sobre el poeta. Veamos los frutos: serie de tesis no publicadas sobre la poética beteriana, una iconografía inconclusa con las imágenes menos recordadas del poeta y un estudio luminoso, poco difundido e imprescindible sobre el arte de los somaris y de los eremuk (cantares pemón), “fervorosos intentos imitatorios”, estos últimos, “del género lírico indígena”, de acuerdo con una nota explicativa del poeta. Aquí Mariana da las claves del poeta y brinda las llaves para ingresar a un mundo que se complace solo con la totalidad y desprecia las vistas parciales que, al decir de Mariana, “carecen de la objetividad y alcances que el poeta siempre ha reclamado para su labor literaria”.
En cuanto al orden personal, a la buena o adecuada o habitual presencia --y a las relaciones sociales--, lamentamos reconocer que en ellos Mariana no fue impecable; por el contrario, pecó, descuidó su figura, engordó hasta límites insospechados, mudó de lugar de vivienda y mantuvo en secreto, junto con la hija, su nueva dirección. El poeta no pudo verla cuando quizá lo que más deseaba era acercarse a ella. El poeta no pudo conocer a esta nueva Mariana, tan alejada de aquella que él tal vez admiró. El poeta guardó silencio sobre sus deseos de ver otra vez a Mariana, si acaso lo deseó, quizá por respetar lo que él consideraría una decisión de aquella mujer: alejarse de él, refugiarse en la hija, no permitir jamás que su fracaso conyugal (o su desliz) fuera compartido con el hombre a quien ella tanto admiró. Todos estos supuestos nos acercan a considerar que tal vez estemos ante eventos factibles de ser aceptados sin temor como correspondientes a sucesos reales. Fueron verdad la gordura de Mariana (gordura que puso en alerta a sus conocidos y que con toda seguridad fue comentada a Betere), la mudanza a un sitio recóndito de la ciudad, el secreto guardado por las dos mujeres acerca de la ubicación de este lugar, los deseos del poeta, frustrados y silenciosos, de ver otra vez a su amiga.
Sabemos por experiencia que cuando se toma el camino inadecuado todo puede pasar. Y Mariana, cómo no decirlo, tomó un sendero que no conduce a las buenas cosechas. “Ese matrimonio fue su perdición” –dijo una amiga cercana de la familia. Temieron por su salud, juzgaron que un paro cardíaco o respiratorio acabaría a la larga con Mariana: y no se equivocaron. Porque entonces el poeta Betere recibió una llamada. Era de la hija de Mariana, tal vez, de la hija, anunciando que su madre había muerto.
“Un infarto”, pudo decir, ante la pregunta del poeta. Su voz sonaba muy ronca, seguramente por el llanto, la muerte de la madre.
“Nada pudimos hacer por ella”, respondió a otra pregunta. “¿Esa voz?”, se preguntó Betere.
“Murió hace poco, aun no sabemos”, dijo, cuando Betere solicitó información sobre el entierro. “Su voz es muy extraña, demasiado extraña”, pensó Betere; aunque él tenía mucho tiempo que no las veía. Y ahora, Mariana estaba muerta.
“¿Y tú, no sabías la dirección?”, interrogó a Betere, cuando éste le preguntó por el lugar donde tenían a Mariana. “Esa no es la voz de Mariana”, volvió a pensar. “¿Y de quién más va a ser (se dijo), si no es la de la hija?”
“¿Ni siquiera te acuerdas que viniste hace poco?”, volvió a interrogarlo. De todas maneras le dio la dirección, aquella dirección que tanto había anhelado conocer, en otro momento, el poeta.
“No la metan en la urna hasta que yo llegue”, dijo de pronto Betere, para asombro de la informante. “No la metan, por favor; quiero abrazarla antes”.
Comienza la noche. Y hace mucho calor. Lo que viene no debe ser narrado, mejor verlo y oírlo. Entonces mirarás a un hombre lleno de años y sabidurías que se aproxima a una casa, toca a la puerta, aunque ésta está abierta, y espera. Una mujer, joven, bella quizás, se aproxima al hombre que ha tocado a la puerta y lo invita a pasar. Se acercan a un cuarto y a una cama donde está tendida, muerta, una mujer muy gorda y con la piel ya azulada. El hombre se detiene de pronto, parece dudar, parece querer alejarse del sitio, pero luego pasa lentamente una de sus manos por la cabeza, como si se alisara el pelo, y se acerca al cuerpo brillante y azul. Lo abraza. La mujer joven observa y se aproxima a la pareja. El la ve y parece decirle algo que no podemos escuchar. Ella asiente, se inclina hacia el cuerpo de la mujer y le da un beso. La noche ahora es profunda y muy calurosa. La mujer joven está sentada en una silla cerca de los cuerpos. El hombre sigue abrazado a la mujer, que está cada vez más azulada y gorda. Ahora la suelta y se aproxima a la mujer en la silla. Hablan. El parece invitarla. Ella asiente y se pone de pie. Los dos se colocan, de frente a la cama, uno al lado del otro, mirando a la muerta, ya desproporcionadamente gorda. Un brazo del hombre reposa sobre un hombro de la mujer. Igual sucede con un brazo de la mujer respecto a un hombro del visitante. Comienzan una danza: tres pasos pequeños hacia delante, tres pasos pequeños hacia atrás, rítmicamente, insistentemente, metódicamente. Tres pasos pequeños hacia adelante, tres pasos pequeños hacia atrás. Cantan (o recitan) en las lenguas indígenas, y en la de la conquista, los dos. Comienzan muy bajo y la voz aumenta en intensidad a medida que transcurre el canto. Escucha:
n A-yenú yapaí yuré kepakamaí (no me retires de tu memoria).
n Buen señor tenemos, tenemos buen señor, señor tenemos bueno.
n Yewan anapué (semilla del vientre, corazón).
n Madre Chía que estás en la montaña, con tu pálida luz alumbra mi cabaña.
n Mejokoji (el sol del pecho, el alma).
n Padre Ches, que alumbras con ardor, no alumbres el camino al invasor.
n Kuay Nabaida (el mar de arriba, el cielo).
n Sereno día es, el día está sereno, es sereno el día.
Y así continuaron, por horas, con estos cantos, hasta que la luz comenzó a iluminar la habitación. Entonces detuvieron la danza y miraron el cuerpo de la mujer:
-- Ella no es la Mariana que yo conocí, le dijo el hombre a la mujer.
-- ¿Estás seguro? ¿Desde hacía cuánto tiempo no la veías, desde hacía cuánto no nos veías a mi madre y a mi?... Apenas llegaste, supe que no nos recordabas, le dijo ella.
-- ¿Apenas llegué, o desde que me llamaste?
-- ¿Acaso importa? Viniste, y le cantamos, y eso es lo que importa.
-- ¿Y cómo fue que me llamaste, cómo sabías mi número?
-- Marqué un número, el primero, cualquiera… ¿Pero acaso importa eso ahora, acaso importa nada ya?
Betere observó el cadáver de la mujer. Estaba cada vez más lívido y ya se presentía su descomposición. Sintió molestia. ¿Cómo harán para meterla en la urna? No debió haber dicho que lo esperaran para meterla. Sintió repugnancia. Sintió que estaba siguiendo un papel que otro le había señalado. Sintió nostalgia. Pobre mujer. ¿Pobre Mariana? Se dirigió a la salida de la casa, seguido por la mujer de la danza. Se asomaron a la calle. Vio el cielo carente de nubes. Vio que la calle estaba vacía. El día estaba muy sereno, observó. Se despidieron. Ella le dio un beso en la mejilla, le dio las gracias, le dijo, con el comienzo de una sonrisa y un enorme cansancio:
-- Ma jokaraisa.
El hombre se alejó. Estaba pensando en una explosión.
Diciembre 2007 – Febrero 2008.
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